La trampa de la edad

Era diciembre de 2013, unos días antes de Navidad. Había aterrizado en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York con un entusiasmo que camuflaba mi nerviosismo. No era inquietud, tampoco inseguridad, lo que sentía. James Salter, escritor al que había descubierto unos meses atrás y cuya prosa me había conquistado con la suave intensidad de la luz de un atardecer imprevisto, había accedido a recibirme en su casa de Bridgehampton, un pueblo a dos horas de Manhattan. No tenía su número de teléfono, únicamente su dirección y su confirmación, en un conciso correo electrónico, de que nos veríamos a las once de la mañana. A esa hora, tras haber pasado la noche en un hotel cuya única huésped era yo, llamé a su puerta y ahí estaba él, esperándome. Me recibió sorprendido. Mi supuesta juventud -yo tenía entonces treinta años, los había cumplido en mayo, pero aparentaba menos edad, como ahora- le desconcertó, y también el esfuerzo que había dedicado a hacer esa entrevista, mi interés en verle un par de horas en un viaje relámpago de cuatro días. «¿Te has cruzado el océano solo para hablar conmigo?».

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