La obsesión por el Trono de Hierro siempre ha tenido un componente profundamente erótico en el universo de George R. R. Martin. Precisamente a esa lucha por el poder aludía el título de la serie que adaptó ese universo. En Juego de Tronos, fuimos educados para desear el regreso de la heredera legítima. Acompañamos a Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) a través del desierto, empatizamos con su exilio y aplaudimos cada paso de su marcha hacia la capital acompañada de esos tres dragones a los que vimos crecer porque necesitábamos ver caer a los Lannister. En La Casa del Dragón, vivimos el mismo esquema con Rhaenyra (Emma D’Arcy), la aspirante legítima obligada a replegarse en Rocadragón y tejer la reconquista desde la distancia, mientras Alicent (Olivia Cooke) y los Hightower usurpaban lo que le pertenecía por derecho.
Esta tercera temporada, que nos ha ido llegando semana a semana a lo largo del verano en HBO, ha decidido acelerar el ritmo y meter una marcha más, tras una segunda entrega en la que las cosas no terminaban de arrancar. Con velocidad de crucero y sin tener que esperar toda la serie para poder verlo, la trama colocaba a Rhaenyra al lugar que reclamaba como suyo ya al final de su segundo episodio. La bandera de la princesa reina volvía a ondear sobre Desembarco del Rey. ¿Pero para qué? La entrega se ha centrado en narrarnos las vicisitudes de Rhaenyra en el trono y las conspiraciones contra ella. Detrás del acelerón en las tramas se encuentra el hecho de que la cuarta temporada será la última, aunque no la veremos al menos hasta 2028. Este excesivo distanciamiento entre entregas se ha convertido en uno de los grandes lastres de la producción a la hora de volver a conectar con su público, especialmente si se compara con Juego de Tronos que, salvo en sus compases finales, mantuvo una puntual e imponente cita anual con su audiencia.
La nueva monarca de Desembarco del Rey nos recuerda a veces al Francis Underwood (Kevin Spacey) de House of Cards. Durante varias temporadas asistimos al elaborado plan de Underwood para maniobrar, traicionar y escalar hasta el Despacho Oval. El espectador disfrutaba con la erótica de esa conspiración. Sin embargo, una vez sentado en el sillón presidencial, la realidad irrumpió con crueldad: no había un verdadero proyecto de gobierno, solo la ambición ciega de llegar. A Rhaenyra le ocurre exactamente lo mismo. Reclamar la corona era una empresa épica; ocuparla es una pesadilla burocrática y social. El pueblo la odia, sus enemigos siguen conspirando a sus espaldas y, para colmo, los fondos de la corona se han volatilizado. La legitimidad no paga el trigo ni financia ejércitos.
Paralelamente, la serie mantiene su núcleo emocional más desgarrador: la relación entre Rhaenyra y Alicent. Resulta apasionante comprobar cómo dos antiguas amigas pasan la temporada intentando buscar vías de reconciliación o gestos de clemencia, mientras las circunstancias, los deberes dinásticos y los hombres de sus respectivos entornos las empujan sin remedio hacia bandos opuestos. Ni Rhaenyra ni Alicent controlan ya del todo la maquinaria que han puesto en marcha; son rehenes de sus propios consejos. Saber que en el fondo se entienden mejor que nadie, pero estar condenadas a un enfrentamiento trágico, aporta una escala humana devastadora a la carnicería. Tampoco hay que olvidar la nueva dinámica de poder entre ellas: Rhaenyra es ahora la monarca que mantiene prisionera a Alicent.
El engranaje dramático convive con las inevitables polémicas sobre la fidelidad al material original. Quienes hayan hojeado Fuego y Sangre sabrán que la obra de Martin se parece más a un frío tratado de historia que intenta reconstruir hechos a través de crónicas encontradas que a una novela convencional. La serie tiene el mérito de dotar de carne y hueso a una maraña de personajes donde resulta casi imposible recordar el nombre y la filiación de cada señor de Poniente. El acierto del guión estriba en centrar la mirada en los rostros principales, mientras maneja la volatilidad de un reparto que se ha despedido de figuras importantes que parecían llamadas a dar mucha batalla y ha hecho resurgir a personajes cuando parecían desahuciados. Ya sabemos que en este universo no conviene encariñarse mucho con determinados personajes, mientras que los más detestables resultan difíciles de apartar.
El broche a este bloque de episodios lo pone una espectacular batalla final que, sin necesidad de caer en destripes innecesarios, le permite a Rhaenyra librarse de uno de los enemigos que más le han complicado la existencia a lo largo de la entrega. La erótica del poder da paso así a la neurosis de la supervivencia. Rhaenyra ya no es la víctima a la que el espectador desea compadecer desde la distancia, sino una soberana acorralada que empieza a descubrir que, para mantenerse en la cumbre sin recursos ni apoyos, la única herramienta que le queda es la tiranía. De la heroína que buscaba recuperar sus derechos dinásticos a una nueva déspota en el trono: el monstruo político acaba de despertar. La serie avanza con paso firme hacia su desenlace, con una trama que valida y reafirma desde el pasado el final de Juego de Tronos: que los Targaryen y sus melenas color platino siempre fueron un clan sanguinario.












