Génesis de Genesis

Ayer conocí a Genesis (así, sin tilde), un hombre de Nigeria, joven, que ha llegado recientemente a España. Es alto, más incluso que la mayoría de los jóvenes de aquí. Unas rastas dominan su cabeza de una forma extraña, al mismo tiempo ordenada y caótica. No sabe español. Su inglés suena británico. Parece un chico del Bronx neoyorquino fuera de sitio en plena calle Mayor de Madrid.

Le invito a un café. Le pregunto por su vida. Le brillan los ojos al responderme. Nadie debe de hacerle caso mientras pide apoyado en la fachada al lado de un pequeño supermercado. Me dice que los españoles somos «very nice people», gente muy agradable. Me cuenta que estuvo en Francia y que allí la gente no era tan maja. Que, al contrario, sentía muchísimo rechazo. Aquí al menos yo le di conversación, un café, un apretón de manos.

También, me comenta, estuvo en Italia. Allí la gente era como aquí, pero aunque dice que son países parecidos aquí se siente más acogido. No sé. Si no me hubiera acercado a preguntarle si quería un café, mi rechazo se habría sumado al de toda la gente que pasa por la calle Mayor a las nueve menos cuarto de la mañana.

Cada vez que Genesis viaja a un país diferente desde que salió de su Nigeria natal, pienso, es un nuevo génesis, un nuevo comienzo. Cada mañana que se levanta para mendigar al lado de un súper es un génesis. Cada vez que pasa una persona y no responde a su tímido «Hola», que parece lo único que sabe de español, empieza una nueva oportunidad para que otra persona le preste atención.

Me pregunto cómo sería la vida de Genesis en Nigeria. Al escribirlo, recuerdo cómo lo pronunciaba, algo así como «naiyiria». Una vida terrible, supongo, lo suficiente como para que valga la pena jugársela al viajar a otro país. Estuvo en Italia. Viajó a Francia para buscar una mejor situación. Acabó en España. Y se encuentra con un hombre como yo, que solo puede invitarle a un café y darle algo de conversación.

«Thank you, my friend. God bless you» (Gracias, amigo. Que Dios te bendiga), dice al despedirse cuando me voy a la oficina. A mi vida gobernada por los horarios, el calendario, las tareas. Solo es un martes cualquiera. Tengo mucho lío, porque trabajo en un partido político y tenemos elecciones en Andalucía este domingo. Me salta una idea en la cabeza: la bandera de Andalucía y la bandera de Nigeria son muy similares. Verde, blanco, verde. Las diferencia la dirección de las franjas. Pero, ¿qué diferencia a un andaluz de un nigeriano?

A veces, creo, nos centramos en lo material, en lo externo, en lo superfluo, en lo superficial. Y ahí nos equivocamos. Porque lo importante, lo auténtico, es el interior: la personalidad, las ganas de luchar, la energía que sacamos para poder labrarnos un futuro, como individuos, como comunidades, como humanidad. Entonces no somos tan distintos. Quizá solo nos diferencia la dirección.

Pienso en Genesis. Mañana volveré a verlo a la puerta del supermercado. Así se gana la vida. Ojalá pudiera hacerlo de otra manera. Él y todos los Genesis que hay en esta ciudad, en este país, en este planeta que es nuestra casa común. Ojalá acabemos con la pobreza, con el egoísmo, con esas cosas que creemos que nos diferencian. Ojalá, como Genesis, empecemos de nuevo.

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