Una madrastra es, según la RAE, una “madre que trata mal a sus hijos”. Y un padrastro, un “mal padre”. Películas, cuentos y leyendas han convertido a las personas que se enamoran de otras que tienen hijos de una relación anterior en un colectivo estigmatizado. Prejuicios, malestares, sermones, tabús y miedos invaden a las familias enlazadas, que cada vez son más y están rompiendo su histórico silencio.
No hay cifras exactas, pero sí estimaciones. En 2011 había más de 490.000 familias de este tipo, frente a las 234.587 de 2001. A fecha de hoy, cuando según el Instituto Nacional de Estadística (INE), hay en España unos 6,3 millones de hogares formados por parejas con hijos, se calcula que las familias enlazadas son entre medio millón y un millón. “Podrían representar entre el 8% y el 14% de las parejas con hijos. Somos muchas, pero seguimos invisibilizadas”. Con estas palabras, Priscila Dos Santos, conocida en redes como Pri y responsable de la comunidad Somos Madrastras, reivindica la lucha en la que está inmersa: visibilizar, explicar y dignificar un rol que, por fin, está saliendo del armario y que sufre mucho más estigma en el caso de las mujeres. Tienen un papel exigente y, lamentablemente, están mal consideradas. El camino no es nada fácil, especialmente en verano, cuando la convivencia supone una prueba de fuego y los malabares para trabajar, cuidar de los hijos y disfrutar (presuntamente) de las vacaciones se convierten en una olla a presión.
Los psicólogos recuerdan que el rol de madrastras y padrastros «nunca es remplazar, sino sumar»
Aina Buforn (derecha) y Berta Capdevila, autoras de ‘Manual para la madrastra moderna’. / Xaime Cortizo
Pri no está sola en su lucha. Aina Buforn y Berta Capdevila son la cara visible de Ser Madrastra, un espacio para todas aquellas mujeres que se han enamorado, como les sucedió a ellas, de una persona con hijos de una relación anterior. Ambas aseguran que julio y agosto no son meses de vacaciones precisamente. “Tu vida está controlada por otras personas, tienes la sensación de no tener voz y de estar fuera de tu propia familia. Para nosotras, el verano no es tiempo libre y de descanso, sino un trabajo muy arduo”, alertan.
«El verano multiplica los problemas: la convivencia, los desacuerdos entre casas y el caos que supone romper rutinas»
El paréntesis estival, añade Pri, multiplica todo: la convivencia, los desacuerdos entre casas y el caos que supone romper rutinas. “Para las madrastras, que viven un rol severo, puede ser agotador. Hacen una labor inmensa, muchas veces sin reconocimiento, y aun así se les juzga a pesar de que también necesitan descanso, validación y apoyo”, sostiene la fundadora de la comunidad Somos Madrastras, un proyecto creado en Brasil por Mari Camardelli y que Pri sintió “urgente” desembarcar en España.
«Haces un esfuerzo constante por sentirte parte de la familia. Te dejas la piel para forjar el vínculo, pero la tormenta interna es casi inevitable»
Más allá del verano, el resto del año es igualmente complicado. No hay dos madrastras iguales, pero Aina y Berta explican que, en la mayoría de los casos, estas mujeres -que para nada intentan usurpar el rol de madre- suelen ser víctimas de rechazo e incomprensión. “Haces un esfuerzo constante por sentirse parte de la familia. Te dejas la piel para forjar el vínculo, pero la tormenta interna es casi inevitable. No nos sentimos comprendidas, entre otras cosas, porque no hay un relato benevolente con nosotras”, explica Berta, que hace 13 años dejó su ciudad, Barcelona, para irse a Galicia e iniciar una nueva vida con su pareja, un hombre divorciado y padre de un niño pequeño.
«Mis padres me entendieron, pero también me soltaban frases como ‘vaya madrastrona’ o ‘tú no lo entiendes porque no eres madre’”
Aina también hizo las maletas por amor. Hace 11 años, abandonó Barcelona y se fue al pueblo de la sierra de Madrid donde vivía su pareja, un hombre inmerso en un divorcio conflictivo y padre de dos bebés. “Tuve un rol muy maternal con ellos, quise salvarlos del dolor, pero creo que no lo conseguí. Apenas tenía apoyo. Mis padres me entendieron, pero también me soltaban frases como ‘vaya madrastrona’ o ‘tú no lo entiendes porque no eres madre’”, recuerda Aina, que hace cinco años tuvo un hijo biológico con su pareja.

Pri Dos Santos, de la plataforma Somos Madrastras / S. M.
Competencia con las madres
“Queremos acabar con la competencia simbólica entre madres y madrastras. Somos dos tipos de mujeres haciendo un trabajo complejo y los dos roles deberían ser igualmente aceptables. Queremos que se hable de nosotras en positivo y que dejemos de ser una amenaza porque no lo somos”, explican Aina y Berta, autoras de ‘Manual para la madrastra moderna. Cómo vivir en familia enlazada sin perder la cabeza’ (Alfaguara), un puñado de recetas prácticas y realistas para dejar de sentirse una forastera en tu propia casa, abordar la compleja relación con los niños (o no tan niños) y saber gestionar la omnipresencia de la expareja y madre biológica de los críos.
El papel de los padrastros tampoco es un camino de rosas, pero no están tan estigmatizados. “El lugar de la mujer ha estado ligado al cuidado, pero solo si es madre. Si cuida y no es madre, incomoda. Si lo hace un padrastro, es un héroe. Si lo hace una madrastra, está ‘usurpando’. También persiste el mito de la roba-maridos. Ya es hora de cambiar esto: el hombre no es un trofeo, y las mujeres ya no vivimos para competir”, exige Pri.
«Siempre he tenido una excelente relación paternofilial con la hija de mi pareja. Si hubiera sido una adolescente, las cosas hubieran sido más complicadas, pero siendo tan pequeña todo fue sencillo»
Nacho Solanas, que trabaja en una consultoría de Madrid, se convirtió en padrastro después de la pandemia de coronavirus, cuando comenzó a convivir con su pareja, madre de una niña de 3 años que ahora tiene ocho. “Todo fue natural, la niña es muy buena y siempre hemos tenido una excelente relación paternofilial. Me llama por mi nombre, aunque alguna vez se le escapa papá, pero ella sabe perfectamente que su padre es su padre y no yo. Si hubiera sido una adolescente, quizá las cosas hubieran sido más complicadas, pero siendo tan pequeña todo fue sencillo”, explica Nacho, que, al contrario que Aina y Berta, nunca se ha sentido apartado o menospreciado en el entorno escolar de su hijastra.
«Hay que respetar los tiempos emocionales y los vínculos con las madres y los padres biológicos para que los niños no deduzcan deslealtades»
Los profesionales de la psicología reconocen que, efectivamente, la manera de crear y construir familia ha cambiado considerablemente en el último medio siglo y que los hogares reconstituidos tienen un intenso reto por delante, tanto los adultos como los menores. Mercedes Bermejo, psicóloga sanitaria, destaca los nuevos vínculos que se tienen que trazar y recuerda la importancia de no forzar ninguna situación dado que, en algunos casos, el duelo de la separación no está resuelto y adaptarse a los ritmos de los niños y niñas puede generar conflictos.
“Hay que respetar siempre los tiempos emocionales y los vínculos con las madres y los padres biológicos para que los niños no deduzcan deslealtades. Uno de los retos más importantes es la gestión de las expectativas, no se puede forzar la relación afectiva. Por eso es tan necesaria la paciencia y la comunicación asertiva y la coherencia de normas y límites. Hay que dejar atrás los estigmas culturales y pensar que cada familia es única y que el rol de una madrastra o un padrastro nunca es remplazar sino sumar”, explica la también directora de Sentir, editorial que ya abordó los nuevos tipos de familias en uno de sus cuentos infantiles, ‘El mundo y sus familias’.
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