Septiembre ha devuelto a millones de niños y adolescentes españoles a las aulas, mientras las familias encaran un nuevo curso que conlleva nuevas rutinas, actividades y elevados gastos. Pero, sobre todo, vuelve a poner el foco en todos aquellos hogares que necesitan apoyo para que sus hijos puedan tener las mismas oportunidades que el resto de niños y adolescentes. Y es que, efectivamente, la vuelta al cole no comienza desde el mismo punto para todos. Para los hogares que viven en situación de pobreza o vulnerabilidad, cualquier gasto extraordinario puede convertirse en un problema y las diferencias van mucho más allá de poder comprar unos cuadernos o una mochila nueva.
Más de uno de cada tres menores de 16 años en España vive en riesgo de pobreza o exclusión social, según los datos trasladados por Fundación Balia a partir de las estadísticas del INE de 2025. Una realidad que se traduce en menos recursos educativos, menos oportunidades y mayores dificultades para escapar de la situación económica de la familia de origen.
Fundación Balia lleva 25 años intentando romper ese círculo. La entidad desarrolla en Madrid, Sevilla y Guadalajara programas que combinan refuerzo escolar, acompañamiento emocional y desarrollo de competencias sociales. Más de 20.000 personas han pasado por ellos desde su nacimiento, encontrando en la fundación un apoyo que, en muchos casos, ha resultado clave en su evolución educativa y personal.
ElPlural.com ha querido conocer más de cerca el trabajo de una asociación que acompaña a niños y adolescentes durante una etapa decisiva de sus vidas y que persigue que puedan disfrutar de su infancia y construir su futuro con las mismas oportunidades que los demás.
Sebas es uno de aquellos participantes que vivió de primera mano lo que supone empezar de nuevo en España junto a su madre y su hermano. Un cambio difícil que afrontó siendo apenas un niño y en el que el acompañamiento de la fundación terminaría desempeñando un papel fundamental. Hoy tiene 26 años y trabaja en el sector audiovisual y la producción cinematográfica. Pero su historia con Balia comenzó mucho antes, cuando apenas había entrado en la adolescencia.
Llegar a España con 11 años y empezar de nuevo
Sebas llegó con 11 años desde Perú. Empezar de cero nunca es fácil, pero lo es todavía menos cuando a esa edad te separas de tu entorno y dejas atrás tu país para comenzar una nueva vida, hacer nuevos amigos y habituarte a una cultura diferente. Dos años después comenzó a acudir a Fundación Balia, derivado por servicios sociales. Su situación familiar hacía especialmente necesario ese acompañamiento: su madre asumía sola la crianza de sus hijos y trabajaba en hostelería, su hermano tenía una discapacidad y su padre estaba ausente.
Entre los 13 y los 17 años, Sebas acudió a la fundación dos o tres tardes por semana. Allí encontraba apoyo para hacer los deberes, preparar exámenes y continuar sus estudios. Al mismo tiempo, disponía de un espacio en el que hablar de sus emociones, trabajar valores y desarrollar su compromiso social.
No siempre lo valoró de esa manera. “No quería ir nunca porque prefería jugar a la Play o estar en el parque con amigos”, admite. Fue años después cuando comprendió lo que habían supuesto aquellas tardes. “A los 22 o 23 años me di cuenta de lo importantes que fueron esos cuatro años y del regalo que supuso su apoyo constante”.
Su experiencia refleja una realidad especialmente compleja entre algunos adolescentes que llegan a España. Beatriz Sigüenza, directora general de Fundación Balia, señala un problema que muchas veces permanece oculto detrás de las estadísticas: el duelo migratorio.
La desigualdad educativa no termina en los libros
Hay menores que llegan a España con 12 o 13 años después de haber pasado buena parte de su infancia al cuidado de sus abuelos porque sus padres emigraron antes. Vista desde fuera, la reagrupación familiar puede entenderse como el final de una larga separación y el comienzo de una nueva etapa en un país que ofrece nuevas oportunidades. Sin embargo, para algunos adolescentes implica dejar atrás prácticamente todo lo que hasta entonces identificaban como su vida y comenzar a convivir con unos progenitores con los que apenas han compartido el día a día, en un lugar completamente nuevo y separados de los familiares, amigos y referentes con los que habían crecido.
Ese desarraigo puede provocar que algunos jóvenes sientan que ya no pertenecen por completo ni al país que dejaron atrás ni al que acaban de llegar. “Ellos te lo dicen: ‘Yo me quedé en medio del océano porque no soy ni de allí ni de aquí’”, explica Sigüenza. Una frase con la que resumen una sensación de pérdida de pertenencia que puede acompañarles durante el proceso de adaptación y que no siempre resulta visible para quienes observan la reagrupación únicamente como una oportunidad para empezar una vida mejor.
A esa ruptura se suman un nuevo colegio, otras costumbres, dificultades para relacionarse y, en ocasiones, incluso problemas para comprender el lenguaje utilizado en las aulas, aunque procedan de países hispanohablantes. “Hay muchos problemas invisibles alrededor de la reagrupación familiar que desde la sociedad se ve como algo positivo y los menores lo sufren como un auténtico drama”, sostiene.
La pobreza añade nuevas capas a esa vulnerabilidad. Para Sigüenza, vivir en riesgo de exclusión significa no poder recurrir a clases de apoyo cuando aparecen dificultades con las matemáticas, la lectura o la escritura, no disponer de atención psicológica cuando surge un problema emocional o crecer sin conocer determinados caminos educativos y profesionales. “Nacer en un entorno de pobreza es nacer en un entorno muy limitado”, resume.
El inicio del curso permite comprobar algunas de esas diferencias de manera especialmente visible. Para las familias atendidas por Balia, comprar libros y material escolar puede convertirse en un gasto difícil de asumir. La fundación recibe donaciones de material para intentar reducir esa carga.
Sin embargo, la desigualdad educativa no termina en los libros. La digitalización ha incorporado tabletas y otros dispositivos a las aulas, mientras que no todos los hogares pueden permitírselos. Tampoco todos los menores tienen una habitación o siquiera una mesa tranquila en la que concentrarse y hacer los deberes. “Imagina que vives en una habitación donde no tienes espacio para concentrarte y hacer los deberes”, plantea Sigüenza. Esa carencia, acumulada durante años, aumenta las posibilidades de fracaso escolar.
Las actividades extraescolares también establecen diferencias menos evidentes. Aprender a nadar, practicar un deporte, participar en un campamento o conocer actividades culturales puede parecer secundario frente a aprobar matemáticas, pero permite adquirir autonomía, disciplina, capacidad para trabajar en equipo y, sobre todo, descubrir mundos diferentes en el día a día. Y precisamente ampliar ese horizonte fue una de las cosas que Sebas encontró en Balia.
La fundación me ayudó a ampliar las miras
De niño, asegura, no soñaba demasiado con su futuro más allá de convertirse en futbolista. El acompañamiento de sus educadores le permitió descubrir otras posibilidades y acabó despertando en él una sensibilidad social que posteriormente trasladaría a su profesión. Hoy se dedica al cine y al audiovisual. “Utilizo el medio audiovisual y el cine para dar voz a realidades disidentes o fuera del foco mediático”, explica.
Entre las personas que recuerda especialmente está Irene, su primera educadora en Balia. Lo acompañó entre los 13 y los 15 años y tuvo, recuerda, “mucha paciencia” tanto con él como con su madre durante sus primeros años en España. Más de una década después continúan en contacto y todavía se interesan el uno por el otro.
Mostrar alternativas que muchas veces quedan fuera del entorno más inmediato de estos menores es precisamente otro de los objetivos de la entidad. “Tienen que saber que existen oportunidades más allá de sus vidas”, explica Sigüenza.
Por eso Balia desarrolla iniciativas que acercan a los jóvenes a profesiones que quizá nunca habían contemplado. La directora menciona experiencias relacionadas con el Museo del Traje, donde pueden aproximarse a la moda, el corte y la confección, o con Cineteca, además de visitas a empresas para descubrir cómo funcionan y qué perfiles profesionales trabajan en ellas.
Asumen una responsabilidad que no va adecuada a su edad
La pobreza también modifica la propia experiencia de la infancia. En algunas familias, los hermanos mayores preparan la comida, recogen a los pequeños del colegio o ejercen de traductores de sus padres cuando estos no dominan el castellano.
Son responsabilidades que muchos menores han normalizado hasta el punto de no identificarlas como consecuencia de las dificultades de su familia. “Asumen una responsabilidad que no va adecuada a su edad”, advierte Sigüenza. El problema se une al estrés que genera crecer en un hogar donde existe incertidumbre constante sobre cuestiones tan básicas como pagar la vivienda, llenar la nevera o afrontar las facturas.
Ese contexto explica por qué el acompañamiento emocional ocupa un lugar importante junto al refuerzo académico. Las dificultades escolares repetidas pueden deteriorar, además, la autoestima. Cuando un menor acumula retraso educativo y no dispone de ayuda, puede acabar interiorizando que sencillamente no es capaz de estudiar.
El momento de intervención resulta entonces decisivo. Según Sigüenza, actuar cuando un alumno llega a tercero de la ESO con un desfase educativo de varios cursos es extraordinariamente complicado. Por eso prevenir el fracaso escolar antes de que la distancia sea demasiado grande resulta fundamental.
Mucha lista de espera y ciertas medidas que se deben priorizar
Balia asegura que el 70% de los menores que pasan por sus programas terminan la ESO y que más de la mitad de quienes la finalizan continúa posteriormente con estudios superiores. Tras 25 años, la fundación acumula historias de jóvenes que han cursado estudios universitarios o formación profesional en ámbitos tan diferentes como finanzas, tecnología, moda o mecánica de aviones.
Sebas forma parte de esas historias. Después de cuatro años como participante, encontró en el audiovisual una profesión y también una herramienta con la que contar las realidades que le interesan. Recientemente ha trabajado, además, en un documental sobre la propia Fundación Balia. Pero la entidad insiste en que el tercer sector no debería ser la solución estructural a la pobreza infantil. “Nuestra misión final es no existir. Ojalá no hubiera pobreza infantil”, afirma Sigüenza.
Entre las medidas que considera prioritarias sitúa la creación de vivienda asequible y un pacto de Estado por la educación que dé estabilidad al sistema con independencia de los cambios políticos. También reclama reducir ratios y aumentar los recursos en los centros situados en barrios desfavorecidos. Fundación Balia puede insiste que no puede exigirse lo mismo a un profesor cuyos alumnos disponen de numerosos apoyos familiares que a otro que trabaja con menores que acumulan desajustes educativos, problemas económicos o dificultades con el idioma.
La demanda de ayuda, mientras tanto, continúa. Balia trabaja habitualmente con colegios, servicios sociales y centros de salud para detectar a menores que necesitan acompañamiento. La entidad mantiene grupos reducidos, de alrededor de 12 o 14 participantes, porque considera imprescindible preservar una atención personalizada. La consecuencia es que existen listas de espera. “Preferimos atender a menos y conseguir un cambio de vida”, explica Sigüenza.














