Como todo el mundo está jugando a esta lotería electoral, ahí va mi apuesta: 14 de marzo. Ocurre, sin embargo, que tal vez sea demasiado tarde. Porque esta peña ha enloquecido y su rearmada estrategia se basa en una combinación de frentismo antiinstitucional, deslegitimación del sistema político y brutalidad expresiva. Es la asombrosa respuesta de Pedro Sánchez cuando los periodistas le preguntan sobre los cientos de menores migrantes tirados aun en las calles de Ceuta. «Eso se lo preguntan a Vivas». ¿Para que ha montado este lerenda un mando único, que conduce Ángel Víctor Torres como una carreta en las fiestas patronales de San Juan Bautista en Arucas? Yo sospecho que este hombre se lo ha creído. Se ha creído que tiene un talento natural para gestionar emergencias como Jesús caminaba sobre las aguas u otros tienes golondrinos. Lo oyes diez minutos y te asfixia la vergüenza ajena. Pues el mando único se ha montado, al parecer, para atacar al presidente de Ceuta y su equipo de gobierno. De hecho, desde un punto de vista estrictamente jurídico, corresponde al Gobierno central la identificación del menor, la tramitación de su documentación de residencia y la financiación de las tareas de tutela y bienestar físico y psicológico de los menores. El mando único significa, ni mas ni menos, que en todos los aspectos el Gobierno central y la cuidad autonómica colaboran leal, sistemática y ordenadamente. Decir pregúntele a Vivas no es solo un exabrupto fuera de lugar. Es una canallada que se expresa en los términos de una canallada, despectiva y chulesca.
Van a por todas. A provocar una crisis política e institucional – una concurrencia de crisis y emergencias — simple y llanamente para intentar así no ser arrasados en las elecciones. Para ello podrán al límite todas las costuras del Estado; ya varios ministros se refieren directa o indirectamente a un golpe judicial en marcha o susurran las maniobras desestabilizadoras del Estado profundo. Las diferencias con estratagemas y retóricas de la ultraderecha trumpista – por poner un ejemplo de populismo autoritario – son indetectables. Trump ya advirtió en la campaña electoral de 2020 de una vil conspiración de jueces y funcionarios determinados a impedirle la victoria sobre Joe Biden y las denuncias al Estado profundo son una constante programática en el movimiento MAGA desde sus orígenes. El sanchismo lleva bastantes meses calentando el ambiente y diseñando soflamas, paparruchadas, manipulaciones, eslóganes con una carga esencialmente emocional y una voluntad divisoria y frentista. Sánchez sabe que ganar ha devenido imposible. Y lo mismo ocurrirá dentro de medio año. Pero hay varias formas de perder. Es distinto perder cosechando entre 115 y 120 diputados que hacerlo llegando apenas al centenar. No, no es cuestión de alianzas poselectorales – en ninguna de las dos hipótesis dan los números – sino del impacto en el PSOE. Una derrota con 120 diputados le puede valer a Pedro Sánchez para demostrar que incluso sufriendo un criminal golpe de Estado su liderazgo garantiza la supervivencia del PSOE. Una derrota de 100, en cambio, tienden a carbonizarlo. Astutamente consiguió que sus ministros se convirtieran en secretarios generales en varias comunidades autónomas por el procedimiento de imponerlos como candidatos presidenciales. Descansará su supervivencia como dirigente en Salvador Illa y en sus ministros y exministros lacayunos a cargo de media docena de comunidades. Y hará una oposición salvaje y apocalíptica desde la que asegurará que la democracia está agonizando y solo sobrevive en las entrañas del PSOE.
El PSOE ha entrado en este periodo largocaballerista no para ganar unas elecciones, sino para perderlas lo suficientemente bien con el objetivo de rescatar a su secretario general de la quema. Ni siquiera intentan salvar un programa de gobierno sino a un dirigente que ha transformado mucho más a su organización política que a la sociedad española, cuyos problemas estructurales siguen siendo los mismos que hace una década. Ese será todo su legado político: un cínico y fugaz populismo ventajista llamado sanchismo.
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