El verano está a punto de acabar, el sol cada vez se esconde más pronto y la fiesta reboza en las calles que bordean la playa de Arinaga. Este viernes, como cada último de agosto desde hace 29 años, La Vará del Pescao llenó la avenida de la playa. El olor a sardinas, los abrazos, las carcajadas, la música y los reencuentros abrazaron al lugar y, por supuesto, la ilusión y la tradición se agarraron de la mano, una vez más, para recordar los orígenes del pueblo y celebrarlo por todo lo alto. El reloj marcó las 18:00 horas y, al grito de «¡sardinas frescas, se abre La Vará!», comenzó oficialmente la fiesta de los pescadores y los amantes del mar.
La celebración, que se remonta al año 1995, es un homenaje a la tradición marinera de Arinaga que recuerda cómo los antiguos pescadores, tras llegar a la costa, hacían sonar la caracola como señal para que los vecinos se acercaran a comprar el pescado fresco del día. Este viernes, los bucios se volvieron a escuchar por todo lo alto. Colgaban del cuello de personas mayores, jóvenes e incluso niños. La gran mayoría de los asistentes decidía, de un momento a otro, inflar sus pulmones de aire y soplar durante varios segundos seguidos el instrumento. Del resto de acordes se encargaban las olas que removían las piedras situadas en la orilla del mar.
En torno a 25.000 personas abarrotaron este viernes el lugar. Muchos de ellos nacieron en la misma playa, otros llevan yendo varios años consecutivos y, para algunos, es la primera vez. La pequeña Iballa Tornel aún no habla y tampoco camina, pero, en una pequeña barca con ruedas fabricada por sus padres, se pasea de un lado hacia otro y observa con detenimiento el ambiente que la rodea. No ha cumplido todavía su primer año de vida, pero sus padres, unos amantes de la celebración, ya la están empapando de la tradición. «Es una fiesta muy familiar, cerca del mar y con la brisa del aire, y estas son algunas de las cosas que la hacen especial», explica Javier Tornel, su progenitor.
1.000 kilos de pescado
En el interior de su medio de transporte, la pequeña portaba desde un flotador hasta las banderas del Archipiélago. Agarrada a su timón, con una sonrisa casi de su estatura y con el bañador ya puesto, Iballa se dispone a disfrutar de su primera Vará del Pescao por todo lo alto. «Ella está encantada», concluye su padre.
Colectivo Los Serenquenquenes muestra las sardinas que van a asar / José Pérez Curbelo
Los sacos de carbón, las cajas de pescado fresco y las barbacoas eran los protagonistas de la fiesta este viernes. «¡Ya llega el pescadito!», exclama José Romero, uno de los componentes del colectivo Los Serenquenquenes, mientras calienta las parrillas para poner a cocinar las sardinas. Este año, sus compañeros y él han traído unos 1.000 kilos para asegurarse de que ningún asistente a la celebración se quede sin probar una. «Si vienes a La Vará y no te comes una sardina es como si no hubieses venido», argumenta entre risas. Para él, no existe mejor manera que esta para poner el broche final a un verano de escándalo. «Estás al lado de la playa, con buen ambiente, pescado y todo lo necesario para pasarlo genial», acentúa.
Carmelo Peñate lleva caracolas hasta en su sombrero. También en su cuello, en los pantalones y en la blusa. Es lo más parecido a una persona recién salida del mar. Carga en uno de sus hombros, además, dos cestas en donde transporta pescados, redes y otros utensilios que utilizan habitualmente los pescadores. Mientras hace sonar su bucio una vez tras otra, con una de sus manos reparte caramelos a los más pequeños que frecuentan el lugar. «Llevo más de 15 años viniendo y, desde la primera vez, traigo caramelos a los niños», destaca. A él le hace feliz ver la cara de ilusión que ponen los jóvenes al recibir las chucherías. «Para mí es la magia de La Vará», insiste.
Recuerdos en La Vará
Aunque Arinaga este viernes se vistió de risas y diversión, algunas personas aprovecharon la ocasión para recordar a los pescadores, amigos y familia que ya no están. Ese es el caso de Máximo Ramos, que decoró su bicicleta y la expuso en mitad de la avenida para que todo el que pasara por delante, de una edad u otra, conociese un poco más sobre los pioneros de la tradición. «He dibujado pescados y los he colgado por toda la bicicleta», muestra. En cada uno de ellos está escrito el nombre de un pescador que quiere recordar en este día tan señalado para el pueblo. «Ellos fueron algunos de los que abastecieron al lugar de sardinas y otras especies hace muchos años», recuerda.
Noelia Calderín montó su tenderete muy cerca del mar, pero, sin embargo, desde el asfalto de la avenida se escuchaban las carcajadas, gritos y diversión del grupo de amigas. Llevaban camisetas personalizadas y diseñadas por ellas y, a su vez, trasladaron media casa hasta el lugar para que no faltase de nada en la jornada de fiesta. «Hemos traído chorizo, queso, papas, nachos y cervezas bien frescas», enumera. Aunque la gran mayoría de ellas son de Arinaga, otras son de Cuba y de Fuerteventura. «Las traje para que conociesen La Vará y ahora les encanta». Saben a la hora a la que llegaron, pero aún no saben a la que se van a ir. «Yo siempre digo que lo que pasa aquí, se queda aquí», bromea.

Blas cocina por primera vez una sardina en la Vará del Pescao / José Pérez Curbelo
Blas González no suelta las pinzas con las que voltea las sardinas que está cocinando. Lleva tres años viniendo a La Vará y es la primera vez que se encarga de asar el pescado. «Yo estoy aquí dándole vueltas, pero en realidad no tengo ni idea de si están o no bien hechas», resalta entre risas. De igual forma, él no se rinde y pretende salir de la playa con un nivel avanzado en cocina. «Estoy disfrutando esta fiesta al máximo porque nunca sé cuándo va a ser la última vez que la pise», expresa. Mientras tanto, baila, canta y alza sus manos al aire.
Rafa Vega está «en su salsa». Él, junto a un grupo de aproximadamente 25 amigos, se han puesto de acuerdo para traer un poco de todo. «Aquí hay pescado, pero también carne porque dos de las acompañantes son de Argentina y claramente eso no podía faltar», asume. Lleva en la playa desde las 07:00 horas de la mañana para coger algo de hueco y poder montar el tenderete. «Aquí estaremos hasta que el cuerpo aguante porque esta fiesta se vive una sola vez al año y hay que disfrutarla al máximo», finaliza.
Así, entre risas, sardinas, caracolas y abrazos, La Vará del Pescao volvió a demostrar que Arinaga no olvida sus raíces. Cada nota del bucio, cada chispa de carbón y cada reencuentro en la orilla son un homenaje vivo a quienes construyeron la identidad del pueblo con el mar como testigo. Mientras el verano se despide, la promesa de volver a celebrar esta tradición el próximo año ya se siente en el aire. Porque en Arinaga, la historia se canta, se saborea y se celebra.
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