La cara B. Otra vez el lado malo, el manso, el inocuo, el que te deja frío, el que surge de forma recurrente sin previo aviso, sin necesidad de tener enfrente a un rival potente. Anoche era el penúltimo. Un equipo de chicos jóvenes liderados por dos talentos de 19 años que, sin hacer alardes, con el brío justo, desnudaron una idea futbolística que solo Mehdi Puch sabe interpretar. El resto la improvisa. Generalmente, mal.
Novena derrota y adiós al efímero anhelo de pasar aunque solo sea una madrugada en puesto de promoción. Nada. No hay forma. Siempre falla alguien mientras caen las bombas y el equipo va perdiendo efectivos. Dos más en el Luis del Sol: Galvañ y Monsalve. A este ritmo, la liga se le hará eterna al conjunto blanquiazul, que continúa dejando ver sus defectos a pesar de los intentos desesperados de su entrenador de inventar estructuras creíbles cada semana.
La oportunidad a Mangada valió de poco porque hay gente que cuando se va… ya no vuelve por más que tú te empeñes. El Hércules se dejó empapar por la lluvia tenue de Sevilla. Le costó sentirse superior, saber qué esperar de sus tres centrocampistas. Se vio muy pronto que la propuesta haría agua. Ben Hamed, recibiendo de espaldas, descose al equipo. Y con ese paso obstruido, todo se vuelve torrecillismo… del peor.
Dani Fragoso, que cada semana tiene que ajustar sus sesiones de trabajo a un bloque diferente, armó su ataque en torno a dos niños: Rodri Marina y Pablo González. Y le bastó con esa receta evidente, sin sorpresas. El primero dispuso de un mano a mano a los diez minutos que Rentero fue capaz de corregir. Luego ya no perdonó. De nuevo un balón perdido en el medio del campo en una noche con infinitas concesiones blanquiazules permitió a uno de los centrales verdiblancos iniciar jugada, una que solo precisó de tres toques para convertirse en el 1-0. Fue una maniobra con envío del lateral zurdo desde una banda que recogió el diestro, llegando por la otra, para devolverlo al corazón del área sin que nadie se cruzara por medio hasta que el delantero centro batió a Blazic, desprovisto, en el colmo de la desproporción, de su halo de superhéroe.
El balón iba y venía muy dócil, pero los hombres del Hércules seguían llegando tarde a los duelos. Aun así, quedaban 75 minutos para despertar. Pudo pasar, pero Fran Sol, otros de los que se fue hace mucho, no supo resolver dos acciones de valor gol muy fáciles, la primera corriendo sin oposición hasta la portería cargando con todas sus inseguridades; y el segundo con un cabezazo en el área pequeña. Casi consecutivas. Las dos acabaron igual, pegándole al muñeco. Sus dos asistentes, Calavera y Andy Escudero, no daban crédito, pero es que de verdad costaba creer tanta desazón.
Beto sustituyó a los lesionados al descanso y dejó al punta titular en la ducha, rumiando su pena, su angustia. Toril le dio otro aire al ataque. Incomodó a los centrales y en ese desorden, empezó a florecer un tímido atisbo del Hércules que ha sabido cómo ganarles a los rivales más duros. Primero erró Ben Hamed con la zurda dentro del área una opción aparentemente fácil y luego avisó el bigoleador frente al Murcia a la salida de un córner. El empate se vislumbraba… Pero no, qué va. Siempre hay espacio para otra decisión mala en el espíritu blanquiazul.
En un duelo descontrolado, sin gobierno alguno, sin peso ni presencia de los centrocampistas, con Nico intermitente, invisible muchas veces, una pelota termina volando hacia el área visitante. Planea el balón buscando a Pablo García. Javi Jiménez le deja recibir… y luego maniobrar. Lo hace con las dos manos en la espalda. Bolo trata de ayudarle en la misma posición, pero nada. Ninguno mete el pie, así que el extremo –que pidió a Pellegrini dejar la disciplina del primer equipo para ayudar a sus amigos del B ante la falta de minutos de calidad–, arma la pierna y patea el cuero en semifallo, desequilibrado, cayéndose directamente. El disparo sale flojo, plano… aunque se acaba colando porque el Blazic de los milagros no subió al autocar. El guardameta no vio llegar la pelota entre las piernas de sus defensores y el 2-0 subió al marcador. El debut de Fede Vico fue muy forzado, y el recambio tardío para Mangada. Mejoró la presión, y una recuperación en la medular lo convirtió Andy en una asistencia que Toril transformó en su tercer tanto en menos de una hora como blanquiazul. El Betis siguió equivocándose, pero sin nadie capaz de canalizar esos errores para atacar con sensatez. No hubo manera de que los andaluces sintieran el miedo a perder. Ni siquiera cuando Bladi se autoexpulsó por pisotear a Retuerta a seis minutos del 90 en un encuentro que se fue hasta el 101.
La inocencia del filial bético concedió al Hércules una última opción con una falta cercana. Ejecutó Andy y Toril la mandó a la red a la media vuelta. Por desgracia para él, Bolo se quedó absorto, fuera de juego, y arruinó la consagración del mito. Novena derrota, una costumbre fea y malsana, la peor.















