Otra vez tarde. Otra vez con todo ya en marcha. Anoche, cuando llevábamos cerca de dos horas de lluvia intensa, cuando había calles anegadas, coches flotando, metros convertidos en piscinas y zonas sin luz, sonaron los teléfonos. Llegaba el ES-Alert. El famoso ES-Alert. Que siempre llega tarde, parece ser. Afortunadamente, esta vez los avisos meteorológicos habían llegado mucho antes, las administraciones habían tomado medidas para proteger a la población y la gente había reaccionado. No estamos hablando del 29 de octubre de 2024. Ni mucho menos. Pero precisamente por eso cuesta todavía más entenderlo. ¿De verdad cuesta tanto apretar un botón a tiempo? Muchos vecinos y también alcaldes de los municipios afectados por la dana trinaban, no sin razón. Una alerta tiene sentido si llega antes, si sirve para ganar tiempo. Escuchar de nuevo ese sonido cuando el agua ya está en las calles remueve demasiadas cosas.
Así que es normal que ahora haya miedo. Y es normal también que se intente proteger mucho, muchísimo, quizá incluso sobreproteger. Se suspenden las clases, se cierran instalaciones, se evitan desplazamientos, se pide a la gente que se quede en casa. Y está bien. Claro que está bien. Después de lo que ocurrió, ante la duda parece lógico pasarse antes que quedarse cortos. Pero hay algo que chirría. ¿De qué sirve anticipar todas esas medidas si después el ES-Alert vuelve a llegar tarde? ¿Por qué se puede cerrar un colegio horas antes y no se puede apretar ese botón también antes?
Y si el clima va a cambiar nuestras vidas, tendrá que cambiar también algo más. Las políticas, las normas, la organización de las administraciones. Habrá que pensar cómo se compensa a quien no puede trabajar, qué permisos se articulan, cómo se ayuda a las familias. Habrá que inventar cosas que ahora no existen. Pues claro. Porque la situación también es nueva.
Pero en los pueblos de la dana siguen mirando también al barranco. Y lo miran con la sensación de que ahí, precisamente ahí, no se ha hecho lo suficiente. De que si viene otra barrancada volverán a ser los damnificados, especialmente quienes viven al final de su recorrido, donde acaba llegando todo. El barranco sigue prácticamente como estaba hace dos años. Y el alcantarillado también. Así que se protegen más, suspenden más, reciben antes los avisos y miran mucho más al cielo, sí. Pero siguen mirando de reojo al barranco. Porque saben que, si vuelve a bajar con la misma fuerza, hay cosas que siguen exactamente donde estaban.
No pueden ser siempre los ciudadanos quienes se adapten, quienes se organicen, quienes busquen cómo hacerlo. Si esto ha venido para quedarse, tendrá que cambiar también la Administración, desde la estatal hasta la municipal. Porque desde aquel 29 de octubre nosotros hemos cambiado muchas cosas. Muchísimas. Ahora falta que cambien otras. Y que el ES-Alert llegue a su hora.
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