Cultura gratuita

Yo, como el perro y el niño, voy donde me dan cariño. No sé negarme. Cada vez que me invitan a un encuentro, sea docente o literario, digo que sí sin preguntar más que de qué quieren que hable, qué novela han leído los intervinientes o cuánto tiempo ha de durar mi intervención. Voy simplemente porque alguien (la coordinadora de un taller, los miembros de un club de lectura, un grupo de maestras y maestros de un colegio) considera que puedo ser de ayuda. Para mí es un deber además de un placer, ya he dicho que me encanta lo que hago. Recuerdo una ocasión, sin embargo (siempre hay una primera vez para todo), en que me resistí a participar en lo que me resultó un sainete. La joven (por su voz y su lenguaje) funcionaria de un ayuntamiento del sureste me llamó una mañana porque organizaban una lectura literaria y pretendían de mí que leyera fragmentos breves de algunas de mis novelas. No lo pensé en principio demasiado. Dije que sí, que claro, que desde luego. El único requisito que le puse, el que suelo poner siempre, es que me facilitasen un transporte porque yo, como las viejas marquesas, no conduzco. La funcionaria aceptó el requerimiento, pero, ay, amigo, entonces vino a pisar los cristales que mis personajes a veces dejan en el suelo para alertar de intrusos. Hay otra cosa, me dijo: el encuentro no lo pagamos. O sea, en plan (de ahí deduje su juventud), si usted quiere, se trae sus libros y los puede vender en la plaza del pueblo. Me vi de pronto en un mercadillo de sábado, entre la comerciante de jabones y el frutero, dando gritos para que me compraran las novelas, Se me caen de las manos, señora, pague una y llévese dos. Allí se me encendió una luz y pregunté a la muchacha, Óigame, y ¿cómo va a ser ese encuentro literario? Y ella, Estará genial, señor Correa, le van a poner una tarima de madera y luces tenues y un equipo de sonido que podrá oírse desde el pueblo de al lado. Pregunté sin maldad, Y, dígame, ¿el carpintero que montará el tinglado, el iluminador y el técnico de sonido van a cobrar por su trabajo? A ella le sobrevino el temblor de una duda, Ejem, creo, sí, supongo. Acabáramos. Con razón me profesaban tanto cariño, coño. En aquella cena iba a comer todo apóstol menos Jesucristo. Le dije por fin a la funcionaria, Usted comprenderá que no pueda aceptar su invitación, ¿verdad? Ella tardó en verlo, pero al final tuvo que admitir que la cosa era rara. Antes de despedirse, dijo que lo consultaría con sus superiores, por si podía hacerse algo. Pero, amén de que nunca volvieron a llamar, el roto ya estaba hecho. Poque yo voy gratis a una asociación de vecinos o a un club de lectura de un pueblito de las medianías, que ya bastante hacen con comprar mis libros, pero un ayuntamiento son otros López. Tengo un problema con los que piensan que la cultura debe ser gratuita, como la educación o la sanidad. Claro que debe serlo, pero a los maestros y a las médicas se les paga por su trabajo. Y yo ya tengo que tragarme que pirateen mis libros para que, encima, aquellos que deben impedirlo hagan negocio con el sudor de mi pluma.

Suscríbete para seguir leyendo

Fuente