Estamos, en este cuarto domingo de Pascua, en el llamado “Domingo del Buen Pastor”. Y yo diría que hoy es un buen día para que reflexionemos y recemos en torno a lo que es un “buen pastor”. Y, para ello me gustaría invitaros a ampliar nuestra mirada de este día en un doble sentido:
- En primer lugar, sobre a qué llamamos “pastor”.
- Y, en segundo lugar, qué entendemos por “oveja”.
Si comenzamos por lo primero que os sugiero (a qué llamamos “pastor”), a lo mejor podríamos empezar a pensar que un “pastor” en una comunidad cristiana no tiene por qué ser un cura. Ampliar la mirada en este sentido, sería darnos cuenta de que, cuando hablamos de “pastor” estamos hablando de referentes comunitarios, lo que en lenguaje más común llamaríamos líderes, sin embargo, puede que esta palabra (“líderes”) esté demasiado desgastada y manchada por unos liderazgos que, en la actualidad, parecen carecer capacidad de servicio y adolecer de aspiración al poder. Y no solo en lo que llamamos “sociedad civil”, también en la iglesia puede ocurrir esto y por eso el papa Francisco nos llegó a decir que “en este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados!” (EG 96).
Me parece que un sano ejercicio de discernimiento comunitario podría ser descubrir qué líderes naturales hay en cada comunidad, porque los hay y, a veces, son evidentes, pero otras están ocultos tras una iglesia demasiado preocupada por mantener su propia estructura anclada en el peso de la historia. A mí parecer no son pocas las veces que lo institucional está ahogando los carismas.
Precisamente, desde esta idea del discernimiento comunitario, vendría la segunda de las aperturas de nuestra mirada para este domingo del Buen Pastor. Una apertura que nos llevaría a contemplar a las “ovejas”. Es evidente que, cuando el Maestro nos habla de ovejas, no está refiriéndose a ser miembros sumisos de un grupo cuyo poder lo ostentan unos pocos llamados “pastores”. El sentido de la metáfora está encuadrado en la cultura rural en la que Jesús vivió y de la que formaba parte (Jesús era de pueblo… y pueblo pequeño). Además, en este texto nos dice dos cosas muy interesantes:
- Por una parte, nos dice que ese buen pastor es al que las “ovejas atienden a su voz”.
- Por otra parte, nos señala que, a este buen pastor, “las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen su voz”.
En definitiva, lo que el Maestro nos está diciendo es que las ovejas no son tontas, que saben quién es el buen pastor, que saben discernir quién es un buen referente comunitario, y quién no lo es, saben quién persigue el poder y quien se entrega a las ovejas porque no quieren su sumisión sino “que tengan vida y la tengan abundante”. Jesús es capaz de descubrir la madurez de las personas y eso hace que su pretensión no sea la obediencia sino el discernimiento común. Por ello, no podemos olvidar que aquellos a los que hemos llamado “ovejas” también están impulsados e inspiradas por el Espíritu Santo.
Es muy triste que la estructura jerárquica de la Iglesia se haya volcado a la efusión del Espíritu haciendo de los ministerios ordenados una escala de “posesión” de este Espíritu y, por lo tanto, en el conocimiento y reconocimiento de la voluntad de Dios.
Sin embargo, no es así y nos lo recordó el papa Francisco al decirnos que “en todos los bautizados, desde el primero hasta el último, actúa la fuerza santificadora del Espíritu que impulsa a evangelizar. El Pueblo de Dios es santo por esta unción que lo hace infalible ‘in credendo’. Esto significa que cuando cree no se equivoca, aunque no encuentre palabras para explicar su fe. El Espíritu lo guía en la verdad y lo conduce a la salvación. Como parte de su misterio de amor hacia la humanidad, Dios dota a la totalidad de los fieles de un instinto de la fe —el sensus fidei— que los ayuda a discernir lo que viene realmente de Dios. La presencia del Espíritu otorga a los cristianos una cierta connaturalidad con las realidades divinas y una sabiduría que los permite captarlas intuitivamente, aunque no tengan el instrumental adecuado para expresarlas con precisión” (EG 119). Pero esto no son “inventos” del Papa, ya en entre los primeros cristianos estaba esa convicción y en la en la primera lectura de hoy hemos escuchado como Pedro dice que el que sea bautizado recibirá “el don del Espíritu Santo”.
Y esto nos da incluso una clave para saber quién puede ser un buen pastor (o pastora) como referente comunitario: aquel o aquella que, siguiendo la actitud de Jesús es capaz de reconocer la madurez de las ovejas e impulsar a la comunidad hacia el camino compartido. El mal pastor, el que le niega a las ovejas la capacidad de discernir y de reconocer, es el pastor que quiere hacer estragos, y el estrago de manipular puede estrangular los carismas apropiándose del Espíritu y no dejándole soplar “donde quiere”.
En este domingo del Buen Pastor, a la luz del Resucitado (ese que dijo a las mujeres: “id a contar a mis discípulos”, el mismo que nos invita a volver, constantemente a Galilea) ampliemos nuestra mirada y hagamos, desde el discernimiento comunitario, nuevas búsquedas de pastores o pastoras para nuestras comunidades.















