Cuatro goles contra la Real Sociedad, otros tantos ante el Málaga y cuatro más frente al Rayo. El Real Madrid se ha afanado en este arranque de temporada en cerrar unas de las mayores heridas que generó el año pasado: que al madridismo le vuelva a apetecer acudir al Bernabéu a ver un partido de Liga. Y aunque los goles siempre se disfrutan, la dejadez blanca en algunos tramos de la segunda parte volvió a provocar pitos en Chamartín. Aún le quedan deberes para que su hinchada acuda a su templo sin la escopeta cargada.
En esas están José Mourinho y los suyos, que, pese a todo, este sábado volvieron a vivir una velada liguera sin demasiados apuros en su estadio. Puso mucho de su parte un Rayo cándido y temerario. Y si una cosa está clara con este Madrid es que concederle espacios y hacerle regalos es un pasaporte directo al patíbulo. Si se cometen dos errores flagrantes en el primer cuarto de hora, la muerte es inevitable.
3-0 en el minuto 35
Eso es lo que hizo Florian Lejeune en el Bernabéu. Uno de los estandartes y hombres más fiables del Rayo en el último lustro compareció en el partido cometiendo un claro penalti sobre Carreras, que Mbappé transformó para quitarse el mal sabor de boca del que falló ocho días antes contra el Betis. Tres minutos después, el propio Lejeune le regaló una pelota a Vinícius. La jugada, con el Rayo desordenadísimo para evitar lo inevitable, acabó con Mbappé regalándole el segundo tanto de la noche a Carreras.
Ahí pareció acabarse el partido, ni siquiera se intuía necesario esperar al tercer gol, marcado por Bellingham en el 35 tras un buen centro raso de Vinícius. El Rayo había regalado tanto y estaba tan aturdido que parecía ya inviable que se levantara de la lona. Y si lo intentaba, como en un disparo lejano de Pedro Díaz, ahí estaba Courtois para hacer el paradón de todas las semanas.
Diomande, al fin titular
El palo evitó que Mbappé elevara la cuenta blanca a los cuatro goles antes del descanso. Lo mismo que ocurrió tras el entretiempo con un nuevo latigazo de Pedro Díaz. Daba igual, disfrutaba un Bernabéu que asistió a la primera titularidad de Diomande con entusiasmo y expectativa. Le apetecía al madridismo aplaudir al marfileño, al que aún le faltan kilómetros en las piernas para dar la mejor versión de sí mismo. Poca cosa, de momento.
El extremo marfileño del Real Madrid Yan Diomande (i) controla un balón el encuentro correspondiente a la jornada 5 de LaLiga entre Real Madrid y Rayo Vallecano, este sábado en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid. / Borja Sánchez-Trillo / EFE
Todo lo contrario de lo que ocurre con Vinícius, que desató murmuros cuando le regaló al enrachado Camello el gol que recortaba distancias, con un pésimo pase hacia atrás fruto de una evidente carencia de concentración y tensión competitiva. Tiene trabajo el brasileño para recuperar la confianza del público que hace no tanto le idolatraba.
Güler pone orden en el Madrid
A partir del gol, el Rayo ganó confianza y los pitos regresaron al Bernabéu, porque casi todo el equipo se contagió de la dejadez de Vinícius y se relajó. Courtois volvió a aparecer. El sonido de viento se extinguió cuando salió Güler y, como de costumbre, el fútbol del Madrid volvió a tener sentido. El turco no es el mejor jugador de la plantilla blanca, pero sí está siendo, con permiso de Courtois, el más imprescindible.
En ese rato final, el debutante Audero se lució hasta en cinco ocasiones para negarle el cuarto tanto a los blancos. Ya en el descuento, y sin Vinícius en el campo, nada pudo hacer el internacional indonesio para que Mbappé abrochara la cuenta.
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