Morante hizo pan sin harina

Lorenzo del Rey.

Lleno de «No hay billetes» y a las 18:12 exactamente salió al ruedo una tarde de esas que había que contar despacio, porque hubo toreros que se pusieron y hubo un palco que, cuando tocó, también se puso. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.

La corrida de Domingo Hernández fue, en líneas generales, justa de presencia para una plaza como Albacete. No fue una corrida de esas que entran por los ojos nada más salir de chiqueros, y hubo ejemplares más hechos que otros, pero tampoco conviene quedarse únicamente en la romana o en la fachada. Lo importante, después de todo, es qué hicieron los toros cuando se les puso delante un hombre con una muleta. Y ahí hubo de todo. Toros con poca fijeza, otros que se dejaron más, alguno con recorrido aprovechable y varios que fueron claramente de más a menos. No fue una corrida para tirar cohetes en cuanto a bravura y fondo, pero sí tuvo animales que permitieron a los toreros encontrar su sitio. El segundo tuvo opciones aunque sin mucha dirección; el tercero se vino abajo demasiado pronto; el cuarto fue un toro de muy poca transmisión al que Morante tuvo que poner prácticamente todo; el quinto fue probablemente el más agradecido para Ureña, con recorrido por los dos pitones; y el sexto empezó ofreciendo más y terminó muy corto. Una corrida, en definitiva, de juego desigual, con más voluntad de los toreros que fondo de los toros y con ese detalle que a veces se olvida: cuando falta materia prima, también hay que saber reconocer al cocinero.

Morante estuvo muy comprometido desde que salió su primero. Un toro de poco recorrido, que se iba acortando y que no permitía continuidad. El de La Puebla lo intentó por los dos pitones, sin reservas, buscando siempre ese resquicio por donde meter el muletazo. Sacó perlas sueltas, que no es poco cuando el collar viene sin cuentas suficientes. Lo que tenía el primero, lo sacó Morante. Y eso también hay que reflejarlo.

Pero lo mejor estaba por llegar con el cuarto. Allí apareció un Morante extraordinario, rotundo, comprometido hasta el último muletazo. El toro se quedó muy paradito de salida y nunca terminó de entregarse en el capote. En el caballo tampoco hizo demasiado, más de topar que de empujar, y durante la lidia hubo que darle espacio porque no acababa de arrancar con franqueza. Morante lo llevó bien tapado y esperó a que apareciera algún resquicio. Y apareció en una serie al natural donde el torero hizo prácticamente todo. Después llegaron más muletazos por los dos pitones, algunos sueltos y otros ligados, siempre intentando extraer del toro lo que llevaba dentro, que tampoco era demasiado. Fue una faena de mucho compromiso, de esas en las que el torero se empeña en hacer bueno lo que delante no termina de serlo. Y ahí está el mérito.

Mis buenos amigos Juan Copete, padre e hijo, lo resumieron con una frase de esas que no necesitan explicación: Morante hizo pan sin harina. Y no se me ocurre un titular mejor porque fue ese chef capaz de hacer un plato extraordinario con cuatro garbanzos, dos mejillones y siete almendras. Lo que no había, lo puso él. Lo que quedaba, lo convirtió en toreo. La estocada, trasera pero recta, hizo caer al toro y las orejas cayeron por su propio peso. No sonó la música, pero los acordes los puso su muleta. Morante salió a hombros de Albacete porque se la ganó, porque hubo compromiso y porque cuando apareció la posibilidad de hacer algo grande no se escondió detrás de las circunstancias.

Paco Ureña tuvo con el segundo un toro que iba suelto y sin rumbo y que tampoco regaló demasiadas facilidades. Ureña lo midió muy bien, citando por alto y toreando después con inteligencia, jugando con las distancias y las alturas. Hubo una por bajo a derechas con transmisión y después naturales con su sello tan personal, aguantando incluso las dudas del animal. Volvió a sacarle un par de muletazos más sin dudar ante la incertidumbre del toro y, aunque la faena perdió algo de brillantez a derechas porque el animal ya iba a menos, no perdió nunca la determinación el matador. Terminó con torería y se fue a por la espada. Los dos pinchazos y la media estocada trasera y atravesada dejaron la faena sin el premio que merecía. La ovación supo a poco.

Con el quinto llegó el Ureña más rotundo. El toro hizo la barca en el capote, moviéndose sin demasiada fijeza, pero después fue ofreciendo posibilidades por los dos pitones. Ureña se colocó de verdad, dándole distancia para torearlo con mando, largo y templado. A la derecha ganó la faena a los puntos y al natural, después de una primera serie más baja, recuperó el pulso con dos naturales profundos y otros momentos de mucho poso. Volvió a la diestra y terminó en las cercanías, porfiando hasta vaciarse por completo. Ureña estuvo muy de verdad, con las ideas muy frescas y sin dejarse nada dentro. La faena era de dos orejas, pero una estocada muy baja la dejó en una. Y quizá por eso mismo hay que darle todavía más valor al trofeo: porque una oreja tiene que significar algo.

Borja Jiménez estuvo atento a todo desde que salió el tercero. Se fue a portagayola y se libró por muy poco del percance hasta en dos ocasiones, para después estar también muy pendiente con el capote y durante toda la lidia. Con la muleta empezó enfibrado, citando de largo y dejando la muleta puesta. El toro perdió las manos alguna vez al apretarle por bajo y después, a media altura, pareció ofrecer algo más, pero enseguida se acabó un motor que terminó gripado, corto y revolviéndose con rapidez por los dos pitones. Borja lo intentó sin descanso, aunque el esfuerzo no terminara de traducirse en una faena de premio. Porque sin material delante, todo es más difícil.

Y con el sexto llegó la oreja. Borja volvió a estar atento y decidido, después de un recibo capotero muy aplaudido, con dos largas cambiadas y verónicas templadas. El toro no cumplió en el caballo y hasta estuvo a punto de prender a Borja durante un quite, del que salió como pudo. Brindó al público y comenzó genuflexo, para después arrebatarse en series ligadas. El toro empezó ofreciendo más y fue viniéndose abajo hasta quedarse prácticamente en unos pocos metros cuadrados. Borja no dejó de intentarlo y mató en el centro del ruedo. La estocada, contraria y atravesada, hizo que el animal claudicara pronto. Una oreja tras aviso, valiosa, una oreja de valor y de disposición, de esas que hablan del torero y no simplemente de una tarde de pañuelos fáciles.

Y aquí hay que detenerse en la presidenta Genoveva Armero, porque también tuvo su faena en el palco. Hubo una petición ajustada de oreja para Borja Jiménez y el público estaba, naturalmente, en su derecho de pedirla. Pero Genoveva Armero acertó al no concederla. Cuando uno se encuentra en el medio, puede tirar para un lado o para otro, y en esta ocasión tiró por el lado del rigor. Y eso hay que valorarlo. Porque una plaza tiene que tener emoción, sí, pero también categoría. Y si una petición no es rotunda, es mejor elegir el lado del rigor.

Y también acertó después con Paco Ureña, porque es perfectamente compatible que una faena sea de dos orejas y que la espada la deje en una. La faena de Ureña fue de dos, pero la estocada, muy baja, era de una. Y Genoveva Armero concedió una. Ni una cosa contradice la otra ni hay que buscarle tres pies al gato. Al contrario: ahí está precisamente el rigor. Hay que conseguir que las orejas vuelvan a pesar, que tengan categoría, que cuando se concedan dos sepamos que aquello fue realmente excepcional. Mucho mejor eso que convertir la plaza en una verbena de pañuelos y trofeos que después no significan nada. Y la labor de Ureña es de las que no se olvidan fácilmente.

Morante de la Puebla hizo pan sin harina. Ureña puso toda la masa que tenía dentro. Borja Jiménez puso el valor. Y Genoveva Armero, desde arriba, puso el rigor. No es mal menú para una tarde de «No hay billetes».

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