De camino al concierto de The Weeknd, el metro parece el club más selecto de, pongamos, Los Ángeles.
La gente, en gran parte foránea por la diversidad de idiomas que se escuchan, se lo ha currado, ha intentado ponerse guapa de verdad (algunos hasta lo han logrado), como si el Metropolitano tuviera porteros de discoteca y del look dependiera que te dejaran o no pasar. Solo falta que bajen las luces y suene Blinding Lights, porque el roce de cuerpos y el sudor es innegociable en los vagones del subterráneo madrileño.
Abel Tesfaye, el hombre de Toronto detrás de The Weeknd, es una de las grandes estrellas de la era del streaming. De hecho, Blinding Lights es la canción con más escuchas de la historia de Spotify. Y, sin embargo, no hay en los alrededores del estadio un fervor similar al que provocan Bad Bunny o Taylor Swift. Aunque, según los organizadores, más de 150.000 personas asistirán a los tres conciertos que en días consecutivos va a ofrecer en Madrid. Este viernes, al final, no hay llenazo, pero poco le falta.
Quizá la respuesta a esta ausencia de nervio en el ambiente está en el mismo show. Tesfaye va a repasar su discografía en algo más de dos horas, haciendo especial hincapié en la trilogía sobre el peso de la fama que conforman After Hours (2020), Dawn FM (2022) y Hurry Up Tomorrow (2025), pero sin olvidarse de hits precedentes como Starboy o Can’t Feel My Face. En total, más de 30 temas. Y el show transcurre a buen ritmo, con cierta ligereza, sin bajones importantes, a lomos de su suave y etérea voz, que raya a gran altura.
El problema es que no ocurre nada realmente memorable. Eso sí, la propuesta se sostiene en un puñado de muy buenas canciones que ya son historia de la música. Al final, The Weeknd es un producto de pop comercial en el que, por intenso y torturado que Tesfaye haya intentado ponerse, siempre ha habido más talento que riesgo. Es ideal para las masas, quizá porque nadie parece adorarlo o detestarlo con pasión, algo que sí ocurre con, por ejemplo, Taylor Swift.
La energía de Playboi Carti
Entramos en el estadio cuando la emergente estrella Playboi Carti, que ejerce de telonero, ha empezado a calentar el ambiente con el hip hop trotón y experimental de su disco Music. El escenario principal se sitúa en uno de los fondos del Metropolitano, del que brotan una especie de edificios en ruinas, caídos, fundidos, que configuran una estampa apocalíptica.

The Weeknd, en concieto
En el otro fondo hay otro pequeño escenario, como una pirámide maya. Ambos están conectados por una pasarela en forma de cruz que divide la pista en cuatro espacios. En el centro, otra plataforma circular en la que se yergue una enorme estatua dorada de una mujer, prima hermana del tío Óscar de Hollywood, en movimiento rotativo.
Carti canta desde el escenario principal, aunque en un principio cuesta identificarlo: tiene varios clones animando al público desperdigados por la pasarela. Pero sí, él rapea desde el fondo acompañado por un guitarra que le da un toque punk a la propuesta.
Si sus conciertos son conocidos por la energía y los pogos salvajes, aquí no logra más que algún ligero conato de refriega. Lo cierto es que el Metropolitano todavía luce desangelado y Playboi Carti no consigue que su propuesta cale demasiado.
Poco después empieza el show de The Weeknd de una manera un tanto oscura: chorros de fuego a tutiplén por todo el dispositivo escénico (la producción es de mucho nivel), por el que desfila una especie de logia masónica a lo Eyes Wide Shut, con túnicas rojas y máscaras doradas, mientras Tesfaye, ataviado él también con su propia máscara, negra y de ojos rojos, acomete Baptized in Fear. A los músicos no se les da mucha cancha: atisbamos a un batería y un guitarra, escondidos en sendas esquinas del escenario. Difícil saber hasta que punto el sonido es enlatado.
Caen Open Hearts, Wake Me Up, After Hours y empieza el primer subidón con Starboy. Llegados a este punto, ya nos hemos percatado de que Tesfaye, que sigue con la máscara, rinde en lo vocal, pero que de presencia va justito. No hay coreografías ni nada que se le parezca, tampoco bailarines. Su expresión corporal tampoco es lo más atractivo de la noche.
The Weeknd, que pone ojitos al público cuando por fin muestra el rostro, es bastante ‘tribunero’, eso sí. Para los que no estén habituados a este término futbolístico, hace referencia a aquellos que buscan el aplauso, la admiración y el reconocimiento del público por encima de la eficacia en el juego. Una carrerita absurda por aquí, una arenga por allá…
En su caso se traduce en decir Madrid cada tres minutos, en soltarle al público que cuánto los quiere, en arruinar dos de sus mejores canciones, Out of Time y I Feel It Coming, bajando al foso para ir dando la mano a la gente o para cederle el micrófono a una fan con poco oído…
Pero, a pesar de todo, la noche fue una fiesta y la gente no paró de bailar, de corear las canciones, de lanzarse fotos, de agitar las pulseras de luces que repartían a la entrada… A ello contribuye el hecho de que, por momentos, el concierto parezca la sesión de un DJ, con los temas recortados y empastándose unos con otros, sin dar tregua al respetable.
Hay buenas secuencias de canciones, como la que conforman Sao Paulo, Take My Breath, Sacrifice y How Do I Make You Love Me?, y el final con Blinding Lights, House of Balloons y Moth to a Flame es también bastante sólido, pero los momentos de pellizco no acabaron de aparecer.










