Las imágenes en una playa de Turquía del cadáver de Aylan Kurdi, un niño de tres años que había muerto ahogado intentando llegar a Europa escapando de la guerra civil en Siria con su familia, fueron el detonante que movilizó al rescatista Óscar Camps a viajar a la isla griega de Lesbos en 2015 para echar una mano en la crisis migratoria. Lo que iba a ser un hecho puntual dando respuesta a una emergencia humanitaria se ha convertido una década después en una de las ONG más activas a nivel internacional de rescate humanitario en el mar: Proactiva Open Arms. Más de 73.000 vidas salvadas de personas que huían de guerras, desastres naturales, persecuciones o la pobreza es el balance de una organización que «nunca debería haber existido», según Camps, quien estará este lunes 18 en Club FARO, en una conferencia-coloquio que se desarrollará en el Museo MARCO a partir de las 20 horas (entrada libre y gratuita).
–Open Arms cumple diez años. ¿Qué pesa más en el balance que hace de esa década: orgullo, cansancio, frustración o todo a la vez?
–Open Arms hace 10 años lamentablemente, diría, porque no deberíamos haber existido, no deberíamos haber hecho nada y fíjate que hemos rescatado 73.000 personas, hemos hecho muchísimas misiones humanitarias, hemos estado en la guerra de Ucrania, en Gaza en dos ocasiones, en la dana en Valencia, durante la pandemia… Yo diría que ha sido un sin parar, pero de peor a peor. No deberíamos existir y resulta que han surgido contextos políticos como el ascenso de la extrema derecha en Europa, el endurecimiento de fronteras, los bloqueos administrativos, la vulneración de los derechos humanos, la vulneración del derecho internacional por parte de algunos países, el genocidio en Gaza, la guerra que Estados Unidos y Israelhan desencadenado, que han hecho que lo que debería haber sido un acto en el Mediterráneo o en el Egeo en el 2015, que durase lo que duró el éxodo masivo de la guerra civil en Siria, se haya convertido en 10 años demasiado intensos y difíciles de olvidar. Yo creo que lo que más ha habido en esta década de misiones es decepción: ha sido darse cuenta cómo la Carta de los Derechos Humanos, que es uno de los pilares fundacionales de esta Unión Europea –sobre el que Europa saca pecho y habla a terceros países–, luego la misma Europa la vulnera y vende armas a países que los vulneran absolutamente. Te das cuenta del cinismo que hay y de que parece ser que los derechos humanos se hacen una pieza de museo que solo sirve para irte allí y hacerte una foto. Mira lo que ha pasado con una flota civil interceptada por Israel en aguas internacionales a solo 50 millas de tierra europea y a 700 millas de Gaza ante la pasividad del Frontex, la Policía Estatal de Fronteras de Europa, que estaba mirándolo desde un avión sin decir nada sobre un acto de piratería de Estado contra 150 personas a las que secuestran. Y no pasa absolutamente nada. Pero nos hemos tirado un año y medio discutiendo si se podía denominar genocidio a lo que estaba ocurriendo en Gaza. Es absolutamente indignante. No hay síntomas de que vayamos a desaparecer pronto.
–¿Europa se ha acostumbrado a los muertos en el mar?
–El goteo continuo de imágenes de niños muertos, de bombardeos, de civiles arrasados y de naufragios acaba anestesiando a la población civil, se convierte en una pornografía del dolor; un algoritmo y una pantalla nos dice lo que tenemos que ver y después de niños masacrados pasamos a ver lindos gatitos haciendo cosas simpáticas y aquí no pasa nada. Y lo vemos el tiempo justo antes de cenar, nos podemos indignar, podemos maldecir, pero no hacemos nada. Nos están acostumbrando al dolor ajeno, a la vulneración absoluta de derechos, a que haya países que puedan ejercer la fuerza para secuestrar a un presidente de otro país y encerrarlo con cualquier excusa.
Rescate en Skala Sikamineas, Grecia, en octubre de 2015. / Fernando del Berro
–Uno de los lemas de la organización es que lo que hacen no es cuestión de ética, sino de ley. ¿En este mundo en que se habla del papel menguante de la ONU, hasta qué punto le corresponde a una ONG realizar una función que los estados incumplen?
–Para empezar, la ONU es un niño que nació muerto. Si a las 48 horas de su fundación ya había cinco países que podían tener derecho a veto y decisión ya no sirve. Nunca he creído en esa capacidad de resolución de la ONU. En 2015 no pensábamos que nos convertiríamos en una organización de espectro internacional, solo estábamos coordinando una respuesta civil, pero en 10 años hemos hecho muchísimas cosas, tantas que hemos tenido que escribir un libro y dejar un testimonio escrito de lo que hemos visto, del sufrimiento humano, de las inacciones en parte de los gobiernos de los Estados y de la propia Unión Europea. Porque si no lo hacemos nosotros lo iban a hacer desde un despacho en Bruselas y este tipo de acciones se convierten en un Excel, en unas cifras sin alma donde las personas desaparecen. Si el día de mañana alguien quiere saber qué ocurrió, que sepan que había algunos que no miramos hacia otro lado y que decidimos actuar. Somos incómodos porque seguimos defendiendo lo que Naciones Unidas debería defender y la misma Unión Europea tiene entre sus valores funcionales. La poca humanidad que le queda a Europa está representada en algunas organizaciones humanitarias.
–Han salvado la vida a 73.000 personas en el mar durante estos diez años, ¿qué hay detrás de esas cifras?
–Detrás de esas cifras hay decisiones y responsabilidades políticas, hay una inacción deliberada, hay una disposición a mirar hacia otra parte y a consentir que países vulneren los derechos humanos en zonas de responsabilidad europea, hay una intención de dejar que el mar haga el trabajo sucio. Lamentablemente 33.000 personas muertas es una cifra muy elevada, que deja muchísimas familias desestructuradas, muchas personas que no saben el paradero de sus hijos, de sus maridos o de sus hermanos. Y esa cifra de 33.000 personas muertas la da la Organización Internacional de Migraciones, pero seguramente es mucho más grande. Si una organización tan pequeña como la nuestra, que se sostiene con donativos privados de la sociedad civil, en 10 años ha podido ayudar y rescatar del mar a 73.000 personas, ¿qué podrían haber hecho los estados si se lo hubieran propuesto? Porque no hace falta que nadie muera abandonado en el mar bajo ningún concepto, no hay ninguna ley que ampare eso ni ningún derecho que proteja la inacción deliberada. Nosotros no preguntamos la procedencia de las personas cuando las rescatamos, miramos si respiran o no respiran, las entregamos a la administración a la que corresponde esa responsabilidad y ellos verán en qué situación administrativa se encuentran estas personas y qué es lo que van a hacer con ellos, pero indiscutiblemente nadie tiene que morir abandonado en el mar, sea cual sea el motivo por el que se ha lanzado al mar. Es nuestra obligación como socorristas salvarlos.
–En 2015 el foco estaba en Lesbos; hoy hablamos también de Mediterráneo central, Canarias, Gaza o Cuba, mientras que parece que olvidamos otros lugares como África. ¿Le preocupa que algunas misiones sean leídas en clave ideológica y no humanitaria?
–Nosotros hemos estado en Mozambique llevando comida, hemos hecho vuelos humanitarios en Níger, hemos estado en muchas emergencias internacionales en África, también en Yemen o en la Siria ocupada cuando fue el terremoto. Lo de Cuba es una emergencia humanitaria silenciosa: hay hospitales que funcionan al límite, apagones constantes, falta de recursos básicos y una población agotada tras seis décadas de bloqueo y de precariedad. En muchas crisis humanitarias donde Open Arms ha estado hemos visto médicos cubanos ayudando donde nadie quería estar, como fue el caso del terremoto de Siria, donde solo entró Open Arms. Esto no va de ideología, va de humanidad y de reciprocidad, porque cuando una sociedad lleva tantos años resistiendo sola ante un bloqueo ya no es un tema político, es un tema de la sociedad civil y de ayuda humanitaria.

Mujeres y niños descansan en la bodega del barco Golfo Azurro después de haber sido rescatados por Open Arms en enero de 2017. / Olmo Calvo
–En esta década de actividad han pasado de ser premiados por su labor a ser perseguidos. ¿Se ha criminalizado el rescate humanitario en Europa?
–Sí, lo decimos en el libro, que se puede abrir en dos sentidos, por un lado habla de héroes y si le das la vuelta habla de villanos. Es el mismo libro, es la misma década, es el mismo mar, pero hay dos maneras de verlo. La parte de héroes recoge la dureza de las misiones, son decisiones que son toman en un segundo cuando un barco se hunde; si lo miras desde la parte de villanos, entras en el contexto del ascenso de la ultraderecha en Estados Unidos y en Europa, del agujero negro que hay en Libia, que es un país descompuesto, y de las vulneraciones de derechos. Nosotros seguimos haciendo lo mismo en el mismo mar y de la misma manera, pero lo que ha cambiado no somos nosotros, sino el discurso; según quién lo mire y lo diga, rescatar una persona se puede ver como una heroicidad o el acto de un villano. Me han llamado de todo, desde héroe hasta negrero y traficante. Y eso es porque hay alguien que tiene la intención de cambiar ese discurso social, de cambiar la opinión de la sociedad, y para que esto ocurra la extrema derecha ha invertido cientos de millones de euros en el mundo digital. En la calle, en la vida real, cuando yo me muevo, solo encuentro muestras de agradecimiento y de cariño.
–Pero luego esa gente vota a la extrema derecha.
–No. La gente solidaria y empática es la mayoría, no discute ni entra en polémicas. Pero luego está el mundo digital, las redes sociales, donde se impone un discurso financiado evidentemente por intereses políticos de la extrema derecha, donde se grita y se hacen discursos xenófobos y racistas, que tienen un solo objetivo: ganar el discurso, intentar convencer. Pero la gente que tiene valores y tiene principios no los cambia; y esos son la mayoría. Cuando decida salir a la calle la sociedad civil de verdad, la gente empática y solidaria que está de acuerdo en que nadie tiene que morir y que los derechos humanos se tienen que respetar, nos daremos cuenta de cuál es el mundo real, y no el digital.
–¿Considera que la solidaridad está en horas bajas?
–No, no está en horas bajas, es discreta y silenciosa. Y yo creo que ya es hora de alzar un poco la voz, que la gente no acepte más este discurso y diga: «No estoy de acuerdo, hay que actuar conforme a los valores». Nosotros lo decimos constantemente; el lema de una campaña que hicimos era «A ti también te rescataríamos», poniendo a los líderes de la extrema derecha en el agua. Ellos harían lo mismo si estuvieran en la misma situación que nosotros: si ellos están en una lancha de rescate en medio del mar con cien personas pidiendo auxilio, viendo lo que tardan en perder la vida en el mar (porque no es lo mismo ver un muerto que ver morir) y que te miran a los ojos pidiendo ayuda y tú no tienes brazos suficientes para todos. Entonces te das cuenta de que es muy fácil salvar una vida si solo extiendes los brazos y los recoges; cualquier persona que estuviera en ese lugar haría exactamente lo mismo que hacemos nosotros. Porque la humanidad está por encima de las siglas políticas que uno pueda representar o te paguen por defender y lo más grande que puede hacer un ser humano por otro ser humano es salvarle la vida. Nosotros los invitamos a venir al barco a una misión, a que vean en primera persona lo que ocurre en aguas internacionales en medio del mar y digan si es necesario que mueran esas personas abandonadas ahí o podemos hacer algo. Si no operas cuando tienes la obligación de hacerlo eso sí que es un delito de negación de auxilio y para encubrirlo atacas a quien te deja en evidencia, que son las organizaciones humanitarias.

Óscar Camps en la embarcación / Olmo Calvo
–¿Cómo se financia hoy Open Arms y qué grado de independencia le da depender principalmente de donaciones privadas?
–Más de un 90 por ciento son donaciones privadas, lo cual nos otorga absoluta independencia para denunciar todo lo que vemos, y de hecho eso es lo que hacemos. Creo que somos la única organización que ha llevado a juicio a un viceprimer ministro de un país europeo, de la cuarta economía europea, con todo lo que ha conllevado esos tres años de causa, viendo que las togas van a hacer política, no justicia, y sabiendo que el final será el que ha sido. Pero aun así fuimos capaces de volver y no se nos puede acusar absolutamente de nada, no tenemos ninguna causa contra nosotros, es al revés. Hemos ganado hace menos de un mes un recurso de la primera detención que nos hicieron –nos detuvieron 20 días y nos impusieron 10.000 euros de multa–, así que no estamos haciendo nada absolutamente irregular y mucho menos ilegal. Ya estaríamos todos detenidos si les hubiéramos dado algún motivo a estos países de extrema derecha que tanto cariño nos tienen.
–¿Sirve de algo salvar vidas cuando después esas personas quedan atrapadas en un sistema de acogida precario y con políticas de rechazo?
–Nosotros procuramos que no mueran en el mar, pero es cierto que una vez en tierra son muy mal tratados, evidentemente, se vulneran absolutamente sus derechos. Pero, ¿cuántas organizaciones hay en tierra que se dedican a trabajar con migrantes y refugiados? Muchísimas. ¿Cuántas hay en el mar para intentar proteger la vida de las personas que quedan a la deriva en aguas internacionales? Muy poquitas. Nosotros nos centramos en ese agujero negro en que se ha convertido el Mediterráneo, donde nadie quiere estar y donde te bloquean, te acusan y hacen campañas de acoso y derribo para manchar tu reputación , para que la gente deje de donar y para que no estés ahí porque molestas mucho. Al menos en tierra no se ahogan ni se van a morir inmediatamente, porque en el mar pasas en pocos minutos de flotar a hundirte bajo el gua, solo una mala previsión del tiempo o esas embarcaciones precarias que fallan en cualquier momento te dejan en esa disposición.
–¿Cómo se protege emocionalmente una tripulación que ve morir o sufrir a personas en el mar?
–El dolor de ver morir a una persona en medio de una acción de rescate es muy duro. El estrés y la adrenalina te ayudan a seguir intentando sacar a esa persona que no puedes, a la otra de al lado y a la otra, pero luego cuando haces balance y te das cuenta de que hay algunas que flotan y otras que se han hundido es terrible. Es muy duro saber que con un poquito más de recursos podíamos haber salvado más, que si hubiéramos tenido apoyo de los guardacostas, podíamos haber rescatado a todos. Y luego ves cómo se te señala con el dedo en redes sociales cuando has puesto en riesgo tu salud y tu vida, ves que hay gente que incluso puede llegar a criticar eso y ves cómo gobiernos se eximen de su responsabilidad cuando la tienen toda. Eso es muy frustrante. Tanto o más que ver la incapacidad que tienes de poder salvar vidas cuando estás en el sitio adecuado en el momento adecuado, pero con los recursos precarios. Lo llevas como puedes, tenemos un equipo de psicólogos que da soporte en todas las misiones, pero el estrés postraumático se vive el resto de tu vida, cada uno tiene que reconocer dónde lo tiene, qué síntomas le produce y convivir con ello, igual que hacen los bomberos, algunos cuerpos de seguridad, los médicos, urgenciólogos o los que estén en quirófano. Ningún humano tendría que tener la capacidad de decidir quién vive y quién no vive, es una responsabilidad muy grande que también te acompañará el resto de tu vida.

Un nino de 8 anos procedente de Costa de Marfil y que viajaba solo, posa con un cartel que escribio despues de ser rescatado en el que puede leerse: Gracias Open Arms. 28/12/2018 / Olmo Calvo
– Qué queda del socorrista que en 2015 vio la foto del niño Aylan Kurdi muerto en la orilla de una playa y decidió irse a Lesbos?
–No mantengo ni el pasaporte ni el DNI y he perdido el color del pelo. Queda el nombre y el apellido, creo que nada más. Has visto y has sufrido tantas cosas, ves la realidad sin filtros, sin maquillajes, sin políticos que te la disimulan, y cambias; no puedo fingir, no puedo ser ni cínico ni hipócrita y realmente no puedo saludar a todo el mundo ni estar contento con todo el mundo.
–¿Después de 10 años alguna vez pensó en dejarlo?
–No, porque lamentablemente es necesario el trabajo que hace Open Arms ahora mismo de poner el foco mediático donde nadie quiere que se vea, donde no quieren que se sepa o estar en lugares donde nadie quiere estar. Nos dijeron que no podíamos ir a Ucrania, que no llegaríamos nunca, que nos interceptarían, pues cuatro veces fuimos subiendo el Danubio hasta llegar a la zona ucraniana y llevamos en cada viaje 50 toneladas de comida en el momento más crítico de la guerra. Nos dijeron que tampoco podríamos ir a Gaza, que no llegaríamos nunca, que había un bloqueo de 20 años y Open Arms estuvo en dos ocasiones desembarcando 200 toneladas allí. Ahora también nos dicen que no vamos a llegar a Cuba, que es un bloqueo de seis décadas, y allí vamos. Creo que más que nunca debemos seguir sacudiendo un poco a la sociedad civil, una parte ya nos apoya, pero la otra parte está un poco anestesiada o dormida, que despierten y que sepan que los derechos se defienden, que no nos los regalaron y que fueron nuestros abuelos quienes los consiguieron sacrificando sus vidas.
–¿Cuál sería la mejor victoria: rescatar más personas o que Open Arms deje de ser necesario?
–Open Arms nunca debería haber existido. Nuestra misión es volver a casa y dar el relevo a las administraciones o a las organizaciones a las que les corresponde hacer ese trabajo. A veces hay tantas vinculaciones económicas y políticas que muchas de esas organizaciones no se atreven a hacer lo que deberían hacer, creo que con los años pierden frescura y pierden valor. Hay que potenciar que nazcan otras organizaciones más frescas, más actuales y más valientes.
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