Una sociedad formada es una sociedad libre. El conocimiento es la base de la razón y la razón, el motor de la libertad, de la crítica frente a la esclavitud de la sumisión obsecuente al estado, al poder y a la manipulación que en estos tiempos supera la de siglos precedentes.
La educación no es un mero servicio público que pueda, como tantos otros, regularse y prestarse desde meras perspectivas económicas, atendiendo de modo preferente a la relación coste-beneficio. La educación es un derecho fundamental, como la salud y la justicia. La inversión en ellos no puede quedar sometida a criterios economicistas, ni a pretensiones de formación en valores determinados que no logran esconder fines espurios de crear ciudadanos masa que se alejen de los principios de la Ilustración, del humanismo, de la democracia, del ser humano frente a la colectivización de la conciencia.
Los profesores han salido a la calle en una huelga que duele porque no es una más. Detrás de ella hay mucho más que reivindicaciones que puedan ser atendidas con cesiones computables en dinero, medios o modificaciones reglamentarias. Lo que se expone, pide y exige es mucho más, fruto de la impotencia de los maestros -qué bella palabra-, ante la degradación y uso ilegítimo de lo que es un logro que estuvo en la génesis de las sociedades libres. Y lo saben quienes desde el poder no dudan en relegar el papel de la escuela a mero servicio público porque llevan años intentando restar al conocimiento el valor que debe tener.
No es cosa de unos u otros. De este gobierno o el adversario. La degradación es fruto de una sociedad que no confiere a la educación el valor constitucional y humano que tiene y que intenta ser dominada con la vista puesta en el votante que debe ser educado para serlo sin la conciencia propia que concede la razón.
Pocas son las reivindicaciones que se realizan en esta huelga, pocas si se tiene en cuenta que se parte de una situación insatisfactoria prolongada; la huelga debe entenderse en este contexto, más allá de unas peticiones que tienen una lógica aplastante. Y en el trasfondo late la dialéctica moderna, propia de la decadencia del modelo social que nuestra Constitución establece, que se traduce en el deseo de nivelar la educación pública y la privada y presentar esta última como alternativa, del mismo rango y de libre elección. Una solución, sin embargo, que promueve la desigualdad y los privilegios por meras razones económicas. La degradación de lo público es la causa o lo que conduce al incremento de lo privado. En éste y en otros ámbitos.
De ahí, de esta visión de la educación ajena a su finalidad esencial y humana, nace el tratamiento que la Generalitat está haciendo de la huelga, atacando al profesorado en su autoridad moral y enfrentándolo socialmente a los padres y madres. Carece la Generalitat de ese pudor y respeto al papel de la educación cuando enfrenta a los hijos, alumnos, con los padres, con la sociedad, pues esa deslegitimación se convierte en un ataque al corazón mismo de la educación, al dañar con dolo el papel protagonista de los maestros en ella. No les importa, ni lo han pensado, pero el daño es imperdonable por sus efectos. Su autoridad moral, la auctoritas romana clásica, se ha puesto en riesgo por quienes, por su profesión de políticos, carecen de las virtudes que caracterizan nuestra civilización.
Decía Patxi Andión, en una vieja canción hablando de un maestro que muchos “piensan que no es tan malo enseñar coreando un sueldo”. Sí. Una canción que respondía con valentía y desde planteamientos democráticos al arcaico “pasas más hambre que un maestro de escuela”. Y es que, desde la política, desde antiguo, se ha querido mantener al maestro, vocacional, como pagado por serlo, aunque su dignidad no se compensara con la retribución justa. Y los profesores no están bien pagados, trabajando horas sin fin y encargados de educar, no sólo enseñar, en un momento social en el que los padres les delegan lo que ellos mismos no hacen.
La Generalitat ha errado gravemente en este ataque a los profesores, enfrentándolos con la sociedad con un argumento vil que pretende minar su dignidad. Ese interés en el alumnado, en sus calificaciones en bachillerato, no es cierto o lo es en mucha menor medida que el que los profesores tienen, pues llegar ahí, al final de sus estudios, es fruto del trabajo de aquellos. Diferenciar entre lo importante y lo irrelevante es argumento manipulador que nunca debería utilizarse por una administración pública contra un colectivo tan sensible.
No es creíble que para la Generalitat lo más importante sean los alumnos. Porque, de ser cierto, no habría hoy una huelga que es fruto de mucho tiempo atrás en el que ese valor del alumnado ha sido obviado. Esa referencia al interés superior justifica para quien ejercita su poder el establecimiento de unos servicios mínimos abusivos que, en realidad, atacan el derecho de huelga en tanto quieren asegurar una situación de normalidad que es, precisamente, lo contrario de lo que supone la huelga, una alteración de esa normalidad. Se ha excedido el gobierno autonómico en sus poderes y reacciones. Pero la sociedad ha sido clara y el viernes en Valencia dio una lección que deben aprender en la institución autonómica. La sociedad no está tan anestesiada y cuando se trata de la escuela moviliza sus sentimientos que parecen más inmunizados de lo que esperaban frente a la propaganda fácilmente reconocible.
Frente a quienes desde la Generalitat se alzan como los defensores del alumnado, los que siembran el descrédito de los maestros, los que manipulan los medios de comunicación públicos siempre prestos a socorrerlos, los que pasarán a la historia sin dejar huellas indelebles, reconozcamos a nuestros profesores, los que dejan esa huella, los que nos enseñaron y educaron en valores, los que permanecerán presentes en nuestras vidas por su ejemplo. Doy testimonio de que es así.
Apoyemos a nuestros profesores por nuestros hijos y nietos, por una sociedad formada en libertad y educada en valores, racional y librepensadora. Apoyemos lo que piden por nuestro bien, confiemos en ellos porque son el ejemplo y nosotros, no lo dudemos, fruto de lo que significaron en nuestras vidas. Tienen razón en lo que demandan y, por supuesto, en corear un sueldo digno, adecuado a su posición social y a su valor.
Decía Serrat: “Entre estos tipos y yo hay algo personal”. Qué razón tenía.
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