El rojo es la clave del nuevo cómic de Eduardo González, Solo seis (Editorial Idea). Un rojo que simboliza la sangre, el trauma, el océano inabarcable y monstruoso como enemigo imbatible, la realidad más salvaje retratada en toda su crudeza, o la sangre más bien de los muertos anónimos que quedan entre África y Europa.
Y el rojo es el único color que aparece en una obra en un blanco y negro precisa, brillante y extremadamente minimalista.
Algunos trabajos tiene ya el dibujante tinerfeño en su haber que pueden considerarse obras maestra indiscutibles: Autobiopsia, Mararía, La Lapa. Pero esta última es un ejercicio de síntesis tan prodigioso, y sobre una realidad a su vez tan miserable, que podría calificarse como su creación más redonda. Y lo es no solo por su ya depurada técnica artística, sino porque refleja la tragedia de la inmigración de forma directa, sin rodeos, con la ventaja que tiene el noveno arte sobre todas las demás manifestaciones culturales existentes: la lectura rápida y apacible por muy deplorable que sea el tema que se retrate en cuestión.
Basado en la historia real de la joven marfileña Salimata Singare, y a partir de la crónica Héroes de ébano del Juan Manuel Pardellas, la protagonista viven en un Abiyán caótico, ganándose la vida honradamente como buenamente puede con su puesto de cosméticos en un mercado de la ciudad, pero en un entorno familiar frustrante y en un país que arrastra una inestabilidad política amenazante.
‘Solo seis’, el rastro de un océano de sangre entre África y Canarias
Sin ánimo de hacer espóiler, sí considero necesario subrayar algunos momentos de la historia fundamentales para entender bien aspectos artísticos.
Un tiroteo en el mercado
Un día, tras casi morir en medio de un tiroteo mientras trabaja, Salimata y su amiga Alimata deciden viajar a Madrid a por una mejor vida. La ilusión es tremenda, pero antes hay que pasar Marruecos y realizar un trayecto en cayuco hacia Canarias desde el Sahara. Todo parece moderadamente optimista hasta la llegada a Rabat, porque el trato déspota de las mafias y la espera en un campamento en El Aaiún resultan premonitorios de lo que vendra después.
De este modo, en medio del trayecto, el patrón los abandona a su suerte tras una avería en el motor con la complicidad criminal de otro mafioso de otro cayuco. Y así los 18 africanos de la embarcación pasan 14 días en el mar a la deriva, sin casi agua, alimentación, ni protección bajo un sol criminal. Y aquí, en el ecuador de la obra, llegan los instantes más brillantes.
Porque reflejar la desesperación, la locura, la lucha por sobrevivir recurriendo a los métodos más extremos, la muerte de forma escalonada, la fatiga, y demás situaciones extremas, sin apenas diálogos, es algo que solo los grandes artistas consiguen.
Y aquí están las viñetas más lúcidas de González, que con recursos inclusos simbólicos o metafóricos, logra revestir de dignidad, humanidad, e incluso yo diría que de heroísmo, a personajes vulnerables en la peor situación posible.
Trazos firmes y nebulosos, panorámicas amplias y detallistas, gestos duros y de flaqueza en el entorno más hostil posible. La resistencia y la putrefacción en un mismo espacio de apenas ocho metros cuadrados. Uno tras otro, sin solución de continuidad.
Pero esta sobriedad artística, tiene su contrapunto con otras dos dinámicas que contiene la obra.
Por un lado, están las manifestaciones de algunos de los testigos, de los miembros del equipo de rescate y sanitarios: el jefe de protección civil de Pájara, Francisco Torres; el responsable de tecnología del 112 de Canarias Luis Santacreu; la doctora del SUC Anabel Domínguez, o uno de los supervivientes de la patera ya en Gran Canaria. Y otra es el desarrollo cronológico de los acontecimientos que empiezan el 4 de febrero de 2003 con una llamada al 112, sigue con las intervenciones infructuosas de los efectivos de rescate a 100 kilómetros alrededor del Sahara, y acaba con el encuentro casual con un pesquero, tras lo cual logran salvar a solo seis de los inmigrantes.
La protagonista mira al futuro sumida en la decadencia mental más absoluta. Así se enfrenta a una supervivencia ausente de energía vital. Pero González tiene una última carta en la manga. Sin diálogos, sin textos y sin parábola gratuitas, al final podemos constatar que la ausencia de ese mismo color con el que se bañaban las viñetas más dramáticas es lo que nos revela cuándo se ha producido el inicio hacia la recuperación.
Y una curiosidad final que no me gustaría dejar por alto. La obra acaba con una viñeta que, a mí personalmente, me recordó el final de Tintín y los pícaros, la obra magna de Hergé, donde definía, con un solo dibujo, la realidad de las revoluciones y el juego de intereses entre países, mucho más que cualquier tratado de política exterior. Algo parecido con lo que ocurre en el contexto político actual de las Islas. Sea como fuera, Solo seis es un trabajo imprescindible en el contexto de la Canarias actual, una obra que transmite claridad y compromiso hacia una triste realidad, nunca mejor dicho, excesivamente sangrante. ◼
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