¿Qué la llevó a dedicarse a investigar por qué envejecemos?
Creo que llegué al envejecimiento por una mezcla de curiosidad científica y una pregunta muy humana: ¿por qué algunas personas llegan a edades avanzadas con una capacidad física y mental extraordinaria, mientras otras desarrollan fragilidad o enfermedad mucho antes? Mi formación inicial estuvo muy vinculada al ejercicio, la fisiología y la salud, y después fui entrando cada vez más en la biología molecular del envejecimiento.
¿Hasta qué punto tenemos margen de acción las personas para lograr una vida más larga?
Tenemos margen, pero hay que expresarlo bien. No podemos controlar todo. Hay genética, azar, entorno, nivel socioeconómico, acceso sanitario y exposiciones acumuladas a lo largo de la vida. Pero sí podemos modificar muchos factores que influyen en cómo envejecemos.
¿Cuáles son los principales enemigos y los mayores aliados para una vida más longeva?
Los grandes enemigos son sedentarismo, pérdida de masa muscular, mala calidad del sueño, tabaquismo, exceso de alcohol, obesidad visceral, hipertensión, resistencia a la insulina, dietas ultraprocesadas, aislamiento social y estrés crónico mantenido. Los mayores aliados son igual de básicos, pero muy potentes: ejercicio regular, una alimentación basada en comida real, buen descanso, mantener un peso y una composición corporal saludables, controlar factores de riesgo cardiovascular, cultivar relaciones sociales y tener propósito vital. No suena tan glamuroso como algunas terapias de moda, pero es lo que más peso tiene en salud pública y biología del envejecimiento. La evidencia es clara: no se trata de encontrar una intervención milagrosa, sino de construir una biología más resiliente durante décadas.
¿Cuánto pesa la herencia genética en la longevidad?
Durante muchos años se pensó que la genética explicaba aproximadamente un 20-25% de la variabilidad en la longevidad humana. Sin embargo, estudios recientes sugieren que, cuando analizamos específicamente el envejecimiento biológico y excluimos causas externas de muerte como accidentes o infecciones, la influencia genética podría ser considerablemente mayor, situándose en torno al 50-55%. Esto no significa que nuestro destino esté escrito en los genes. Significa que la genética tiene más peso del que creíamos, pero sigue interactuando con factores como el ejercicio, la alimentación, el sueño, el entorno y el acceso a la atención sanitaria. Me gusta decir que la genética puede darte una predisposición, pero no escribe toda la historia. El estilo de vida, la prevención y el contexto pueden modular mucho cómo se expresa esa predisposición. Los genes cargan la pistola, pero el estilo de vida y el entorno suelen apretar -o no- el gatillo.
¿Qué falsos mitos sobre la longevidad borraría de un plumazo?
El primero es que existe una pastilla o suplemento que por sí solo va a retrasar el envejecimiento. El segundo, que medir tu ‘edad biológica’ una vez te dice exactamente cuánto vas a vivir. El tercero, que más datos siempre significan mejores decisiones. Y el cuarto es que envejecer bien consiste en parecer joven. La longevidad saludable no va de no tener arrugas. Va de conservar función, independencia, energía, músculo, capacidad cognitiva y calidad de vida.
¿Será más común llegar a centenarios con calidad de vida?
Creo que veremos avances muy importantes, pero no necesariamente en forma de inmortalidad o rejuvenecimiento espectacular. Lo más realista y potente será identificar antes quién está envejeciendo peor y por qué, y actuar de manera personalizada. Tendremos mejores biomarcadores, mejores herramientas digitales, más prevención de precisión y terapias dirigidas a mecanismos concretos del envejecimiento. Sí creo que será más común llegar a edades muy avanzadas en mejores condiciones, pero dependerá mucho de que no solo alarguemos la vida, sino también la salud. Ese es el reto.
Lo de ser inmortales o rejuvenecer como Benjamin Button entiendo que será imposible.
Creo que la obsesión por la inmortalidad nos distrae del objetivo importante. No necesitamos vivir eternamente; necesitamos vivir mejor, con menos años de dependencia, dolor, fragilidad o enfermedad. La biología del envejecimiento está avanzando muchísimo, pero vender inmortalidad es irresponsable. El objetivo serio es comprimir la morbilidad: retrasar la aparición de enfermedades crónicas y mantener autonomía durante más tiempo.
¿Cuándo debemos empezar a prepararnos para envejecer bien?
Cuanto antes, mejor. Pero nunca es tarde. Lo ideal sería empezar en la infancia y la juventud, porque los hábitos, la masa muscular, la salud metabólica y la salud cardiovascular se construyen durante décadas. Pero incluso a los 50, 60, 70 u 80 años hay margen de mejora. Lo importante es abandonar la idea de ‘ya me cuidaré cuando sea mayor’. Muchas enfermedades que asociamos a la vejez empiezan silenciosamente muchos años antes.
¿Hay mucho mensaje peligroso en redes sociales?
Muchísimo. Hay una mezcla peligrosa de ciencia real, marketing agresivo y promesas exageradas. Se utilizan palabras como longevidad, inflamación, detox, hormesis, biohacking o edad biológica para vender cosas que a veces tienen poca evidencia o ninguna. Es positivo que la gente quiera cuidarse; el problema es cuando se sustituye la medicina, la prevención seria y la evidencia científica por protocolos extremos, caros o incluso peligrosos.
¿Qué es lo más atroz que ha escuchado o leído de personas que se hacen pasar por expertos?
Me preocupa mucho cuando se promete curar enfermedades complejas con suplementos, dietas extremas o terapias sin evidencia. También cuando se recomienda abandonar medicación prescrita, hacer ayunos agresivos, usar hormonas sin control médico o someterse a tratamientos intravenosos sin indicación clara. Otra cosa que me inquieta es la banalización de pruebas sofisticadas. Medir por medir no siempre ayuda. Un biomarcador mal interpretado puede generar ansiedad, gasto innecesario y decisiones equivocadas.
Suplementos, operaciones, tratamientos caros, infusiones intravenosas… ¿Resistirse a envejecer puede convertirnos en carne de cañón para un negocio que mueve mucho dinero?
Sí, absolutamente. La longevidad se ha convertido en un mercado enorme, y eso tiene una parte positiva -más interés, más investigación, más innovación-, pero también una parte peligrosa: convertir el miedo a envejecer en negocio. Hay que diferenciar entre prevención seria y consumismo antiedad. No todo lo caro es avanzado. No todo lo tecnológico es útil. Y no todo lo natural es seguro. Para mí, la clave es recuperar el criterio: medir lo que tiene sentido, intervenir donde hay evidencia y no vender juventud eterna. Envejecer no es un fracaso. El objetivo no es no envejecer; es llegar a cada etapa de la vida con la mayor salud, autonomía y dignidad posible.
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