Cientos de miles de canarios soñarán con su décimo de la Lotería de Navidad en la noche previa al 22 de diciembre. La mayoría se imaginará en una casa de su propiedad, en aquel viaje soñado o todo lo que su imaginación sea capaz de idear con un presupuesto de 400.000 euros que regala el Gordo. Ese día en el Teatro Real de Madrid habrá 100.000 bolitas en el bombo, 100.000 números, que harán que la probabilidad de que toque el primer premio sea de un 0,0001%. Un ínfimo margen de éxito que se incrementa un poquito por cada décimo más comprado o compartido con los amigos o compañeros del trabajo. Si en vez de con solo un décimo se participa con dos, entonces la probabilidad de llevarse el gran premio sube hasta un 0,0002%.
Y a un 0,0003% si se compran tres décimos. Siguen siendo demasiados ceros, muchos, pero la Lotería de Navidad no va ni de matemáticas, ni de manifestar, sino de ilusión. No obstante, la estadística pone los pies en el suelo a aquellos que aún se asombran cuando los niños del Colegio San Ildefonso no cantan su número de la suerte. La probabilidad de que esto ocurra es de 99.999 entre 100.000, casi una certeza. Es más, el día 22 los canarios se despertarán con más probabilidades de que les parta un rayo –de manera literal– que de sacar una botella de champán, dirigirse a su administración de lotería y cerciorarse de que su cuenta crecerá en 400.000 euros (320.000 netos sin impuestos).
Aunque el ejemplo resulte dramático, no está de más escuchar el sorteo por la radio o seguirlo por televisión, teniendo presente que la fortuna es siempre relativa y, además, extraordinariamente esquiva. Puede que, cuando el sorteo llegue a su fin y comiencen las entrevistas a los agraciados –el año pasado la Lotería de Navidad repartió alrededor de 16,82 millones de euros en el Archipiélago–, aflore esa sensación anual y fugaz de fracaso, inevitablemente mezclada con un punto de envidia. Es, casi, otra tradición navideña.
Será entonces un buen momento para recordar que, aquella mañana del 22 de diciembre, uno despertó con más probabilidades de morir por el impacto de un rayo –una entre 56.000–, de sufrir los embates de un tornado –una entre 60.000– o de ver nacer a un hijo con seis dedos, una anomalía que se da en 1,7 de cada mil nacimientos. Pensarlo así permite sentirse un poco más afortunado –o incluso afortunado del todo– cuando llegue el momento de romper el décimo y arrojarlo al cubo de la basura. Y si, para colmo, al salir de casa aparece en un parterre un trébol de cuatro hojas –hay uno por cada 10.000 tréboles comunes–, resultará difícil no convencerse, al final, de que más allá de las loterías, la fortuna, desde luego, está de su lado.
Aun así, son pocos los que se resisten a comprar algún número. Predomina el y si frente a la lógica de los números. Así, en Canarias, la media se sitúa entre dos y tres décimos por habitante, con un gasto medio de 47,24 euros. No obstante, se trata de una cifra muy inferior a la media nacional, que alcanza los 76,08 euros por persona. Por delante se sitúan las comunidades que más invierten en la suerte: Castilla y León, con 121,28 euros por habitante; Asturias, con 119,67 euros; y La Rioja, con 113,96 euros. n
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