El sonido nació dos veces. La primera, como mero fenómeno físico; la segunda, mucho después, como acontecimiento íntimo, como experiencia personal. Durante millones de años, las ondas viajaron sin destino, igual que cartas sin buzón. Rebotaban en superficies que ni siquiera sabían que estaban siendo golpeadas. Era un mundo lleno de un estrépito ausente. Hasta que, en algún punto remoto de la evolución, una membrana auditiva tembló ante su presencia. Y en ese instante, lo que era pura agitación se convirtió en aviso.
Fuente














