Elvira Vaquero envolvía sus muebles en papel de burbujas para trasladarlos al camión de la mudanza que los llevaría desde la capital hasta Valsequillo sin imaginar que tiempo después sería parte indispensable del municipio. Maestra entregada y concejala por vocación, su periplo por este pueblo la convirtió en una de las personas con más arraigo y queridas entre sus vecinos. Por eso, el Ayuntamiento la distingue como hija adoptiva a título póstumo ocho años después de su fallecimiento.
Elvira Cayetana Vaquero Rodríguez nació el 24 de enero de 1960 en Las Palmas de Gran Canaria y pasó la mayor parte de su infancia recorriendo las calles de Triana, Vegueta y posteriormente Schamann. Aunque en un inicio deseaba ser periodista para escribir textos que llegasen al público, la situación económica de la familia impedía que pudiese trasladarse a Tenerife para estudiar la carrera. De esta manera comenzó a estudiar Magisterio en Gran Canaria y fue cuando sin querer descubrió su pasión: educar a los niños para que expresasen sus propias historias.
Trabajadora e incansable, tras graduarse ejerció durante un año en el sector privado en el colegio Guaydil, actual Atlantic School Guaydil, mientras preparaba las oposiciones a la educación pública. Al aprobarlas y obtener plaza en el colegio de Valsequillo, Elvira, embarazada de su hija Julia, inició una emocionante etapa y se mudó al pueblo junto a su marido.
Línea recta a Valsequillo
Al llegar al centro escolar empezó como maestra de infantil y primaria, dedicando sus mañanas a llenar las pizarras de sencillas sumas y restas y enseñando diversas materias a los más pequeños que ya habían dejado atrás la guardería de Tita para empezar su etapa escolar. Se integró tan profundamente en el pueblo que no por propuesta suya, sino de sus compañeros, fue nombrada directora. Además, la maestra siempre estuvo muy involucrada al ámbito cultural y educativo del pueblo: impulsó programas como Erasmus+ y Esculvisión y además estuvo presente en la escuela de música, en el centro deportivo del pueblo y otros espacios. Poco a poco fue construyendo una fuerte presencia en el municipio que hacía que Elvira fuese querida por todos los vecinos.
Elvira dedicaba sus mañanas a ser directora y sus tardes a ser concejala
La relevancia que tenía la maestra en el barrio no pasaba desapercibida. Las agrupaciones políticas de ASBA y Asava, los dos partidos políticos principales de Valsequillo, eran conscientes del amor y el referente que era Elvira y por ello no tardaron en contactarla para proponerle formar parte del Ayuntamiento. Tras muchas conversaciones de sobremesa y reflexión, Elvira decidió dar el paso e incorporarse al Ayuntamiento con ASBA para asumir la concejalía de Educación.
Un nuevo capítulo
La inclinación de Elvira hacia la política no sorprendió a su familia; lo llevaba en las venas. Y es que aunque su padre estudió medicina y fue taxista durante toda su vida, siempre tuvo una fuerte predisposición a la política que inculcó a sus hijos, la cual se ve reflejada en el hermano de Elvira, Francisco Vaquero Rodríguez, político que ha formado parte de agrupaciones como Drago Verdes Canarias y Verdes Equo, entre otros.
Siguiendo los pasos de su familia empezó un nuevo capítulo en la vida de Elvira. Formó parte del Ayuntamiento de Valsequillo durante ocho años, de los cuales cuatro ejerció como concejala. Su hija Julia cuenta que, a pesar de empezar su profesión política, su madre no renegó de su puesto de directora. Al contrario, con una capacidad de organización sorprendente, y ayuda de unos impecables compañeros de equipo, Elvira lograba cumplir con todas sus responsabilidades y además conseguía dedicarse tiempo a sí misma y a sus seres queridos.
La concejala defendía la necesidad de tener una sociedad formada que hiciese del mundo un lugar mejor
Elvira se guiaba por una premisa: la educación es la base de todo. La concejala defendía la necesidad de tener una sociedad formada e inteligente que hiciese del mundo un lugar mejor. Esa dedicación se vio conmemorada poco después de su fallecimiento, cuando todo el pueblo se movilizó para cambiar el nombre del colegio al que había dedicado su vida. «Yo analizo a la persona que era mi madre desde fuera y no puedo describirla de otra forma: era especial», explica Julia, que afirma que es sorprendente cómo «una persona puede mover tanto amor».
Ahora, ocho años después de su partida, llega otro reconocimiento más por parte del pueblo, el de hija adoptiva a título póstumo, una distinción que llena a la familia de orgullo por la persona que era Elvira, «curranta y luchadora», una mujer que no solo era una concejala, una maestra o una madre, sino que también era una mejor amiga, tanto con su hija como con el resto de vecinos.
Suscríbete para seguir leyendo













