Frente a las habituales pretensiones expansionistas y provocativas declaraciones de ministros del reino alauita, además de la preocupante y sonrojante apatía del Ejecutivo español, la firmeza castrense y el sentido de Estado han de emerger como el único baluarte válido en la frontera sur de España y Europa.
Cada 2 de septiembre, la Ciudad Autónoma de Ceuta conmemora su identidad e indisoluble vinculación con la gloriosa Historia de España. Sin embargo, en el contexto geopolítico actual, esta efeméride no puede reducirse a un simple acto protocolario. Debe constituir un ejercicio de memoria histórica activa, de reivindicación de la soberanía nacional y de inquebrantable reafirmación ante los desafíos que amenazan la integridad territorial de la Patria española.
Para comprender la trascendencia defensiva y el valor moral de Ceuta, es imprescindible remontarse a aquel 1415, hace más de seis siglos, que se dice pronto. Tras la toma de la plaza por el rey portugués, el monarca buscaba un capitán general capaz de asumir la custodia de una posición tan estratégica como expuesta y peligrosa. Fue entonces cuando Pedro de Meneses, jugando a la «chueca» con un bastón de acebuche, pronunció una frase que quedaría esculpida en los anales de la historia militar: «Señor, con este palo me basto para defender Ceuta de todos sus enemigos».
Aquel tosco y rudo bastón de acebuche, el aleo antes mencionado, no era un mero adorno ni un atributo ceremonial ostentoso; sino la plasmación física de la determinación, el coraje y la firme voluntad de cumplir con el deber sagrado de la defensa y protección del territorio en cuestión. No cabe duda de que, en vista de la infamia recientemente acontecida en nuestra frontera, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Custodiado en las manos de la venerada patrona, la Virgen de África, hoy se ha convertido en el bastón de mando que los Comandantes Generales de Ceuta (COMGECEU) reciben como legado histórico, recordando a cada generación de militares el compromiso absoluto y sin fisuras para con la plaza soberana. Y es digno de mención para que conste en acta porque siempre hay algún despistado que, por error u omisión –intencionada o no–, escurre el bulto, tergiversa palabras o confunde a la opinión pública en un vil intento de definir una realidad que se ha convertido en el pan nuestro de cada día de los heroicos y sufridos ceutíes.
Hoy, el espíritu del aleo y la bravura de su primer portador resultan más necesarios que nunca. La presión sistemática ejercida por el vecino y «fiable» Reino de Marruecos y la política exterior impuesta por el régimen del sátrapa Mohamed VI no disimulan sus ambiciones territoriales respecto a posesiones españolas tanto en el plano territorial como en el doctrinal y espiritual. Desgraciadamente, el mes de agosto ha dado fe.
Las manifestaciones de altos cargos marroquíes, incluidos sus ministros de Justicia y de Asuntos Religiosos, no hacen más que ratificar la autoría de la invasión, la mano que meció la cuna en el espigón fronterizo del Tarajal aquel infausto 30 de julio contra la soberanía e integridad de España. Escudarse en bulos, mafias o estados extranjeros –como insiste nuestro Gobierno– como excusa para la distracción y eximente de responsabilidades no es más que la enésima muestra de la sintomatología de traición y cobardía de los gestores de la sometida nación española.
Frente a esta estrategia asimétrica, híbrida e invasiva, la respuesta institucional del Gobierno español ha estado marcada por la sumisión, la tibieza y una incomprensible y despistada falta de contundencia diplomática. En este escenario de farsa y omisión de funciones ministeriales, contrasta la postura de la ministra de Defensa, ninguneada y aislada dentro de un Consejo de Ministros proclive al agitprop y a la siembra de discordia en un pueblo mareado por cifras y comparecencias instaladas en la falacia de su particular ideología.
La presencia militar en Ceuta no es sólo una garantía de seguridad táctica, sino la expresión más pura de la dignidad nacional y del mandato constitucional de garantizar la independencia e integridad de la Patria.
Bajo el amparo moral y espiritual de la Virgen de África, la plaza de Ceuta exige una posición de Estado, sin concesiones ni ambigüedades. El palo de acebuche de Pedro de Meneses debe recordar a la clase política que la soberanía nacional no se negocia, no se diluye y no se entrega ante presiones externas.
Este 2 de septiembre, el lema «con este palo me basto» ha de resonar no como un lejano eco del pasado, sino como una atronadora consigna del presente. Frente a las ambiciones del régimen marroquí y la pasividad de quienes deberían velar por España, la nación exige la contundencia, dignidad y resolución del aleo. Ceuta fue, es y seguirá siendo España.










