Todo comenzó el 28 de febrero de 2026 con el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán. A las pocas horas, el régimen de los ayalotás y sus milicias satélite extendieron el conflicto a una decena de países con ataques contra objetivos militares por todo Oriente Próximo… y más allá. Un estado miembro de la UE, Chipre, recibió el impacto de un dron en una base militar británica, lo que ha llevado a Reino Unido, Francia y Grecia a enviar aviones y barcos de guerra. Los sistemas de defensa de la OTAN han derribado un misil sobre territorio de Turquía. Y un submarino de EEUU ha hundido en el Índico, cerca de Sri Lanka, una fragata iraní con 180 tripulantes.
Una clave importante de esta guerra es que muchos países del Golfo Pérsico mantienen acuerdos con EEUU y acogen bases norteamericanas que están sirviendo para los ataques a Irán. A continuación repasamos cuáles son los países afectados por la contienda.
Irán siempre ha sido el actor más temido por Israel y Estados Unidos dentro del avispero de Oriente Próximo. Aunque los israelíes se han cebado históricamente en los palestinos, su mayor enemigo en la región es esta república islámica de 90 millones de habitantes (nueve veces más grande que Israel), a la que consideran el ‘mastermind’ de los ataques que sufren por varios frentes desde hace décadas. Las milicias que financia y el programa nuclear que desarrolla han colocado al régimen de los ayatolás en el epicentro de la «amenaza existencial» que Israel dice padecer.
Israel e Irán mantuvieron estrechos vínculos mientras el Sha Reza Pahlevi permaneció en el poder (1941-1979) y, de hecho, Irán fue, después de EEUU, el segundo país que reconoció al Estado judío en 1960. Irán fue un estrecho aliado político y militar y un gran suministrador de petróleo a Israel, lo que resultó crucial en un periodo de encarecimiento del crudo. Pero tras el triunfo de la revolución islámica de 1979 que derrocó al Sha, el régimen de los ayatolás rompió relaciones con Israel y las diferencias se fueron haciendo cada vez más irreconciliables.
El desarrollo del programa nuclear iraní ha sido la justificación de los primeros ataques de Israel y EEUU, que lograron descabezar al régimen con la muerte del ayatolá Ali Jamenei el 28 de febrero. Desde entonces, los bombardeos se han intensificado en la capital, Teherán, y han alcanzado a una quincena de enclaves por todo el país.
Con el argumento de brindar protección respecto a los ataques de Israel y EEUU, Irán desplegó un paraguas de grupos paramilitares aliados que durante dos décadas han llevado a cabo una guerra híbrida y soterrada contra los intereses de Washington y Tel Aviv en la región. Es lo que los ayatolás bautizaron como el Eje de la Resistencia e incluye a grupos como Hamás y Yihad Islámica en Gaza y Cisjordania, Resistencia Islámica en Irak, los hutíes de Yemen, los partidarios del derrocado Bashar el Asad en Siria y Hizbulá en Líbano.
Esta última milicia libanesa, que había firmado un alto el fuego con Israel a finales de 2024, lanzó el 2 de marzo de 2026 un ataque con proyectiles contra territorio israelí en apoyo a Irán. El Ejército hebreo respondió con ataques contra el sur de Líbano y la capital, Beirut, que ha ido intensificando con el paso de los días. En paralelo, ciudades israelíes reciben a diario ataques por parte de Irán y de Hezbolá.
Los países del Golfo Pérsico, que mantienen acuerdos con Estados Unidos y reconocen a Israel, se han convertido en blanco de la Guardia Revolucionaria iraní porque en sus territorios hay apostados entre 40.000 y 50.000 efectivos del Ejército de EEUU. En concreto, Washington cuenta con 19 bases temporales y permanentes en la zona, entre mar y tierra. Ocho de ellas son permanentes y están ubicadas en Bahréin, Egipto, Irak, Jordania, Kuwait, Qatar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. A esta lista hay que sumar a Omán, donde EEUU también tiene presencia militar. Todos estos países, salvo Egipto, han recibido ataques por parte de Irán contra instalaciones militares o embajadas de EEUU e Israel, pero también contra infraestructuras civiles como aeropuertos, hoteles o barrios residenciales.
En paralelo, Arabia Saudí, Qatar, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait integran el Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo, una organización de colaboración en materia sobre todo económica, pero también de seguridad, para proteger intereses y negocios de empresas, vinculados especialmente con el petróleo. En este sentido, los ataques de Irán están afectando, por ejemplo, al flujo marítimo de comercio de gas y crudo, al transporte aéreo y a refinerías.
Líbano, Irak, Siria y Yemen se encuentran en una encrucijada en esta guerra, pues todos ellos cuentan con milicias financiadas por Irán que se aprovechan de la debilidad de sus gobiernos para ejercer una gran influencia y desestabilizar la región con ataques a Israel. Hezbolá estaba considerado como la «joya de la corona» del Eje de la Resistencia, tiene un control directo sobre amplias zonas de Líbano, y un gran poder político y sobre aparatos de seguridad, aunque la ofensiva israelí en Gaza (y Líbano) descabezó y diezmó de manera notable a la organización. Aunque se desconoce su número de efectivos, las estimaciones oscilan entre 20.000 y 100.000 milicianos, y dispone de unos 150.000 proyectiles.
Irak intenta formar un gobierno bajo la tutela de EEUU, que trata de armar a los kurdos de la región norte del país, limítrofe con Irán, buscando neutralizar la posible influencia de las milicias aliadas de Irán, cuya última marca era Resistencia Islámica. La misma fragilidad institucional se reproduce en Siria tras la caída de Asad, que redujo la influencia iraní en un territorio clave para el abastecimiento de derivados del petróleo y otros productos. En el caso de Yemen, los hutíes no se han sumado a la guerra hasta el momento.
Egipto y Jordania pueden considerarse países neutrales en este conflicto, aunque ayudan a EEUU e Israel. Ambos tienen normalizadas las relaciones con Israel desde hace décadas mediante tratados de paz y mantienen pactos de seguridad con Washington. No son enemigos de Irán, pero permiten a Tel Aviv y Washington el uso de su espacio aéreo para atacar y, en el caso de Jordania, colabora en el derribo de proyectiles iraníes que se dirigen hacia Israel.
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