Todo empezó, como empiezan ahora tantas cosas, en un grupo de WhatsApp. Allí ya coincidían algunos integrantes de la generación del 84, aquella que tuvo en Santi Cazorla a su rostro más reconocible. Había contactos que nunca se habían perdido, amistades que habían sobrevivido al paso del tiempo, pero faltaban piezas. Así que tocó hacer scouting.
Piero Manso se puso al frente de la operación. Un teléfono por aquí, otro contacto por allá. Y el grupo fue engordando. Hasta que llegó el momento de poner fecha: 11 de septiembre. Cazorla eligió el escenario: la sidrería La Alterna. Y allí, coincidiendo con San Mateo, se reunieron hasta 23 integrantes de aquella generación formada en las entrañas de El Requexón para recordar los viejos tiempos y, sobre todo, volver a encontrarse con aquel compañero que hace décadas dejó de ser simplemente Santi para convertirse en Cazorla.
«Es un orgullo para todos los del 84 ver dónde ha llegado Santi«, coinciden varios de los asistentes. Esa fue la idea que presidió la cena. El propio homenajeado no se limitó a poner el nombre en la lista. «Santi tiró mucho del grupo. Eligió el sitio para cenar, estuvo muy activo. Y debió de disfrutar porque luego nos invitó. Pagó él», cuenta su fiel amigo Piero entre risas.
En la misión de reclutamiento, Piero tuvo un aliado especial: Alberto Suárez, Berto. Uno de los mayores talentos de aquella generación y, sobre todo, uno de los que más kilómetros tuvo que hacer para estar en la foto. Vive y trabaja en Ibiza desde hace 19 años, allí tiene una hija de 13, pero esta vez hizo las maletas para reencontrarse con sus antiguos compañeros.
Y no llegó con las manos vacías. Trajo una bota dorada para Cazorla, un pequeño trofeo que resumía el sentir de aquella generación. En la placa podía leerse: «El mejor jugador de la generación del 84. De tus compañeros». Berto lo explica con una sonrisa: «No, esto no es como el Balón de Oro, no había mucho debate de quién era el mejor».
La cena tuvo de todo: buen ambiente, muchas risas y un cargamento de recuerdos. Y, claro, con Cazorla en la mesa, las anécdotas estaban aseguradas.
David Gómez, interior zurdo en aquellos años, recupera una de las primeras imágenes que conserva de Santi. Fue en su llegada al infantil B, después de haber entrenado con el Infantil A. Venía, cuenta, «algo crecido». Pero al entrar en el vestuario se encontró con una escena difícil de olvidar. En mitad de la caseta había un chaval menudo haciendo toques con un burruño de calcetines como si fuese un balón. No era Maradona haciendo malabares con papel de aluminio, pero la estampa tenía algo de profecía.
Piero, lateral derecho de aquella generación y, por méritos propios, con un máster en «Cazorlismo», aporta otra perspectiva. La del Santi futbolista era fácil de detectar. La del Santi cuidadoso con los detalles, bastante menos. «Para el material era un desastre. No miraba para las botas. Siempre las tenía sucias», denuncia su amigo. Y aporta pruebas: «Mira cómo sería que las cogía y las ponía sin desatar ni nada. Con los nudos ahí acumulados en el empeine». Eso sí, tampoco quiere hacer sangre. «Pero luego tocaba la pelota y veías que podría hasta jugar descalzo».
Otro de sus fieles, Robi Toral, otra zurdita de seda, tira de un clásico: la de los sábados por la tarde. «Iba medio equipo a Stravaganza (local de moda en el Oviedo adolescente de los 90) y a Santi, Piero y a mí, que éramos los más bajitos, siempre nos ponían problemas para empezar. Los de seguridad ya se partían de risa al vernos», subraya.
Berto, que entonces ejercía de pivote defensivo o central, guarda otra historia que con el tiempo adquirió un significado especial. Una frase que se le quedó en el disco duro. «Siempre me acuerdo que el padre de Santi, Jose, le dijo una vez a mi madre: «Ángeles, tu hijo va a ser de los que vista la camiseta de la selección»». La intuición de Jose- que falleció en 2007- no se cumplió, cosas del fútbol, pero sí pudo ser su hijo Santi el que portara con éxito la camiseta de La Roja.
Y como esas, muchas más. También un recuerdo para los que no están. El míster Kike Fanjul y el fiel compañero Armando Barbón fueron de los que aparecieron en muchas conversaciones.
El encuentro acabó en éxito total, con la «bota de oro» a buen recaudo en La Alterna -había que evitar los riesgos nocturnos- y una promesa: que la cena se repita periódicamente. Berto propone cambio de ubicación: «Que vengan a Ibiza». Y alguno de los asistentes que prefiere guardar el anonimato dispara la última entre risas: «Que organice Santi, ¡que es el único de la generación que ya está jubilado!».
Fuente: La Nueva España








