El profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación de la ULL Antonio Rodríguez Hernández lleva años trabajando con las víctimas de la última erupción de La Palma, la del volcán Tajogaite, en especial con alumnos que vieron cómo las coladas arrasaban su colegio, y sabe lo difícil que es la convivencia diaria en un enclave hostil para los que lo perdieron todo. «Toca reconstruirse», asegura.
¿Cómo es la convivencia con el ‘gigante’ Tajogaite?
Difícil [pausa]… Hay un punto de partida esencial que tiene que ver con el hecho de cómo una persona debe asumir su condición de superviviente. Muchos vecinos aún están en esa tesitura. La cicatriz que dejaron las coladas es una herida emocional en el alma del pueblo.
¿Una especie de reseteo a partir de la supervivencia?
La condición de superviviente conlleva tener que afrontar día a día la convivencia con una herida que sigue abierta porque quedan temas por resolver: hay cuestiones que están pendientes y mientras no se aclaren es imposible «escapar» del volcán porque solo hay dos alternativas que son excluyentes.
¿Sólo dos?
Dos que engloban muchos callejones emocionales… Por un lado está el superviviente que afronta el reto de contener y resistir el daño porque la vida sigue, pero también existe una opción más dañina que consiste en quedarse en el lado de las víctimas, es decir, aquellos que siguen sepultados por la lava psicológica del volcán Tajogaite. Cada persona debe decidir si quiere ser víctima o superviviente.
¿Una decisión compleja?
Yo no he dicho que fuera fácil de tomar… Eso va a depender del compromiso personal que tenga cada afectado/a. El problema es que anclarse al rol de víctima supone quedar cosificado/a en la experiencia del daño. Ese trauma se va a hacer cada vez más profundo porque el Tajogaite ya pasó, pero su adversidad persiste. El gigante se quedó…
¿Eso es como vivir en bucle?
Más o menos, porque no todos los días erupciona el volcán, pero sí todos los días tienes que revivir con una problemática originada a partir de la crisis del Tajogaite.
¿Lo tienen más difícil las personas que han optado por el silencio?
Distanciarnos de una problemática es una reacción lógica que activamos cuando algo no va bien porque, en este caso, el volcán nos recuerda a diario con su silencio humeante que continúa ahí. Yo experimenté esa sensación las primeras veces que fui a La Palma a trabajar con los afectados.
«Irte lejos del volcán es una manera de sobrevivir, pero el volcán y sus efectos no solo están en la zona arrasada por el magna sino en el trauma personal»
¿Qué sensación?
La de no mirar al Tajogaite; sabía donde estaba pero no lo quería ver. Si yo, que venía de fuera, tenía esa sensación, qué sentimientos puede esconder un vecino de Todoque, de La Laguna, de La Bombilla… Es muy difícil, por no decir imposible, imaginar los pensamientos de una persona que observa cómo su unidad biográfica queda sepultada bajo las coladas. Esa fractura es muy profunda y drástica. Irte lejos del volcán es una manera de sobrevivir, pero el volcán y sus efectos no sólo está en la zona arrasada por el magma sino en la experiencia (o trauma) que ha vivido cada persona.
Todoque es sinónimo de destrucción.
Todoque es el paradigma del dolor que generó el volcán, el daño descarnado de todo un vecindario devastado por la naturaleza. Para mí es difícil transmitir lo que siente una persona que lo ha perdido todo, que fue expulsada del lugar en el que vivía, que se marchó de allí sabiendo que los recuerdos quedaban sepultados… El volcán se llevó por delante su ecosistema vital de convivencia y eso supone recibir un palo psicológico tremendo.
Ahí lo emocional siempre gana a lo material.
Siempre [silencio]… Las pérdidas materiales son una quiebra económica, pero la vida te puede llegar a dar otra oportunidad para recuperarte. Lo emocional, en cambio, es distinto. Yo me he encontrado con chicos destruidos que me han confesado. «Antonio, yo soy capaz de vivir con tres camisas pero sé que hay cosas que se fueron para siempre ». Su biografía, su construcción vital, sus recuerdos… Todo desapareció en poco tiempo. ¡Eso es brutal!
Algunos afectados han optado por reconstruir sus vidas sobre la ‘cicatriz’ del Tajogaite.
Eso se entiende mucho mejor a partir del concepto de raíz; volver a reconstruir en un lugar que fue importante en mi vida… Ese reseteo emocional tiene que organizarse sobre la base de algo distinto. Nunca podrá ser sobre lo que he dejado allí y fue destruido por el volcán. Eso ya no está. Lo que sí está es lo que ahora quiero visualizar en clave de futuro. Anclarne al pasado supone amarrarse al mito de la estatua de sal [un relato bíblico de la esposa de Lot que fue advertida de que no mirase hacia atrás… La mujer volvió su cabeza durante la huida de Somoda y acabó convertida en una estatua de sal] y el miedo te inmoviliza… Tú no puedes conducir sin apartar la mirada del espejo retrovisor. Eso es inviable. Al final te acabas parando. Reconstruir no es lo mismo que recuperar.
«No es lo mismo vivir una catástrofe de esta magnitud cuando el margen de vida que te queda es muy pequeño que si estás en una etapa escolar»
¿Entonces hablamos de una reconstrucción parcial?
El CEIP La Laguna, por ejemplo, se va a planificar el lugar en el que estaba; justo donde se detuvo una de las coladas. Eso no significa que ese centro [el colegio azul] sea el mismo que estaba antes de la erupción. Por supuesto que hay una posibilidad de amarrarnos a algo que estaba muy presente en las vidas de las personas que han decidido volver, pero no nos engañemos hay recuerdos que se van a quedar para siempre debajo de las coladas. La paradoja está entre ser el mismo porque soy parte de mi pasado o ser alguien distinto porque mi aspiración es construirme desde la perspectiva de un superviviente.
¿Optar por ser un superviviente tras la resiliencia que almacenamos en los días de pandemia no debe ser una tarea sencilla?
Esa es la diferencia entre resistir y ser resiliente. A mí me gusta poner el ejemplo del caldero resistente que se cae al suelo y resiste el golpe, pero si lo tiras muchas veces y con una fuerza mayor acabarán apareciendo las abolladuras. Para hablar de resiliencia lo que suelo tomar como referencia es una pelota de goma que tiras contra el suelo y sube cada vez más alto. El problema es que si esa pelota pudiera hablar diría. «¡Ay, me duele!». Absorber el impacto no significa que no duela. Los supervivientes del volcán al confiado en la técnica ensayo / error para ir salvando las adversidades, problemas que no se reducen a lo que pasó hace cinco años cuando la tierra se abrió para hacer un quebranto geológico que modificó el terreno. Aquí hablamos de otra cosa. Vivimos en una sociedad que avanza a ritmo vertiginoso donde la ansiedad y el estrés campan a sus anchas… Cada vez hay más problemáticas interpersonales y estamos abiertos de manera permanente al conflicto. Los problemas de salud mental o los altísimos índices de suicidios de jóvenes no son una anécdota. Eso ocurre porque nuestra rutina está condicionada por una serie de factores extremos que nos ponen al límite y, encima, si a eso le sumamos la angustia que provocó en miles de personas la crisis volcánica del Tajogaite los números son los que son. Ahí no hay trampa. En La Palma existe un malestar asociado con el volcán geológico y un malestar social que se convierte en incertidumbre porque aún quedan muchas cosas por arreglar y heridas sin sanar.
Incertidumbres que son generacionales; ¿no es lo mismo vivir la erupción en una etapa final de tu vida que en la niñez?
No es lo mismo vivir una catástrofe de esta magnitud cuando el margen de vida que te queda es muy pequeño que si estás en una etapa escolar. Sobre todo, porque la capacidad que tienen los primeros para recuperarse de un golpe tan brusco es más reducida. Al margen de que nuestros mayores hayan pasado por experiencias dolorosas, traumáticas y de superación, lo del Tajoigaite excede la lógica. Para nuestros ancianos fue devastador, mientras que un niño o una niña, que son con los que más he trabajado en los últimos años, tienen un potencial de recuperación casi es inagotable
¿Esos niños son el futuro de la reconstrucción de La Palma?
No le quepa la menor duda de que lo son… Cuando hablo con un niño del CEIP La Laguna sé que ese chico ha sido trabajado. Ellos han tenido las herramientas psicológicas para lidiar con un desastre de proporciones gigantescas y en sus frases destilan resiliencia.
«En La Palma faltan cosas por hacer y otras están a medio acabar, pero el gran problema cinco años después es que se han olvidado de las personas»
No sé si puede romper el secreto profesional para contar alguna situación vivida por un menor…
Recuerdo el caso de un padre que me confesó en una de las sesiones que estaba muy preocupado porque no había visto llorar a su hijo. Lo habían perdido todo y en ese momento se me activó algo tan simple como preguntarle. ¿Y tú has llorado? [silencio]. Lo siguiente que le dije fue, ¿no será que tú no has visto llorar aún a tu hijo porque él no te ha visto llorar a ti? No hay nada más sanador que el llanto porque la tristeza que expresamos en unas lágrimas sirve para hidratar a un corazón triste.
¿La reconstrucción material va a su ritmo, casi siempre más lento de lo que esperan los afectados, pero la emocional en qué punto está?
En La Palma faltan muchas cosas por hacer y otras están a medio acabar, pero el gran problema cinco años después de la erupción es que se han olvidado de las personas. Las ayudas son fundamentales para sacar la Isla adelante y puedo llegar a entender que lo urgente siempre va a sepultar a lo esencial, pero en el valle hay que salir a la calle, preguntar al vecino cómo se encuentra y procurar que su silencio no se convierta en un problema imposible de solucionar. El acompañamiento de las personas que siguen hundidas en el drama cotidiano casi no existe, salvo alguna que otra excepción. Los vecinos que se levantan cada día, miran al volcán y reciben como respuesta que el Tajogaite sigue siendo un asunto traumático necesitan ayuda para retomar sus vidas.
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