Recibir en tus manos esas manos pequeñas de un hijo cuando acaba de nacer no es sólo un privilegio, sino un oro de vida. Nos pasamos el tiempo buscando una hondonada de ambición, de verdad y de gloria, ese metal con óxido en los bordes de la existencia real que nos está esperando, porque ya nos reserva sus líneas de recuerdo. Sin embargo, tienes ahí ese instante, todos esos dedos diminutos que de alguna manera ya se aferran a ti, el torso que después, dentro de muchos años, llegará a ser ancho y poderoso, esos ojos despiertos que se abren por primera vez y apenas ven las sombras oscilantes no dentro, sino fuera de la caverna, porque Platón es un poeta existencial que habla de ese viaje del vientre materno al infinito. Si esa mano te toca, con sus dedos pequeños, definitivamente ahí está todo: lo que has sido, lo que eres y lo que serás. Se trata de un camino de ida y vuelta: de los padres a los hijos, y también de los hijos a los padres. Los papeles se cruzan, se intercambian, adquieren sus matices, otras oscuridades, nuevos brillos. Y esos primeros días, toda sombra que pueda deslizarse en ese cuerpo que ahora es también tu cuerpo la quieres afrontar, la quieres diluir, porque nada te importa más que tu hijo. Por eso la neonatología es mucho más que una especialidad de la medicina: es esa distancia sutil que se escribe entre el momento mismo de salir y los horizontes de la vida.
Ha fallecido en Córdoba Juana Guzmán Cabañas, tras dedicar toda su carrera profesional al cuidado de los recién nacidos y a la formación de varias generaciones de pediatras. Cuantos padres y madres han encontrado calma, tras las horas de angustia, en la respuesta de Juana Guzmán Cabañas o de los pediatras que han aprendido bajo su magisterio. Cuanto se escribe sobre ella desde la Sociedad Española de Neonatología y en Diario CÓRDOBA es emocionante y es hermoso, como la vida que parece formarse en las manos de quien la coge por primera vez. Un recién nacido, tu hijo entre tus manos, es la germinación, es la esperanza. Por eso yo hoy evoco con gratitud y cariño inmensos a Juana Guzmán, desde su paso por La Paz, en Madrid, hasta el Hospital Universitario Reina Sofía, en Córdoba. Brillantez y resolución, prudencia clínica y sensibilidad, hondura y calidez, también como tutora de residentes de Pediatría y profesora en la Universidad de Córdoba. Hoy recuerdo a su familia y, especialmente, a su hijo José Luis, porque somos amigos desde el colegio y después también hemos vivido muchas aventuras en Madrid. Así nos vamos siguiendo, nadando contra la corriente en barcos que nos llevan hacia el pasado. Pero el presente siempre se escribe en esas manos que saben ayudarnos a nacer y a vivir.
*Escritor
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