Juana Guzmán Cabañas

Recibir en tus manos esas manos pequeñas de un hijo cuando acaba de nacer no es sólo un privilegio, sino un oro de vida. Nos pasamos el tiempo buscando una hondonada de ambición, de verdad y de gloria, ese metal con óxido en los bordes de la existencia real que nos está esperando, porque ya nos reserva sus líneas de recuerdo. Sin embargo, tienes ahí ese instante, todos esos dedos diminutos que de alguna manera ya se aferran a ti, el torso que después, dentro de muchos años, llegará a ser ancho y poderoso, esos ojos despiertos que se abren por primera vez y apenas ven las sombras oscilantes no dentro, sino fuera de la caverna, porque Platón es un poeta existencial que habla de ese viaje del vientre materno al infinito. Si esa mano te toca, con sus dedos pequeños, definitivamente ahí está todo: lo que has sido, lo que eres y lo que serás. Se trata de un camino de ida y vuelta: de los padres a los hijos, y también de los hijos a los padres. Los papeles se cruzan, se intercambian, adquieren sus matices, otras oscuridades, nuevos brillos. Y esos primeros días, toda sombra que pueda deslizarse en ese cuerpo que ahora es también tu cuerpo la quieres afrontar, la quieres diluir, porque nada te importa más que tu hijo. Por eso la neonatología es mucho más que una especialidad de la medicina: es esa distancia sutil que se escribe entre el momento mismo de salir y los horizontes de la vida.

Fuente