Europa afronta una serie de incidentes de seguridad que ha reabierto el debate sobre hasta dónde llega la confrontación con Rusia. Entre los casos citados aparecen drones en aeropuertos alemanes, sabotajes ferroviarios en Polonia, incendios en instalaciones vinculadas a la industria de defensa y planes civiles para escenarios de guerra.
La preocupación central es que Moscú no limite su presión a Ucrania. Autoridades y responsables militares europeos sostienen que varias acciones recientes muestran un paso desde la presión política, cibernética y clandestina hacia operaciones físicas dentro del continente. El desacuerdo está en cómo definirlas y en qué respuesta corresponde adoptar.
El debate coincide con el cierre de las elecciones parlamentarias rusas. El texto original sostiene que todas las listas contrarias a la guerra fueron excluidas y que el nuevo Parlamento queda compuesto por fuerzas alineadas con el Kremlin. Desde esa lectura, algunos responsables europeos temen que Moscú disponga de mayor margen interno para ampliar la confrontación.
Uno de los episodios que más atención recibió ocurrió el 1 de septiembre en el aeropuerto de Leipzig. El Gobierno alemán atribuyó a Rusia un ataque con drones en el que apareció un aparato explosivo cerca de un avión de carga ucraniano Antonov y otro alcanzó a una segunda aeronave de carga durante una maniobra de aproximación frustrada. El ministro del Interior, Alexander Dobrindt, y el ministro de Exteriores, Johann Wadephul, señalaron que los servicios de inteligencia detectaron patrones conocidos y participación rusa directa.
También se han atribuido a Rusia intentos de sabotaje contra la red ferroviaria polaca, una infraestructura clave para el suministro a Ucrania. El 13 de septiembre fue atacado un tramo próximo a la frontera entre Polonia y Ucrania poco después del paso de diplomáticos y antiguos altos cargos occidentales, entre ellos Boris Johnson y David Petraeus.
A esta lista se suman incendios en fábricas de municiones e industrias de defensa de Italia, Bulgaria, Reino Unido y Estonia, así como planes de atentado contra directivos del sector armamentístico europeo y redes destinadas a atacar a críticos del Kremlin. Centros de seguimiento citados por el texto original contabilizan más de 100 actos de sabotaje hostil atribuidos a Rusia durante el año, mientras fuentes de la OTAN estiman que el número real supera los 200, sin contar miles de ciberataques mensuales.
La discusión política gira en parte alrededor del lenguaje. Varios gobiernos recurren a expresiones como “guerra híbrida”, “provocaciones” o acciones “por debajo del umbral de la guerra”. Críticos de ese enfoque consideran que esas fórmulas reducen la presión para responder con herramientas militares o activar el artículo 5 de la OTAN.
Polonia, Lituania y otros países del flanco oriental reclaman una definición más dura. El ministro de Exteriores polaco, Radosław Sikorski, y su homólogo lituano, Kęstutis Budrys, han descrito algunos ataques como plenamente cinéticos. Ursula von der Leyen calificó el incidente de Leipzig como un ataque con medios militares en territorio de la Unión Europea. En Estonia también se ha reclamado que determinadas acciones sean tratadas como terrorismo patrocinado por un Estado.
Por encima de los sabotajes, el mayor temor dentro de la OTAN es una incursión convencional limitada. Los planes de rearme de Alemania y otros países occidentales se concentran en el horizonte de 2029 a 2030, bajo la idea de que Rusia necesitaría varios años para reconstruir capacidades desgastadas por la guerra en Ucrania. Mandos militares del flanco oriental consideran que ese margen puede ser menor.
El comandante del Ejército estonio, general Andrus Merilo, ha advertido que Rusia podría alcanzar capacidad operativa para un ataque en 2027. Un informe del ministerio de Defensa neerlandés citado en el original sitúa la posibilidad de un enfrentamiento limitado tan pronto como un año después del final de los combates en Ucrania.
El escenario que más preocupa no supone una invasión a gran escala de Polonia o de todos los Estados bálticos. La hipótesis plantea una operación rápida para ocupar una franja pequeña de territorio, por ejemplo alrededor de Narva, en Estonia, o en zonas de Lituania, con drones y unidades de incursión de alta movilidad.
El objetivo, según este análisis, sería obligar a los miembros de la OTAN a decidir si activan el artículo 5 ante una ocupación limitada. Una respuesta lenta o dividida dañaría la credibilidad de la defensa colectiva sin exigir a Rusia una guerra convencional de gran escala contra toda la Alianza.
Al mismo tiempo, la relación transatlántica añade otra fuente de incertidumbre. Donald Trump exige a los aliados elevar el gasto de defensa al 5 % del producto interno bruto y ha planteado la posibilidad de reducir fuerzas estadounidenses en Europa. En el Pentágono, Pete Hegseth impulsa una revisión del despliegue que incluye una posible reducción de unos 25.000 soldados de los aproximadamente 81.000 destinados en el continente.
Ese escenario ha acelerado proyectos europeos para reducir dependencias. Alemania, Polonia, Dinamarca y otros países promueven el proyecto Freyja para desarrollar un sistema propio de interceptación de misiles como alternativa a los Patriot estadounidenses. A la vez, Alemania revisa la capacidad de hospitales y servicios sanitarios para recibir grandes cantidades de heridos, Lituania actualiza planes de evacuación civil y Suiza ha aprobado una nueva estrategia nacional de seguridad.
La intención rusa sigue en discusión. Una interpretación sostiene que la campaña de sabotajes busca intimidar a gobiernos y sociedades europeas, elevar el costo del apoyo a Kiev y mostrar que la retaguardia logística e industrial de Ucrania también es vulnerable. Otra lectura considera que esas acciones podrían preparar el terreno para una confrontación directa más adelante.
La diferencia entre ambas hipótesis es relevante porque determina el tipo de respuesta que los gobiernos europeos consideran adecuado. Lo que sí refleja el debate actual es una revisión de los supuestos con los que Europa había planificado su defensa: varios responsables militares ya no dan por sentado que el continente disponga de varios años antes de una posible prueba directa al sistema de defensa colectiva de la OTAN.













