Un final de curso con escalofríos

Crecí y me eduqué en un colegio religioso. En aquella época, no existían las ratios. En un aula podíamos ser, tranquilamente, más de cuarenta alumnas. Todo niñas, claro. Por mi apellido, ocupaba el ecuador de la habitual lista matutina. Todavía guardo alguna foto en blanco y negro con el primer uniforme, feo a más no poder. Supongo que, por mi altura, para no entorpecer al resto la visión de la pizarra, estaba sentada en las últimas filas. Las monjas, por aquel entonces, provenían muchas de Andalucía, por lo que el valenciano quedaba reducido al ámbito familiar o la hora del recreo. Eran otros tiempos. No guardo mal recuerdo de aquella etapa, todo lo contrario, pero siempre he pensado que me hubiera ido mejor en una escuela no de pago. No sé por qué, la verdad. A veces, tendemos a soñar, a idealizar, a fantasear con lo que nunca tuvimos, aunque siempre he creído en el poder equitativo de la enseñanza universal y gratuita. No hay mayor ascensor social que las escuelas y universidades públicas, pero dotándolas de recursos. Ojo.

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