Corría febrero en 1997, lo recuerdo porque no todos los meses se recibe una oferta imperial. La invitación estaba clara:
-¿Vienes a ver a Farah Diba?
La insistencia visual no implicaba una licencia, imponía un límite. El mito no se toca, no se le incomoda con preguntas improcedentes. Un saludo fugaz, una cortesía verbal, y te distraes con los integrantes de la diáspora iraní que asistían a la fiesta en la residencia mallorquina del sobrino del último sha.
Obedeces escrupulosamente. Estrechas la mano de la emperatriz o ‘Shabanu’, como la acataban sus compatriotas, y ya has cumplido con el protocolo. Así que te hundes en un cómodo sofá persa y te limitas a observar a los asistentes al sarao nocturno. Hasta que una dama atrevida se sienta a tu lado. Y resulta que se llama Farah Diba, y que se encuentra tan fuera de lugar como tú mismo, y que te asalta con la curiosidad felina de quien te está tanteando:
-¿Qué tal el nuevo presidente del Gobierno?
Has perdido el autocontrol, solo ves a la mujer que había sido coronada emperatriz de Irán treinta años atrás en Persépolis, recuerda tu ejemplar de Hola. Así que te cuesta encajar que «el nuevo presidente del Gobierno» es José María Aznar, y balbuceas una respuesta de compromiso nada comprometedora que eres incapaz de recordar.
La emperatriz debió percibir aquí que no se encontraba precisamente ante un analista político, pero no se levantó del sofá donde fumaba encadenado Merit, sin pedir permiso ni perdón. Farah Diba decidió que sería ella quien hablara:
«Irán vive la misma situación que España con la Inquisición». ¿No habíamos quedado en que se trataba de una fiesta con conversaciones distendidas? Farah Diba seguía hablando, con claridad y firmeza exentas de crispación:
«Mi hijo Reza querría jugar el mismo papel que el rey Juan Carlos en España». Denunciaba a continuación «el atraso fenomenal en que se encuentra mi país» o el transporte público segregado por sexos. Y no escamoteaba la responsabilidad de Occidente, que «al contemplar impasible la caída de mi marido [nunca le llamaba sha], es muy posible que estuviera alentando una de las mayores amenazas que se ciernen sobre él, el fundamentalismo islámico». Dicho queda, cuatro años antes del 11S y a siete del 11M.
Mea culpa, no le pregunté por la dictadura del Rey de Reyes, prefería escuchar a cambio de que la emperatriz no abandonara el sofá freudiano:
«Reinar es desempeñar un rol difícil, en el que debes compaginar una actuación llena de normalidad y al mismo tiempo conservar tu condición de figura especial. Creo que es ejemplar la forma en que lo consigue la reina de España, porque Doña Sofía se comporta como una ciudadana y mantiene la dignidad de su cargo. Yo asistí a la boda de la Infanta Elena en Sevilla, y pude comprobar cómo vibraba la ciudad con el acontecimiento».
Mi compañera de sofá se esforzaba en racionalizar su oficio, al celebrar «el excelente funcionamiento de las democracias coronadas. Ahí está el papel clave jugado por el rey de Bélgica, para que su país no se escindiera en flamencos y valones».
Salí de la fiesta convencido de que iba a publicar la entrevista, pero sin atreverme a confesar la traición a quienes me habían invitado. La escena del sofá había transcurrido sin papeles, ni mucho menos una grabadora. La conversación se extendería a lo largo de dos páginas, pero la doctrina de Farah Diba estaba almacenado en desorden dentro de una cabeza poco fiable. Es imposible retener ese material, pero ayuda que tu interlocutora se exprese con maestría.
Empecé a memorizar durante el camino de regreso, y continué grabando en mi mente hasta que hube escrito el texto íntegro. Al día siguiente de la extensa publicación, llegó desde el extranjero la llamada con escándalo incluido de quienes me habían introducido en el sanctasanctórum iraní:
-¿Es verdad que has publicado tu conversación con la Shabanu?
Se generó incluso un conflicto soterrado a nivel de las casas reales iraní y española. Hasta que Farah Diba leyó la traducción al inglés, y no solo dio el visto bueno, sino que incorporó la entrevista a su página web como un documento con valor oficial. Únicamente corrigió el Farah Diba por Farah Pahlevi, la sabia campeona de una causa perdida.
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