La crisis de la vivienda —o al menos un tratamiento paliativo— no se va a resolver a través de un instrumento de planificación interadministrativo, ni mediante una ley debatida, consensuada y aprobada en las Cortes, ni gracias a una importante inversión financiera de naturaleza plurianual.
Se va a enfrentar valiente y fieramente a través de un real decreto que negocian los dos socios del Gobierno progresista, el PSOE y Sumar, dramáticamente, dejándose la piel, sumando sacrificios en bien de la mayoría y etcétera etcétera.
Pedro Sánchez ha dejado durante unas horas esta dramática partida y se ha marchado a Cataluña, a visitar un parque de viviendas públicas, porque el cuajo del señor presidente debería examinarse en todos los laboratorios de sustancias tóxicas del planeta.
¿Alguna reflexión sobre la imperiosa necesidad de cooperación entre las administraciones públicas para la construcción de vivienda social? Pues no. Ni está ni se le espera.
Simplemente no se lo toman en serio. No niego que algunas de las medidas que se aprueben serán previsiblemente positivas pero, por supuesto, no es el principio del fin. Ni siquiera el fin del principio.
Es un movimiento descaradamente electoralista que busca galvanizar a una izquierdita alicaída y silenciar las múltiples insatisfacciones políticas, económicas y sociales en este país.
Lo cierto es que los límites del modelo de desarrollo del sanchismo se están agotando.
Un modelo basado en una mano de obra barata proporcionada por la migración irregular y ahora regularizada, la falta de reformas económicas y fiscales, el populismo feroz en materia de pensiones y de asistencialismo populista sustituyendo a una estrategia de política social, el abandono de la calidad educativa y la explotación de médicos y enfermeros para financiar la sanidad pública.
De veras, el PSOE abandonará el poder entre finales de diciembre y finales de marzo, justo a tiempo.
Todos los desajustes y desbarajustes que dejará el sanchismo tendrá que asumirlos el gobierno de derechas que nos espera y quizás dentro de una década podrán colar que el empobrecimiento de los servicios públicos, la inflación o la falta de viviendas fue por culpa de Núñez Feijóo, como ahora se habla del austericidio presupuestario de Mariano Rajoy en la crisis de 2008, cuando quien empezó a recortar hasta la piel de obreros y desempleados fue José Luis Rodríguez Zapatero, bajo cuya dulce sonrisa se socializó el dolor de las pérdidas de empleo y de las cajas de ahorros arruinadas.
Me parece admirable que Fernando Clavijo se plante en Irlanda para recabar activamente el apoyo del país que ejerce la presidencia rotatoria del Consejo de la Unión Europea para la continuidad de los fondos específicos de las RUP o el encaje de Canarias en la futura normativa de vivienda accesible.
Hace algunos días el presidente canario explicaba que él y su Gobierno trabajarían hasta el último minuto de la legislatura, y con alguna excepción es lo que está haciendo el Ejecutivo, con éxitos y aciertos, con tropezones y fracasos.
Pero no es lo que está ocurriendo en la puñetera villa y corte de Madrid.
En Madrid el Gobierno central está luchando por su supervivencia propagandística, calentando motores para una campaña electoral de una intensidad divisiva como no se ha visto durante los últimos cincuenta años.
Por ejemplo, los señores ministros siguen sin explicar ni explicarse cómo aplicar la nueva normativa europea sobre migración y asilo en Canarias, con el riesgo que supone en caso de un incremento importante de pateras y cayucos.
Simplemente todo se está paralizando con cierta rapidez en la anatomía administrativa del Estado porque el llamado electoral es una especie de bocina de emergencia.
El último gran esfuerzo será el próximo mes la presentación de presupuestos generales del Estado para 2027, que no se aprobarán, pero que Sánchez y los suyos agitarán como una suerte de programa electoral que las izquierdas miopes y las derechas canallas ni siquiera se leerán, porque no les interesa el bienestar de los españoles.
Entre las agonías de los que se van y la acomodación de los que llegan todo estará paralizado seis, ocho, diez meses.
Vayan por la sombrita.
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