No, amigo mío, no. No todos simpatizamos con un equipo de los que tú llamas grande. Formamos legión los que sentimos pasión tan solo por el club de nuestra ciudad. Los que no conocemos más amor que por el equipo de nuestra tierra, de nuestra gente. Los que, con independencia de la frialdad extrema de los resultados y de los títulos, nos identificamos únicamente con los que representan lo nuestro.
Llámenme raro, pero me resulta más sencillo sentirme parte de un club que en el escudo porta con orgullo la Cruz de los Ángeles y en su himno expone que «también es una morena con una flor en un balcón» que con los que vitorean que «los domingos por la tarde, caminando a Chamartín, las mocitas madrileñas van alegres y risueñas porque hoy juega su Madrid» o reproducen en su escudo al oso y el madroño o la senyera.
Un razonamiento muy extendido es el del segundo equipo. Una teoría que promueve ser del club de tu ciudad o región y, a mayores, de otro equipo que gane títulos a doquier.
Les voy a contar un secreto. Tengo amigos a los que conozco desde hace más de 30 años y no tengo ni la más remota idea de si tienen segundo equipo o no. Si sienten simpatía por el Madrid, el Barcelona, el Atlético o el Vitoria de Guimaraes, a mí no me lo han dicho. Esa es mi gente. A esos les digo el pin de la tarjeta porque son los de fiar. No buscan glorias ficticias. No anhelan medallas ni tronos. Simplemente luchan a muerte por lo suyo. Si su hijo sale feo y torpe, no se plantean encariñarse con el de otro que sea más listo y guapo. Descarten verles comprando perros de raza bonitos: adoptan chuchos de la perrera.
Viene esta disertación a colación del partido disputado en el Metropolitano en noviembre, cuando leí y escuché abundantes comentarios de seguidores colchoneros que nos echaban en cara que habíamos celebrado su descenso en el 2000 en el Tartiere. Recuerdan al oviedismo cantando, saltando y riendo porque ellos habían bajado. Son así. Que ese empate le supuso al Oviedo dar un paso de gigante para la salvación no se lo plantean ni por un segundo. Tengan en cuenta que, para los equipos supuestamente grandes, nosotros no somos más que meros condimentos en su triunfal peregrinar. Estorbos en su camino hacia la gloria. Celebrar que ese fantástico día el Oviedo encaminó su salvación, condenando a su rival al descenso, es algo que no nos debiera preocupar, porque lo verdaderamente relevante era que el Atlético se iba para Segunda y nosotros estábamos de celebración. Yo, yo y yo. No existe nada más para ellos. Si te ganan, te tratarán con condescendencia. Si les derrotas, el desprecio será absoluto.
Al ser padre, he descubierto un nuevo tipo de presión social. La presión para que tu vástago exteriorice hacia qué equipo puntero siente simpatía. Pero ahí se planta el ogro de papá para evitar tentaciones. Si los niños madrileños o barceloneses no visten la camiseta del Oviedo, ¿en base a qué extraña regla los críos ovetenses deben usar la elástica de los equipos de Barcelona o Madrid? ¿Son ellos superiores? ¿De sus ventosidades emana una gama de olores más afrodisíacos que los nuestros? Barbón, espabila. Asignatura escolar promoviendo lo nuestro. Los valores de un buen asturiano no se negocian. Tema uno: ¿por qué tengo que apoyar al equipo de mi ciudad?
Vamos a ser sinceros. La gente recurre a estos equipos porque tienen mejores futbolistas y ganan muchos partidos. Recuerden las sabias palabras de mi madre cuando salía todas las tardes con una novia de la juventud: «Toño, todos los días caldo de gallina cansa la cocina». Y tuvo razón: cansó, pero ella de mí, de la misma manera que cansaría que apoyáramos todos al mismo equipo tan solo porque gana. Ese equipo vence, ergo nos hacemos todos de él. Qué tristeza, por favor.
Yo crecí futbolísticamente con el viejo Tartiere poblado de seguidores culés y merengues celebrando los goles visitantes. La mente de un niño es siempre sorprendente. Para mí era muy frustrante ver a paisanos míos apoyando a nuestro rival, encantados de que unos foráneos nos derrotaran en nuestra propia casa. ¿Por qué eso nunca pasaba con la selección? Nadie quería que nos venciera Francia o Inglaterra en un Mundial. Nadie iba al Pizjuán a ver un España–Alemania para apoyar a los germanos, pese a que la selección estuvo décadas sin llevarse un título a la boca.
También está el argumento de que ellos juegan la Champions y el Oviedo no. Es decir, usted tiene que elegir equipo para aquellas competiciones en las que el suyo no participe. Aunque ni las vea ni las siga, como es mi caso. Ese argumento ya debilita mi posición. Es cierto: no jugamos Champions y tengo que escoger preferencia. ¿Quién verá a un buen vecino de Poble Sec debatiéndose entre el Oviedo y el Lugo para el Emma Cuervo? O a una señora del barrio de Argüelles dudando entre el Calahorra y el Noja en la Copa Federación.
Veo brotes verdes, pero no como los de la exministra Elena Salgado. Estos son reales. Pasaron el Madrid y el Barcelona por el Tartiere y nuestro estadio mantuvo su azul original. Las calles resplandecen repletas de jóvenes luciendo orgullosos la elástica del equipo centenario de su ciudad. Hay esperanza. n













