Crecí y me eduqué en un colegio religioso. En aquella época, no existían las ratios. En un aula podíamos ser, tranquilamente, más de cuarenta alumnas. Todo niñas, claro. Por mi apellido, ocupaba el ecuador de la habitual lista matutina. Todavía guardo alguna foto en blanco y negro con el primer uniforme, feo a más no poder. Supongo que, por mi altura, para no entorpecer al resto la visión de la pizarra, estaba sentada en las últimas filas. Las monjas, por aquel entonces, provenían muchas de Andalucía, por lo que el valenciano quedaba reducido al ámbito familiar o la hora del recreo. Eran otros tiempos. No guardo mal recuerdo de aquella etapa, todo lo contrario, pero siempre he pensado que me hubiera ido mejor en una escuela no de pago. No sé por qué, la verdad. A veces, tendemos a soñar, a idealizar, a fantasear con lo que nunca tuvimos, aunque siempre he creído en el poder equitativo de la enseñanza universal y gratuita. No hay mayor ascensor social que las escuelas y universidades públicas, pero dotándolas de recursos. Ojo.
Dicho todo esto, confieso que las vacaciones y los horarios del profesorado me provocan envidia. No siempre sana, lo admito. Y sí, a veces he llegado a excederme con alguna crítica pelín acerada en cuestiones como la jornada continua, cuyas ventajas para el alumnado no veo por ningún lado. Pero vaya, quien esté libre de pecado en ese aspecto, que tire la primera piedra. Todo ello no es óbice para defender, ponderar y realzar la figura del buen docente por encima de cualquier cuestión. En sus manos, dejamos los padres la formación, no solo pedagógica, de nuestros vástagos. La ciudadanía del futuro, en definitiva, madura y se hace mayor en las aulas. Poca broma. Por eso, ahora que, en el horizonte, asoma una huelga indefinida en colegios e institutos, habría que sopesar las consecuencias de tal órdago en un momento tan crítico del curso. Las familias cuyos adolescentes afrontan la selectividad en unas semanas deben de estar con el pulso alterado. Escalofríos me entran cuando rememoro aquellos días de final de curso, con mis hijos desbordados entre montañas de apuntes.
Por tanto, igual es un buen momento para que el Consell de Pérez Llorca no le haga tantos ascos al nuevo modelo de financiación autonómica planteado por el Gobierno de Pedro Sánchez, se siente con el ministro Arcadi España y negocie una reparación para la Comunitat Valenciana. Estaría bien poner fin ya a tanto desequilibrio territorial, casi agravio, entraría ‘cash’ en las arcas de la Generalitat y podrían atenderse algunos de los múltiples frentes abiertos del ejecutivo valenciano motivados por la endémica falta de presupuesto. Valgan como ejemplo, las históricas reclamaciones laborales de los docentes, que no son solo salariales, como se encargan de recordarnos algunos desde sus redes sociales. Hágase la paz cuanto antes por un bien mayor, el de los alumnos. Especialmente, los de Bachillerato. Lo agradecerán ellos, ellas y, sobre todo, sus progenitores.
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