Estados Unidos se preciaba de ser el gran faro de la democracia en el mundo, pero con Donald Trump en el poder ha pasado a ser el referente de las fuerzas que trabajan por socavarla. Su Administración ha abandonado el apoyo tradicional a las democracias liberales y las fuerzas que las representan, mientras en casa se lanzaba al asalto de la independencia judicial, la libertad de prensa o la integridad de los procesos electorales. Una deriva autoritaria que no solo ha servido para legitimar a otras fuerzas de la derecha populista en el mundo, sino que ha pasado a formar parte de la doctrina de seguridad nacional de EEUU. El apoyo a las fuerzas ultras y antiliberales es ahora política de Estado, una misión en la que participa la Casa Blanca, pero también la constelación de organizaciones que componen el movimiento MAGA.
El cambio ha sido particularmente acentuado en este segundo mandato. Del repliegue nacionalista del «América, primero», se ha pasado a una política exterior mucho más militante para promover fuera de EEUU a otras fuerzas nacional-populistas, de extrema derecha, contrarias a la globalización o euroescépticas. Una estrategia que tiene a Europa y América Latina como sus principales focos de interés, si bien el argumentario difiere. En las Américas es principalmente la lucha contra el narcotráfico, la migración y las redes de criminalidad. En Europa, el rescate de la civilización occidental, supuestamente amenazada por la migración extranjera y el ‘control’ de la Unión Europea.
«La idea de fondo es que detrás de todos los males está la izquierda, los rojos, el comunismo, algo muy siniestro, enemigo del sentido común y de lo que quiere la gente normal», asegura a este diario Franco Delle Donne, autor de Epidemia Ultra. «A grandes rasgos ese es el hilo que une todo el espectro, desde Vox y Orbán a los líderes de la nueva derecha latinoamericana».
La grandilocuencia redentora para salvar a Europa se incluyó el año pasado en la Estrategia de Seguridad Nacional. Allí se dice explícitamente que EEUU promoverá las identidades nacionales y apoyará a los «partidos patrióticos europeos» que resisten el «borrado de la civilización» occidental. Una idea que remite a la teoría conspiratoria del «gran reemplazo», cultivada hasta no hace mucho por neonazis y otros grupúsculos residuales. El vicepresidente J. D. Vance incidió en todo ello durante su discurso en la Conferencia de Múnich en 2025. Allí dijo que la mayor amenaza que enfrenta el continente no es Rusia ni China, sino «la amenaza interna». Tanto la «migración masiva», como la «supresión de la libertad de expresión» y la «censura» que, entre otras cosas, se estaría aplicando para trabar la llegada de la extrema derecha al poder.
El ancla de MAGA en Europa
Vance quiso dar ejemplo y aquellos días se reunió con Alice Weidel, la líder de Alternativa por Alemania (AfD), rompiendo con el que había sido un tabú hasta entonces y revistiendo de legitimidad al un partido que las propias autoridades alemanas consideran «una amenaza extremista». Más recientemente hizo campaña en Hungría por Viktor Orbán, el mejor aliado que tenía hasta entonces Trump en Europa. Una pieza clave en el universo MAGA europeo. Orbán fue instrumental en la creación del Grupo de los Patriotas en el Parlamento Europeo y desde su entorno incluso se financió la campaña de la francesa Marine Le Pen en 2002. También llevó la Conferencia Conservadora de Acción Política (CPAC) a Europa. Un evento que, según Delle Donne, no solo sirve de foro para el intercambio de ideas entre los líderes de ese ecosistema, sino también «para conseguir dinero con el que llevar adelante tu proyecto político».
La derrota de Orbán en las elecciones de abril y su salida del poder han complicado las cosas. Pero la Casa Blanca no ha tardado en reaccionar. El mes pasado el Departamento de Estado anunció la creación de un nuevo programa para subvencionar a organizaciones de la sociedad civil europea que defiendan la «soberanía nacional», «la resiliencia democrática» o «la confianza en la civilización europea». El fondo reserva además una partida especial para las organizaciones que «contrarresten la censura» derivada de las regulaciones europeas, incluida la Ley de Mercados Digitales que tanto Trump como sus aliados de Silicon Valley quieren destruir, uno de los motivos que explica la abierta animadversión hacia Bruselas. Tras conocerse el nuevo programa del Departamento de Estado, el presidente alemán, Friedrich Merz, advirtió que podría ser utilizado para interferir en las elecciones en Europa.
Injerencia en América Latina
Lo más irónico de todo es que la Administración Trump predica en Europa todo lo contrario a lo que hace dentro y fuera de EEUU. En casa coarta la libertad de expresión con demandas multimillonarias a medios de comunicación o la retirada de fondos públicos a las universidades cuyos currículums educativos desaprueba. Y fuera mantiene relaciones privilegiadas con ‘demócratas’ de la talla de Vladímir Putin o Kim Jong-un. Pero, sobre todo, no respeta la soberanía nacional. Quiere arrebatarle Groenlandia a los daneses, invade Venezuela para secuestrar a su presidente y apoderarse del petróleo venezolano o reactiva la vieja Doctrina Monroe «para que el dominio estadounidense del Hemisferio Occidental nunca vuelva a ser cuestionado», en palabras del propio Trump.
En América Latina la injerencia es más cruda que en Europa. Trump ha respaldado públicamente a candidatos en Brasil, Colombia, Chile o Ecuador. Pero también ha utilizado la coerción y las prebendas para colocar a sus aliados en el poder. En Argentina condicionó una línea de crédito de 20.000 millones de dólares a la victoria de Javier Milei. En Colombia amenazó con invadir el país para deshacerse del presidente izquierdista Gustavo Petro, mientras en Honduras amenazó con «desatar un infierno» y retirar parte de la ayuda si no ganaba las elecciones Nasry Asfura.
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