Xi se pone por encima de Trump al sentarle en un sillón más bajo en la sede de su poder

El Zhongnanhai de Pekín, el antiguo complejo imperial que alberga la sede del Partido Comunista Chino desde la revolución, ha sido el escenario de la última reunión entre Donald Trump y Xi Jinping. Un lugar de secretos, sorpresas y citas con la historia.

Cuando fue invitado en 1958 por Mao Zedong, el líder soviético Nikita Jrushchov descubrió que el Zhongnanhai escondía una piscina. Y tras una primera reunión infructuosa, el ruso descubrió con horror que era precisamente ahí donde su anfitrión le convocaba para la segunda.

Jrushchov nunca había aprendido a nadar. Requirió un flotador para entrar en el agua y se mantuvo aferrado al borde de la piscina. Mao, que conocía perfectamente la debilidad de su interlocutor y era un gran nadador, daba cómodas brazadas mientras dictaba sus condiciones.

El arte de la diplomacia en Pekín tiene una profundidad laberíntica. De cara al exterior, el régimen ha prodigado obsequiosidad para escenificar un recibimiento afectuoso y deferente a la comitiva estadounidense. El amor propio de Trump no debía verse ultrajado.

Pero al mismo tiempo, Xi iba a transmitir un mensaje inflexible: a partir de ahora, Estados Unidos se dirigiría a China en pie de igualdad. Washington reconocería a Pekín como la segunda superpotencia y el contrapeso necesario a la influencia occidental en el mundo.

Donald Trump y Xi Jinping posan sentados en el Zhongnanhai.


Donald Trump y Xi Jinping posan sentados en el Zhongnanhai.

REUTERS/Evan Vucci

Esa cuidada representación incluía disimular la diferencia de altura entre Trump y Xi. El estadounidense mide un metro noventa, y el chino, oficialmente, un metro ochenta. Sin embargo, la evidencia fotográfica indicaría que el líder comunista alcanza más bien 1.75 m.

Los asientos en el Zhongnanhai tenían por tanto cojines de distinto tamaño, con objeto de rebajar ligeramente la altura de uno y alzar al otro para nivelarlos. Lo que no pudieron prever es que el lenguaje corporal de Trump terminase rebajándolo frente a Xi.

Un Trump achicado

Ambos mandatarios tienen en común su obsesión por la imagen. Es sabido que Xi no tolera que se le saquen parecidos con Winnie the Pooh. En 2018, cuando visitó Madrid, la Policía retiró en Sol a un artista callejero vestido del personaje para evitar ofender al presidente chino.

La vanidad de Trump, por otra parte, es una de sus señas de identidad. Su personalidad soberbia y dominante es una de las claves que lo catapultaron del estrellato empresarial y televisivo a ganar por dos veces las elecciones, la segunda con un enorme voto popular.

Sin embargo, en Pekín se ha mostrado comedido, respetuoso e incluso timorato. Nada de las bravatas o provocaciones que reserva para otros líderes mundiales. Ante Xi, solo ha hablado para derramar elogios.

«Ha sido una increíble visita, nos traerá muy buenas cosas», se explayaba tras visitar la rosaleda del Zhongnanhai, otro de sus secretos. El bucólico paseo habría conmovido tanto a Trump que Xi se habría comprometido a enviarle sus propias semillas.

Xi guía a Trump por el Zhongnanhai.


Xi guía a Trump por el Zhongnanhai.

REUTERS/Evan Vucci

Pero la realidad es que si el estadounidense no cesó de alabar a «su viejo amigo» como «un gran líder» que le ha brindado «una visita inolvidable», su homólogo chino ha sido mucho más directo y conciso al establecer sus líneas rojas.

Lo primero fue establecer condiciones sobre Taiwán, el territorio autónomo que China considera irrenunciable. Advirtió a EEUU que una mala gestión -vendiendo armas a Taipéi- podía llevarles al «conflicto». Trump no respondió sobre la cuestión.


Trump muestra su admiración a Xi Jinping en su visita a China

A continuación vino la ya famosa referencia a la ‘trampa de Tucídides‘, una fórmula por la que Xi describía a una potencia en declive (EEUU) tentada de chocar contra otra emergente. De nuevo, Trump desoyó la crítica asegurando que China se refería a la época de Joe Biden.

Finalmente, en el banquete de gala, Xi reveló su conclusión: la «Gran China» expansionista y la «América grande de nuevo» de Trump podían convivir, repartiéndose el mundo sin interferir en sus respectivas esferas. El presidente de EEUU también tuvo ahí un percance con el asiento.

¿Qué se lleva Trump?

El principal resultado de la cumbre no es un gran acuerdo comercial, sino una nueva orientación bilateral. Ha recibido el nombre de «relación de estabilidad estratégica constructiva China-EEUU» y regirá los próximos tres años. Es decir, hasta el final de mandato de Trump.

La nueva relación se articulará en torno a cuatro ideas: cooperación como eje principal, competencia «moderada», diferencias «controlables» y una paz duradera. Las declaraciones unilaterales de guerra comercial y arancelaria quedan para el olvido.

A cambio, Trump consigue que Xi condene el cierre al que Irán somete al estrecho de Ormuz, aunque China sostenga que la guerra «no debió ocurrir». Sin embargo, no se han concretado qué medidas de presión aplicaría Pekín sobre Teherán

En lo económico, el estadounidense asegura que ha arrancado el compromiso a China de comprar petróleo estadounidense y aviones de Boeing, pero este extremo no ha sido confirmado por la otra parte.

El acuerdo confirmado tiene que ver con compras por valor de «decenas de miles de millones de dólares» anuales durante los próximos tres años que aliviarán a los agricultores americanos. China dejó de comprarles precisamente a causa de los aranceles de Trump.

Son logros discretos que han decepcionado a las bolsas de todo el mundo. Pero a cambio, Xi ha confirmado que viajará en otoño a devolver la visita en Estados Unidos. Trump tiene la oportunidad de repetir su recepción de 2017, que resultó mucho más lucrativa.



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