Morante de La Puebla ha cortado dos orejas en su resurrección particular en Sevilla tras medio año de retiro. El pasado mes de octubre se quitó -que no cortó- la coleta en las Ventas antes de salir por la Puerta Grande.
Ni el Rey emérito quiso perdérselo, tras llevar más de cinco años, desde que se fue a Emiratos Árabes, sin pisar una plaza de toros.
Y tuvo que ser en Sevilla, donde Juan Carlos I fue recibido con todos los honores, ovaciones, brindis, hasta con los sones del Himno de España y gritos de ¡Viva España! y ¡Viva el Rey!
Y enlutado llegó Morante para resucitar el domingo más taurino en la ciudad hispalense por antonomasia. Lo hizo con su vestido catafalco bordado en cristales que brillaban con intensidad como su tauromaquia.
Con su primero no pudo ser porque no podía ni con el rabo, pero con el segundo intercaló lances con su capote de vueltas verdes que saciaron esa fiebre morantista que flotaba en el tendido maestrante.
Y cierto es que en ese quite Morante lo lanceó con el mentón en el pecho y con ese duende que solo tiene el de La Puebla. Fueron cinco y una media eterna. «¡Ya está pagado el abono!», llegó a decir uno desde el tendido.
Lo brindó al público y se lo llevó andando hasta el tercio a base de trincherazos dibujados y una naturalidad sublime en una faena en la que casi todo lo puso él.
Tanto el temple como la torería, ralentizándolo en cada muletazo arrastrando la bamba de la muleta. Por el izquierdo le costó más por mucho que se cruzó al pitón contrario pisando unos terrenos complicados.
La estocada por sí sola fue de premio, como los remates finales evocando a la tauromaquia de otro tiempo ante un público que le reconoció el esfuerzo y llenó de pañuelos los tendidos de desbocado entusiasmo.








