Ganar o perder, esa suele ser la shakespeariana cuestión. La gran diferencia. Solo gana uno… el partido, el trofeo, el momento. Así nos hemos educado. ¿El resto? ¿Perdedores? Valencia Basket no debería sentirse perdedor. Nunca. Perdió el partido ante el Real Madrid, también una oportunidad única de plantarse en una final de la Euroliga. Y en esa llegada al aeropuerto de Atenas, nadie puede ocultar que ese dolor del día después prevalece sobre cualquier otra emoción. La ilusión del miércoles. El desasosiego del sábado por la mañana. Incluso los pequeñajos, los hijos de los jugadores taronja o del staff, no tienen la alegría de la ida. Les ha tocado madrugar. Quizás también perciben que sus papis seguramente no han pegado ojo en toda la noche. O que les cuesta sonreír. Cada uno lleva el duelo de una manera.
Los rostros de Enric Carbonell, el director general, y de Luis Arbalejo, el director deportivo, reflejan cansancio. La de veces que sus mentes habrán rebobinado hasta el partido y avanzado rápido hasta esa semana con triple compromiso que les espera con una cruel sonrisa. Afortunadamente, ambos tienen a sus más cercanos allí, para sentir consuelo.
Jaime Pradilla, uno de los mejores el viernes y toda la temporada, arrastra su maleta como Sisifo la piedra montaña arriba y abajo. En su cabeza de ganador va a repasar muchas veces este partido. Como tiene coraje, como demostró saliendo a la zona mixta a explicar la decepción, seguro que llegarán más oportunidades. Tampoco Paco, el utillero, siempre con una sonrisa o un comentario que te la arranca, está para bromas. Sabe que su vestuario está triste. Que es un día para que pase lo más rápido posible.
Hasta al comandante del vuelo, en su mensaje de bienvenida, le cuesta ordenar su discurso. Quiere empezar con el consuelo, se lo piensa, y se arranca con las indicaciones típicas: gracias por elegir Air Nostrum, el vuelo dura tanto, la previsión de llegada a Valencia… para acabar, lo complicado. Su “Orgullosos de vosotros, de verdad” suena casi a disculpa en todo el avión. Una aspirina para un dolor extremo. Casi pasa desapercibido. Así es la derrota.
Pedro Martínez, muy tocado en la rueda de prensa posterior al choque, ya desprende otro talante. Ha activado el modo “esto sigue”. Hay que seguir. Los golpes duelen, pero han de endurecer. Lo sabe mejor que nadie. Su Valencia Basket de 2017 estaba peor que este tras perder la Eurocup, y se rehízo. Siempre ha destacado Pedro que aquel vestuario convirtió el dolor en medicina.
Quizás, por eso, ya en el aire, cuando aún no ha dado tiempo a nadie a dormirse, a ojos de todos, desde su asiento en la primera fila, se levanta y va a buscar a su ayudante Xavi Albert, sentado exactamente veintiuna filas más atrás con su mujer y su peque Marc. Se lo lleva con él a su zona en el principio del avión. Donde está el resto de su guardia pretoriana, Adrian Kovacs y Joan Maroto. Albert vuelve al rato a por las gafas. Parece que hay ponerse delante del ordenador, resetear y pensar en Zaragoza ya. No dar la temporada por finalizada. Esto sigue. El camino es largo, aunque ahora todo parezcan rampas, piedras y frío.
Juan Roig habló con sus jugadores en el vestuario de OAKA tras la participación en la Final 4 de Atenas
Pedro sabe lo que cuesta llegar aquí. Cumplirá 65 años en unas semanas y es su primera Final 4, su primer viaje al lado oculto de la luna. Donde aterrizar, mola. Donde estar unos días, impresiona. Donde todo (los actos, el escenario, la atención mediática…) te engaña, porque te hace sentir poderoso, gravitar, flotar. Cuando te toca volver antes de tiempo, es hasta cruel. No debería. El tiempo ayudará a ordenar mejor las emociones y, poco a poco, la histórica visita lunar dejará un poso de orgullo, de satisfacción. Ahora cuesta. Mucho. Hasta sientes que no vaya a ser posible. Pero ya sabes que existe, que es real, que lo has pisado y que quieres volver. Seguro que Juan Roig, acostumbrado a prosperar en muchos planetas, lo tiene claro. Hay que volver. Se volverá.














