Uno de los alimentos del populismo es el excesivo postureo de la política convencional que abusa de nuestra confianza para estar pendiente de los votos de igual manera que sus nuevos competidores. Esta semana asistimos a la asamblea anual de la ONU que coincide con su 80 aniversario. Mientras los palestinos de Gaza siguen a merced de Netanyahu, la última moda diplomática consiste en asistir a la asamblea de Nueva York con el reconocimiento del estado de Palestina bajo el brazo. Un gesto vacío ya que, cómo explica Ricardo Mir de Francia, se trata de un Estado fallido, casi diríamos que no nato, tanto por el hostigamiento de Israel como por las propias divisiones entre los palestinos. Estamos ante una muestra más de la inoperancia actual del sistema de Naciones Unidas en el tema de Israel y Palestina y ante la evidencia que el nuevo sistema de gobierno mundial que algunos quieren establecer mina los principios de esta organización fundada en 1948, tras el precedente de la Sociedad de Naciones surgida cuando los Estados Unidos abandonaron el aislacionismo.
A día de hoy, cuatro de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU ya han reconocido a Palestina. Quedan pendientes los Estados Unidos de Trump. Quizás sería el momento de que todas estas potencias sistemáticamente ninguneadas por el presidente chiflado le dieran un susto. Por ejemplo, retirándole ese derecho a veto que tiene en base a las reglas que dinamita cada segundo de su mandato. Como en el caso del comercio, Trump es un niño mimado que solo acepta las reglas cuando le son favorables. El derecho a veto no tiene sentido que lo tenga un país aislacionista. Sin confrontar directamente sus falacias, lo único que se consigue es que el populismo de Trump mine las democracias que acaban ridiculizadas por el primer influencer que pasa por las redes como meras fábricas de postureo que no arreglan los problemas.
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