La tensión tras el chivatazo que ha arruinado el envío de los Albora ha servido para destapar lo que Alya intentaba esconder bajo su bata de médica. En un momento de intimidad, la doctora ha mirado a Cihan a los ojos para decirle: “No quiero que te dediques a eso. No deberías”. Ya no habla la mujer que quiere huir, sino la mujer que teme que la próxima vez Cihan no vuelva a casa.
Cihan, que conoce bien a las personas, ha detectado ese cambio de tono. Aunque intenta mostrarse duro y escéptico, sabe que Alya se preocupa por él más de lo que está dispuesta a admitir. Ella sabe que Cihan está sufriendo, ve sus ojos vidriosos y su cansancio extremo, y le duele ver cómo se destruye liderando un clan que él nunca eligió.
Sin embargo, el orgullo de ambos sigue siendo un muro difícil de derribar. Alya se escuda en su «obligación» de estar casada con él para no confesar que, en el fondo, Cihan se ha convertido en alguien imprescindible en su vida.













