Bad Bunny firma el espectáculo más político de la Super Bowl

Las claves

nuevo
Generado con IA

Bad Bunny protagonizó el show de la Super Bowl con una puesta en escena profundamente simbólica y política, poniendo en el centro la identidad y el orgullo latino.

El espectáculo incluyó gestos como entregar un Grammy a un niño, evocando el debate migratorio en EE.UU., y representó escenas cotidianas de Puerto Rico como núcleo del relato.

Figuras como Ricky Martin y Lady Gaga participaron en el show, que abordó temas como la gentrificación, el colonialismo y la pertenencia en América, desafiando la visión tradicional estadounidense.

El cierre del espectáculo reivindicó una América plural, con banderas de todo el continente y el mensaje «Juntos todos somos América», cuestionando la centralidad de EE.UU. en el imaginario americano.

Bad Bunny ha dejado claro que Estados Unidos ya no es el único que marca las reglas del espectáculo global. Ha tomado el escenario más visto del planeta y ha elevado el halftime show a una dimensión inédita, no por los fuegos artificiales ni por la nostalgia prefabricada, sino por una puesta en escena descomunal, coherente y profundamente simbólica.

Ha demostrado que el espectáculo puede ser algo más que entretenimiento: puede ser memoria, identidad y poder cultural, y que trece minutos bastan para reescribir las reglas del mayor ritual televisivo del país.

Lo que ha ocurrido sobre ese escenario no ha sido solo música. Ha sido una narración visual y política milimétricamente construida: el Puerto Rico rural como punto de partida; la casa como centro de comunidad; el cuerpo y el reguetón como archivo cultural; las banderas disputando el significado de «América».

Incluso los detalles más imperceptibles han hablado —una botella de ron con la bandera española— recordando que el pasado colonial sigue formando parte del presente. Nada ha estado ahí por azar. Todo ha funcionado como un mensaje dirigido a millones de espectadores acostumbrados a consumir cultura latina sin detenerse a escuchar lo que dice.

La reacción ha sido inmediata y profundamente reveladora. Mientras una parte del país ha celebrado el espectáculo como una afirmación histórica y necesaria, otra ha reaccionado con rechazo frontal, incluso con un espectáculo paralelo. Donald Trump ha calificado el show como de «absolutamente terrible» apenas minutos después, confirmando que lo que Bad Bunny ha puesto en escena no ha sido neutro ni conciliador.

Ha sido un espejo. Y en un Estados Unidos atravesado por tensiones sobre identidad, migración y pertenencia, ese espejo ha expuesto una fractura que no se cierra con aplausos ni con silencios. Este espectáculo no ha terminado cuando se ha apagado la música: ha empezado ahí.

El niño, el símbolo y la política

Si solo se puede elegir un momento que concentre la carga política, ha sido cuando Bad Bunny ha entregado uno de sus Grammy a un niño cuyo aspecto y contexto han activado de inmediato una asociación masiva con Liam Conejo Ramos, el niño de cinco años detenido por el ICE y convertido en símbolo del debate migratorio en Estados Unidos.

La reacción ha sido fulminante: redes sociales volcadas, lecturas políticas inmediatas, una intuición compartida de que ese gesto no podía ser inocente. El país ya estaba preparado para ver ahí a Liam, porque la imagen de la infancia migrante seguía abierta, sin resolver, en la conversación pública.

La aclaración ha llegado después y no ha restado fuerza al impacto. El niño del escenario no era Liam, sino un actor argentino-egipcio que más tarde ha publicado el vídeo del momento en Instagram agradeciendo a Bad Bunny y escribiendo una frase sencilla: «Recordaré este día siempre».

El dato ha cerrado la confusión factual, pero no ha vaciado el significado del momento. No se trataba de representar un caso concreto, sino de colocar una imagen abierta. Un Grammy en manos de un niño, en el centro del ritual más estadounidense del año, ha sido leído como símbolo de pertenencia y reconocimiento; y, por el contexto —con la historia de Liam todavía reciente—, esa imagen ha activado una pregunta inevitable sobre infancia, frontera y quién pertenece. El contraste no se ha explicado, se ha producido.

Ahí el silencio ha sido decisivo. Después de haber criticado explícitamente a los agentes de inmigración en los Grammy, Bad Bunny ha elegido incluir la política migratoria en la Super Bowl sin decir una sola palabra sobre ella. Esa omisión no ha sido neutralidad, sino cálculo narrativo: en el escenario más vigilado del país, el símbolo ha resultado más eficaz que la consigna. La reacción política lo ha confirmado.

Donald Trump no se ha limitado a rechazar el espectáculo, ha cuestionado que represente los valores estadounidenses y ha insistido en que «nadie entiende lo que canta» por estar en español, reduciendo el conflicto a idioma y pertenencia. Frente a esa lectura defensiva, Bad Bunny ha dicho otra cosa desde el escenario: que él está allí porque nunca ha dejado de creer en sí mismo.

En ese contexto, el gesto con el niño ha funcionado como una interpelación directa a los niños —y especialmente a los niños latinos— para que no tengan miedo, para que no se achiquen, para que entiendan que el mundo también puede ser suyo.

Puerto Rico en el centro de EEUU

Pero el simbolismo no ha estado concentrado en un solo gesto aislado, sino en su diseño completo. Bad Bunny ha convertido el estadio en un mapa de Puerto Rico. El espectáculo ha comenzado en un cañaveral —una imagen cargada de historia económica y colonial— y desde ahí ha ido desplazándose por escenas concretas de la vida cotidiana: jíbaros con pava, puestos de piraguas, gente reunida como en una plaza, dominó, boxeo, música sonando a ras de suelo.

No eran referencias genéricas ni folclóricas: eran escenas reconocibles, colocadas con precisión para fijar un punto de partida. Antes del artista global está la isla; antes del espectáculo, la vida.


Bad Bunny, en el descanso de la Super Bowl

Reuters

Ese despliegue no ha funcionado como decorado, sino como estructura narrativa. El estadio se ha transformado en un espacio comunitario, casi en una fiesta de pueblo, donde La Casita ha actuado como núcleo simbólico sin absorber todo el relato. A su alrededor han convivido calle, puestos, cuerpos y música, componiendo una escena coral que desplaza el foco del individuo al grupo.

En el mayor ritual del entretenimiento estadounidense —tradicionalmente centrado en la figura excepcional— Bad Bunny ha contado una historia donde la excepcionalidad no existe sin comunidad.

La música ha sostenido ese desplazamiento. El reguetón no ha aparecido como sonido exportado ni como provocación, sino como continuidad histórica: enlazado con la plena, la bomba y la salsa, con ritmos que hablan de barrio, de resistencia y de celebración colectiva. El cuerpo que baila ha sido archivo, la lengua que canta ha sido memoria. No se ha traducido nada ni se ha explicado nada. El espectáculo no ha facilitado la entrada: ha exigido que el espectador entrara en su código.

En ese contexto, la boda —real— celebrada en escena ha adquirido un peso específico. No ha sido un gesto romántico ni un recurso emotivo. Ha sido una afirmación de vida y de futuro. Poner una boda en el centro del ritual nacional ha dicho algo muy concreto: aquí no solo se baila, aquí se vive; aquí no solo se celebra, aquí se construye. En un país donde la presencia latina se narra con frecuencia como provisional o condicionada, ese gesto ha colocado estabilidad, herencia y mañana en primer plano.

Las estrellas que han acompañado el espectáculo han reforzado esa lógica sin desplazarla. Figuras como Jessica Alba, Cardi B, Pedro Pascal o Karol G no han validado el relato desde fuera: han entrado en él. La jerarquía se ha invertido. No es lo latino buscando aprobación, es el mainstream orbitando una narrativa ya construida desde otro lugar.

Por eso la crítica posterior al uso mayoritario del español no ha sido una cuestión musical. Ha sido una resistencia a esa imagen de comunidad completa, visible y sin miedo.

Hawái, El Apagón y la pelea por América

El último tramo del espectáculo ha sido el momento en que Bad Bunny ha dejado de sugerir para empezar a afirmar. La entrada de Ricky Martin no ha operado como homenaje ni como nostalgia compartida, sino como advertencia política.

Lo que le pasó a Hawaii —la canción elegida— ha funcionado como espejo: un territorio convertido en un producto, una cultura borrada por el turismo y el capital hasta volverse irreconocible para quienes la sostienen. No es una metáfora abstracta, sino una lectura concreta sobre gentrificación, desplazamiento y colonialismo contemporáneo.

Desde ahí, El Apagón ha marcado el punto de inflexión. No es una canción circunstancial dentro de su carrera, sino una de las piezas más importantes de su proyecto artístico: la que nombra los apagones reales de Puerto Rico, la precariedad estructural, la privatización y la expulsión silenciosa de quienes ya no pueden permitirse vivir en su propio territorio. El Apagón no denuncia desde fuera, denuncia desde dentro.

Es después de ese golpe cuando ha aparecido Lady Gaga, y ahí la lectura se vuelve aún más clara. Gaga no ha llegado para imponer su presencia ni para absorber el foco, sino para cantar una versión salsera de Die With a Smile, ajustando su voz y su cuerpo al pulso caribeño del relato.

La gran diva del pop estadounidense no ha traducido lo latino: se ha desplazado hacia ello. Esa inversión de jerarquía —el canon entrando como invitado— ha sido una de las afirmaciones culturales más contundentes del show.

Y entonces ha llegado el clímax final. Mientras Bad Bunny ha ido nombrando los países del continente americano uno a uno, dejando para el final a Estados Unidos y Canadá, han aparecido las banderas. El orden ha sido el mensaje: EEUU deja de ser sinónimo de América para convertirse en un país más dentro del mapa.

En ese momento, sus únicas palabras en inglés durante toda la actuación han sido «God Bless America». No como adhesión acrítica, sino como reapropiación: una frase fundacional del imaginario estadounidense abierta a una América plural, mestiza y compartida.

El cierre no ha rebajado la intensidad, la ha concentrado. Mientras sonaba Debí tirar más fotos de cuando te tuve —una de las canciones más reconocibles y coreadas de su repertorio actual—, el espectáculo ha unido memoria personal y lectura colectiva.

La última imagen ha sellado todo lo anterior: un balón de fútbol americano —el objeto central del ritual— con la frase «Juntos todos somos América». Incluso el vestuario ha hablado el mismo idioma: un diseño de Zara con mensaje en español, lo global convertido en soporte de una lengua que no se traduce.

Ahí se entiende el alcance real del espectáculo. No ha cerrado con un gesto conciliador ni con una nostalgia cómoda, sino con una afirmación difícil de ignorar: que América no es un nombre exclusivo, que el centro no es fijo y que la cultura puede reescribir incluso los símbolos más intocables. Por eso este halftime show no ha terminado cuando se ha apagado la música. Ha empezado ahí.



Fuente