La victoria frente a un Valladolid diseñado, hay quien dice, para el ascenso, pero que en realidad está en riesgo de descenso se antojaba como un simple ejercicio de probabilidad estadística. Los números, mucho más rigurosos que las apreciaciones interesadas, describen al quinto peor visitante de Segunda; más en concreto, llegaba a Gran Canaria lastrado por seis derrotas, a la que añade otra, y un empate en sus últimas siete salidas, sin ganar fuera desde el 17 de enero. Por contra, la Unión Deportiva podía presumir de encadenar cinco triunfos consecutivos en casa, si bien es cierto que contra equipos como Ceuta, Sporting, Granada, Huesca y Leganés, no precisamente de los más competitivos. Por eso, lo que no fuese hilvanar el sexto contra otro rival débil hubiese sido un fracaso, máxime en un fin de semana con nuevos pinchazos de competidores por la Primera como Castellón y Eibar, derrotados en sus feudos, y a la espera del Almería. Por tanto, qué menos que tres puntos de trámite para seguir soñando con el ascenso directo y consolidando un puesto de promoción como objetivo menor a falta de solo cuatro jornadas.
Tal fue la diferencia entre los dos equipos que a los amarillos les bastaron dos minutos para desnudar la fragilidad blanquivioleta. Fuster hizo tranquilamente lo que le dio la gana hasta entrar en el área por la izquierda para poner un centro blandito que cayó en el segundo palo, donde Jesé remachó con comodidad. La mera descripción de la jugada es sonrojante, incluso indignante para Escribá, tercer entrenador de los pucelanos en este curso tras Almada y Tevenet. Conocedor de las limitaciones técnicas y tácticas de su plantilla, el técnico valenciano aplica un sistema defensivo por acumulación. Pero ni así. Los sucesivos pases de la UD con parsimonia al borde del área visitante no se tradujeron en goles porque la producción ofensiva no es su virtud. Hubo que esperar al minuto 37 para que el portero tuviera que esforzarse con un desvío a disparo lejano de Kirian. Del resto, solo posesión aplastante (82% antes del descanso), pero sin más, dada la manía de pases al pie. El Valladolid, nada de nada, incapaz de hilar un par de pases, ni tan siquiera de amagar a la contra con un patadón. Inimaginable ya no que marcasen un gol, sino incluso que inquietasen a Horkas.
Al inicio de la segunda parte, ante la quietud local, los pucelanos intentaron estirarse, pero de modo tan precario que el gol de Pedrola a los diez minutos (otro pase de Fuster) hizo presagiar una goleada que no llegó por deméritos propios: la cámara lenta del juego insular y el conformismo de siempre, expresado con decisiones como alinear a un doble lateral por la derecha. Pues pasó lo casi siempre: el rival, pese a su notoria inferioridad, se crece y acaba marcando para que en los últimos minutos tiemblen hasta los cimientos del Gran Canaria mientras se pide la hora con desesperación. Ya se sabe, es lo que hay. Otro mero ejercicio de contabilidad. El fútbol, si eso, ya tal.
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