Agradezco a Carlos Javier Sánchez Moreno el tono respetuoso de su artículo y las palabras que dedica a mi trayectoria. Pero ese respeto no impide señalar una discrepancia fundamental: no puede presentarse como una verdad histórica demostrada lo que constituye, precisamente, el objeto del debate.
Mi posición es sencilla: la posible participación de las niñas en el Misteri merece ser estudiada. No he afirmado que deba imponerse ni que exista una decisión tomada de antemano. Preguntar no es imponer, estudiar no es desnaturalizar y debatir no significa ignorar. Conviene también rechazar la pretendida politización de esta cuestión. Preguntarse por la participación de las niñas no pertenece a ningún partido ni responde necesariamente a una estrategia ideológica. Convertir un debate histórico, teatral y patrimonial en una confrontación política solo sirve para intoxicarlo, descalificar a quienes plantean la pregunta y evitar que pueda examinarse con serenidad.
La formación teológica puede ayudar a comprender el contenido religioso del Misteri, pero no convierte por sí sola a nadie en especialista en historia del teatro medieval, dramaturgia, música o prácticas escénicas. La teología estudia el significado doctrinal y espiritual de los dramas sacros, pero no puede determinar por sí misma qué elementos de su representación son esenciales y cuáles responden a las condiciones sociales y culturales de cada época. El carácter sagrado del Misteri no elimina su naturaleza teatral, musical e histórica.
Convertir un debate histórico, teatral y patrimonial en una confrontación política solo sirve para intoxicarlo, descalificar a quienes plantean la pregunta y evitar que pueda examinarse con serenidad
Sánchez Moreno sostiene que la interpretación masculina de los personajes femeninos pertenece a los elementos esenciales de la Festa y no a sus componentes contingentes. Pero esa afirmación, aunque se repita varias veces, no aparece históricamente demostrada. ¿Qué convierte el sexo del intérprete en parte esencial de la obra? ¿Lo exige el texto? ¿Lo determina la música? ¿Lo impone el contenido teológico de la Asunción? ¿Resulta indispensable para la acción dramática? ¿O responde a las circunstancias sociales y eclesiásticas en las que la representación nació y se desarrolló?
Antes de acusar de desnaturalización a quien plantea la pregunta, habría que probar que la masculinidad de todos los intérpretes pertenece realmente a la naturaleza inalterable de la Festa. En este punto es imprescindible acudir a la historia medieval, pero no a una Edad Media convertida en una imagen inmóvil, uniforme y cómoda. Hablamos de un periodo de aproximadamente mil años, extendido por territorios, reinos y comunidades con realidades sociales muy diferentes. No existió una única sociedad medieval ni una sola manera de relacionar a las mujeres con la música, la liturgia, la ceremonia o la representación
La investigación histórica de las últimas décadas ha corregido la vieja imagen de una escena medieval absolutamente masculina. La participación de las mujeres no fue general ni estuvo libre de limitaciones, pero tampoco fue inexistente. Hubo mujeres que escribieron obras dramáticas, religiosas que compusieron y representaron dramas musicales, niñas que encarnaron personajes sagrados y comunidades femeninas que promovieron y sostuvieron representaciones religiosas.
La investigación histórica de las últimas décadas ha corregido la vieja imagen de una escena medieval absolutamente masculina
Ya en el siglo X, Rosvita de Gandersheim, canonesa de una abadía sajona, escribió seis dramas en latín. Fue una de las primeras voces dramáticas de la Europa medieval y la primera dramaturga conocida del Occidente cristiano. Que sus obras fueran o no representadas en su tiempo continúa siendo discutido, pero su existencia demuestra que la creación teatral medieval no estuvo reservada exclusivamente a los hombres. Una mujer religiosa conoció las formas del teatro, las recreó y las puso al servicio de una visión cristiana en la que las protagonistas femeninas adquirían una fuerza moral extraordinaria. Más revelador todavía es el caso de Hildegarda de Bingen. Hacia mediados del siglo XII compuso el Ordo Virtutum, un drama musical en el que el Alma y las Virtudes aparecen encarnadas por voces femeninas. Los estudios consideran muy probable que fueran las propias religiosas de su comunidad quienes lo interpretaran. No se trataba de una diversión profana ni de una concesión a las costumbres mundanas, sino de una creación nacida dentro de una comunidad religiosa, vinculada a la espiritualidad, al canto y a la experiencia litúrgica femenina. Por tanto, en pleno siglo XII encontramos a una mujer componiendo letra y música y a una comunidad de religiosas dando voz y cuerpo a una acción dramática de contenido espiritual. Resulta difícil conciliar esta realidad con la afirmación de que la intervención femenina era incompatible por naturaleza con la representación religiosa medieval.
También está documentada la práctica dramática en conventos femeninos. En la abadía inglesa de Barking, las religiosas celebraban ceremonias dramatizadas de Pascua, entre ellas la Elevatio y la Visitatio sepulchri. En esta última se representaba la visita de las mujeres al sepulcro de Cristo. No eran únicamente plegarias cantadas de manera pasiva: existían distribución de funciones, desplazamientos, gestos, objetos simbólicos y una acción desarrollada en el espacio conventual. Eran formas de teatralidad religiosa encarnadas por mujeres. Este ejemplo tiene especial importancia. Demuestra que la condición sagrada o litúrgica de una ceremonia no excluía necesariamente la presencia activa de mujeres. En determinadas comunidades medievales, las religiosas no fueron simples espectadoras de una acción representada por hombres: asumieron voces, movimientos y personajes dentro de la celebración.
La documentación europea ofrece además testimonios de niñas y jóvenes que representaron a la Virgen María en dramas religiosos de Inglaterra y Francia. Este dato resulta particularmente significativo para nuestro debate. No hablamos solamente de mujeres adultas participando en celebraciones conventuales, sino de muchachas que encarnaban a María en representaciones cristianas medievales. Su presencia no destruyó el sentido religioso de aquellas obras ni convirtió la devoción en una reivindicación sociopolítica. Formó parte de una determinada práctica escénica y espiritual de su tiempo. También existen estudios sobre mujeres músicas y juglaresas en el antiguo Reino de Aragón, así como referencias a juglaresas valencianas y arpistas, populares o vinculadas a ambientes aristocráticos y religiosos. Este dato tiene una importancia especial para nosotros porque aproxima la actividad artística femenina a los territorios históricos y culturales de la Corona de Aragón.
Estos ejemplos proceden de territorios y momentos diferentes y no deben trasladarse mecánicamente a Elche. No demuestran que las mujeres actuaran en los orígenes del Misteri, porque esa afirmación necesitaría documentación ilicitana concreta. Pero destruyen una generalización demasiado repetida: que la Edad Media excluyó de manera absoluta a las mujeres de toda representación religiosa y que, en consecuencia, la presencia exclusiva de varones debe considerarse esencial en cualquier drama heredado de aquel tiempo.
El Misteri es patrimonio vivo precisamente porque ha atravesado los siglos. Su música, su puesta en escena, su organización y sus condiciones de representación no han permanecido absolutamente intactas. Cada generación ha recibido la Festa, la ha protegido y también ha tomado decisiones sobre ella
La historia conocida obliga a ser mucho más prudentes. Existieron prohibiciones y restricciones, pero también excepciones, prácticas locales y ámbitos femeninos de creación e interpretación. La propia existencia de disposiciones prohibitivas demuestra, en ocasiones, que aquello que se pretendía impedir estaba sucediendo. La realidad social nunca fue tan ordenada ni tan uniforme como después quieren presentarla quienes contemplan el pasado desde lejos. Tampoco es convincente afirmar que no puede hablarse de discriminación porque en el origen no existiera una voluntad deliberada de perjudicar a las mujeres. Las desigualdades históricas no siempre nacen de una decisión expresa. Muchas proceden de estructuras sociales consideradas naturales en su época. Explicar históricamente una exclusión no equivale a convertirla para siempre en parte esencial de una tradición.
Sánchez Moreno afirma que conservar no es discriminar. Pero esa formulación vuelve a dar por resuelta la cuestión que debería investigarse. La pregunta no es si conservar resulta legítimo —naturalmente que lo es— sino qué se conserva, por qué se conserva y qué relación guarda cada práctica con el sentido profundo de la obra. El Misteri es patrimonio vivo precisamente porque ha atravesado los siglos. Su música, su puesta en escena, su organización y sus condiciones de representación no han permanecido absolutamente intactas. Cada generación ha recibido la Festa, la ha protegido y también ha tomado decisiones sobre ella. Algunas modificaciones han permitido recuperar elementos antiguos; otras han respondido a necesidades musicales, teatrales, religiosas o materiales. La continuidad del Misteri no procede de una inmovilidad imposible, sino de su extraordinaria capacidad para evolucionar sin perder su identidad.
Somos herederos y custodios de la Festa, pero ser custodio no significa renunciar a pensar. Tampoco consiste en declarar esencial todo cuanto se ha mantenido durante mucho tiempo. Si así fuera, cualquier cambio histórico habría supuesto una traición y el Misteri que hoy contemplamos no existiría en su forma actual.
La historia medieval no proporciona una respuesta automática sobre la participación de las niñas en el Misteri. Lo que sí hace es impedir respuestas simplificadoras. Nos obliga a estudiar la documentación de Elche, la naturaleza musical de los papeles, su función teatral y simbólica, la evolución de la Capella y el significado patrimonial de cualquier posible decisión. Lo que no permite es convertir la exclusión femenina en una esencia indiscutible apelando a una Edad Media que nunca fue tan uniforme. No se protege mejor el Misteri cerrando el debate antes de iniciarlo. Se lo protege estudiando, comparando, preguntando y escuchando. Nadie debería temer ese camino. Una tradición que ha sobrevivido durante siglos no puede sentirse amenazada por el conocimiento.
La ignorancia puede perjudicar a la Festa, sin duda. Pero también la perjudica confundir nuestras convicciones con verdades históricas ya demostradas. El Misteri merece algo más que afirmaciones solemnes sobre su esencia: merece argumentos, documentos y un debate en el que ninguna pregunta razonable sea tratada como una agresión.
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