En el momento de escribir este artículo, los planes de Trump con el mundo estaban en algún punto que seguramente no será exactamente el mismo que el del día de hoy. El espeluznante ritmo de los acontecimientos al que nos somete avisa de que hemos de preocuparnos ya por Groenlandia e Irán. Está yendo todo tan rápido que una opinión tiene la fecha de vencimiento de un vial de vacuna COVID tras su primera punción. La nueva estrella de los medios y su equipo de gobierno, se han autoerigido como los desestabilizadores del mundo y cualquier otro calificativo que encaje en su modus operandi imperialista, voraz y descarado.
Apuntado esto, volviendo a las celebraciones de algunos venezolanos los días inmediatos al 3 de enero, pensaba entonces, y sigo pensando, en que seguramente yo también habré celebrado alguna victoria que alguien diseñó y planificó para mí como integrante de alguna masa o grupo concreto, para sus propios intereses. Es difícil ser consciente y detectar que eso nos esté ocurriendo cuando el motivo de esa felicidad tiene una lógica y legitimidad aplastante, e incluso diría que moralmente incontestable. Y es que la ventaja de la anticipación, el análisis, el poderío de una nación sobre las demás, y sobre todo, la rapidez de los acontecimientos, nos deja fuera de combate.
En este sentido, resulta curioso observar a una parte de la comunidad venezolana residente en España celebrando hace un par de semanas el golpe de Estado trumpiano, o si lo prefieren más eufemístico: la detención del dictador Maduro y «la primera combatiente»; sin saber muy bien —o sin querer saber— que también eso formaba parte del guion. Ese sufrimiento erupcionado entonces en alegría, supongo que ofrecería cierta legitimación a la intervención de EEUU, incluso conociendo sus reales intereses petrolíferos, abiertamente expuestos, y a pesar de que la intervención violaba el Derecho Internacional, tal y como hasta los negacionistas ya no niegan.
Mi intento de empatizar con su alegría por el fin del dolor y la desesperación fue tal, que intenté imaginar algo similar aquí. Supuse a un Franco inmortal que aún estuviera gobernando en este país y que los grandiosos Estados Unidos decidieran detenerlo en suelo español, alegando las violaciones de derechos humanos y, ya puestos, también narcotráfico. Pensemos en la imagen: el dictador esposado, en chándal, con sus gafas oscuras subido a un avión rumbo a Nueva York para ser enjuiciado. Que luego, además, anunciaran que gobernarían nuestro país hasta que se produjera una «transición segura, adecuada y juiciosa» y que pagaríamos esa liberación de las garras de nuestro dictador entregándoles sometidos el control de sectores estratégicos como por ejemplo, el de nuestra industria turística, que ofrecería beneficios exportables al país liberador.
Ahora la pregunta incómoda: ¿lo celebraríamos? ¿Saldríamos a la calle con banderas agradeciendo la tutela y brindando por una supuesta soberanía recuperada bajo supervisión y subyugados a sus intereses?
Intento comprender. Después de la alegría inicial me gustaría pensar en que llegaría la reflexión de que algo no estaría encajando. Que la libertad impuesta saltándose todas las reglas suele venir con factura, y que los salvadores, con relatos donde el bien y el mal están tan claramente detallados sin dejar espacio para preguntas, rara vez actúan gratis. De hecho, ya lo estamos comprobando.














