Caminar por la Explanada o perderse por las faldas del Benacantil ya no se siente igual para el que ha nacido entre estas calles. Alicante, nuestra «Millor Terreta del Món», se encuentra en una encrucijada histórica. Mientras las cifras macroeconómicas celebran récords de ocupación hotelera y del aeropuerto de El Altet mana un flujo incesante de maletas, en la ciudad se respira una inquietud silenciosa. Nos enfrentamos a una realidad incómoda, el éxito turístico que nos da de comer está empezando a devorar el espacio que llamamos hogar.
El contrato social en Alicante parece haberse roto unilateralmente. El ciudadano medio cumple religiosamente con sus impuestos los 365 días del año, esos que sostienen la limpieza de unas calles cada vez más saturadas y la seguridad de unos barrios que ya no reconoce, pero lo hace, a menudo, a cambio de nada. Somos nosotros, los que pagamos, quienes subvencionamos el decorado para un modelo turístico que, salvo para una minoría que recoge los beneficios netos, nos devuelve una ciudad más sucia, más ruidosa, más cara y más ajena. Es la paradoja del anfitrión esquilmado: pagamos la fiesta, limpiamos los platos, pero nos quedamos fuera de la invitación.
Esta metamorfosis no es solo estética; es una expulsión silenciosa que se siente, entre otras, en el bolsillo cada vez que salimos a la calle, hablamos del encarecimiento de la vida cotidiana, el precio de un café o la cuenta de un restaurante…, parece que la ciudad ha etiquetado sus servicios para un bolsillo que no es el nuestro. Alicante se ha vuelto cara para el alicantino, obligándonos a elegir entre el sacrificio económico o el exilio de nuestros propios espacios de ocio.
Cuando el alquiler de una vivienda supera el salario medio, no estamos ante un «éxito», sino ante una fractura social. El drama de la vivienda en Alicante como en cualquier otro lugar de la provincia, tiene nombres y apellidos: los de los jóvenes que no pueden emanciparse en su propia ciudad y los de los mayores que ven cómo los comercios de toda la vida cierran para dejar paso a otra franquicia de comida rápida. Se rehabilitan fachadas, sí, pero se vacían los interiores. Se corre el riesgo de convertirnos en un parque temático que se queda sin alma cuando el último turista cierra la puerta de su apartamento de alquiler.
Nuestras plazas han dejado de ser salones vecinales para convertirse en almacenes de sillas y sombrillas, donde el derecho al paso se mide por el precio de una caña. El mantenimiento de la ciudad, los servicios públicos (limpieza, sanidad, transporte) se dimensiona para 366.221 personas, pero se estresa para dar servicio a casi un millón en temporada alta, dejando a los barrios periféricos en un eterno segundo plano de prioridades municipales.
Pero hay algo más profundo, la pérdida de nuestra identidad. Esta deriva no solo vacía nuestros bolsillos, sino que está borrando nuestra identidad a una velocidad alarmante. En nuestra provincia, el fenómeno ha cruzado una frontera peligrosa: hemos pasado de ser tierra de acogida a permitir la creación de burbujas paralelas en municipios donde el residente local ya es minoría. Hay municipios donde el volumen de extranjeros, es tal, que ha levantado ecosistemas propios de servicios donde el castellano o el valenciano son ya lenguas secundarias. Al caminar por ciertas zonas, el vecino de toda la vida sufre un vértigo de irrealidad; ya no sabe si está en el pueblo donde creció o en una sucursal de cualquier otro rincón del mundo. «El pueblo pierde su alma y el residente local acaba sintiéndose, irónicamente, el forastero en su propia casa».
Alicante se enfrenta a un espejo que le devuelve una imagen brillante pero frágil. No estamos creando riqueza, estamos «alquilando» nuestro sol y nuestras calles al mejor postor extranjero, mientras el ciudadano local pierde capacidad de compra.
Si seguimos ignorando la presión que este crecimiento descontrolado ejerce sobre nuestros vecinos, moriremos de éxito. No podemos permitir que el «clima» sea nuestra única moneda de cambio, ni que el beneficio de unos pocos se traduzca en la precariedad de la mayoría.
La alerta es real: o regulamos el crecimiento con valentía, limitando licencias y protegiendo el comercio local, o nos convertiremos en un escaparate vacío con fecha de caducidad. Estamos a tiempo de recuperar el equilibrio.
Porque, al final, Alicante solo será un gran destino si sigue siendo, por encima de todo, un lugar extraordinario para vivir.
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