«La depresión no es el final y tiene cura». Con este mensaje, cargado de esperanza, el psicólogo clínico y voluntario del Teléfono de la Esperanza Daniel López abrió ayer el curso en el Club LA NUEVA ESPAÑA, con una conferencia, al hilo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se celebra cada diez de septiembre, durante la cual, quiso alejarse de las cifras para acercarse a las personas. López explicó lo qué ocurre en la mente de alguien que atraviesa una situación de sufrimiento extremo e hizo hincapié en lo importante que es huir del aislamiento social.
La presidenta del Teléfono de la Esperanza, Ladis García, fue la encargada de presentar el acto y destacó los logros académicos y clínicos de Daniel López, que fue secundado por numeroso público. López prefirió dejar a un lado las estadísticas para centrarse en el drama humano de quien llega a pensar en acabar con su vida. «Que el año pasado se hayan suicidado 122 personas en Asturias y que se incrementen las cifras de manera notable en jóvenes y adolescentes te importa muy poco si estás aquí pensando en suicidarte», señaló. Su propósito era otro: comprender el cerebro de quien ha llegado al límite y entender que detrás de una conducta suicida existe, sobre todo, un enorme agotamiento y una especie de cansancio ante la vida.
A juicio de Daniel López, una de las razones del alto porcentaje de suicidios en las sociedades avanzadas es el alto nivel de competitividad en el que se vive, unido a factores como la influencia de las redes sociales y la escasa capacidad de atención que fomentan, hasta el punto de que un vídeo de mas de 15 segundos rara vez triunfa. «Además, esas redes nos muestran un mundo irreal, con fotos que describen una felicidad ficticia, incluso en publicaciones de hace años que se van repitiendo en bucle», señaló.
El psicólogo explicó que para alcanzar ese estado pre-suicida se alinean distintos factores: la biología, los pensamientos y las emociones. La persona queda atrapada en una especie de túnel en el que cada vez resulta más difícil encontrar alternativas. No se trata, dijo, de una decisión plenamente racional. «La persona no quiere morirse, quiere dejar de sufrir», resumió.
Verbalizar el dolor
El suicidio aparece cuando la mente ha perdido recursos que antes permitían afrontar las dificultades y las emociones parecen desconectarse. Por eso, hablar adquiere un valor fundamental. Verbalizar el sufrimiento, compartirlo con alguien y romper el aislamiento pueden ser los primeros pasos para recuperar otras perspectivas. También quienes están alrededor tienen una responsabilidad. «No siempre hace falta tener respuestas: escuchar, acompañar y reconocer que el dolor de la otra persona es real es una de las herramientas más poderosas», indicó.
El Teléfono de la Esperanza lleva 55 años tendiendo esa mano. La organización cuenta con más de 80 profesionales en Asturias y reclama también nuevos voluntarios, aunque su formación y el nivel de exigencia de la atención hacen de esta una tarea especialmente comprometida. El Día Mundial para la Prevención del Suicidio, es una jornada para la reflexión, que se pone de relieve que pedir ayuda no es un signo de debilidad, tal como destaco el especialista.












