La Colònia de Sant Jordi ha amanecido esta mañana con carteles de protesta contra las excursiones turísticas que se realizan a la playa virgen de es Carbó, una de las más paradisíacas de la isla.
“Es Carbó serà sempre nostre. No Tours a ses nostres platges”, se podía leer en los letreros en los que también aparece un dibujo de una playa y una señal de prohibido.
Además de esta cartelería de denuncia contra la saturación turística que padecen determinados arenales vírgenes, también han colocado un alambre de espino en un tramo del sendero que corta el paso a cualquier viandante que quiera acceder hasta la playa.
Carteles de protesta contra las excursiones organizadas a la playa de es Carbó. / D.M.
Es Carbó es una zona protegida de casi un kilómetro y medio de costa desde donde se puede contemplar el parque Nacional Marítimo Terrestre del archipiélago de Cabrera. Se encuentra ubicada entre la Colònia de Sant Jordi y el Cap Salines y se caracteriza por la arena blanca y unas aguas cristalinas.
Esta acción de protesta refleja el hartazgo de cada vez más residentes de la Colònia de Sant Jordi y de ses Salines frente a la masificación turística que soportan los paradisíacos arenales con la llegada del buen tiempo. “Ni la propia población puede disfrutar de sus playas”, lamentan.
Tours organizados de senderistas
Los carteles de denuncia han aparecido este fin de semana, días después de que se conociera que se organizan excursiones para grupos de turistas hacia la playa de es Carbó.
Con la llegada de la primavera, contingentes organizados de visitantes recorren el litoral de la isla. Se trata de grupos de unas 25 personas, muchos de ellos formados por turistas de la tercera edad, que recorren en fila, dirigidos por un guía local, el sendero que lleva a es Carbó.
Los excursionistas van equipados con mochilas, sombreros y bastones de trekking, y bordean la costa, entre rocas y arenales, atentos a las explicaciones de los guías.
Normalmente, los distintos grupos actúan coordinados entre ellos para no toparse unos con otros. El final de la ruta suele acabar en un restaurante de la Colònia de Sant Jordi, donde reponer fuerzas.
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