La encuesta casera de Miguel Rellán que pone a los medios frente al espejo

Miguel Rellán avisa antes de empezar. Lo suyo no pretende competir con el CIS. No hay muestra representativa, margen de error, segmentación por edades ni probablemente una hoja de Excel esperando detrás de cámara. Hay algo mucho más rudimentario y, precisamente por eso, bastante reconocible: conversaciones.

Durante “los últimos veintitantos días”, quizá un mes, explica el actor, fue formulando dos preguntas a las personas con las que se encontraba. Él mismo define el experimento como una encuesta “personal, informal, casera”, aunque considera que el resultado tiene cierto interés. Y la fauna sociológica, sin ánimo peyorativo, no podría ser más española.

Entre los participantes había familiares más o menos lejanos, enfermeras de un hospital madrileño y admiradores que se acercaron para hacerse una fotografía con él porque, varias décadas después, Amanece, que no es poco sigue funcionando como una suerte de contraseña secreta entre amantes del cine español. Nada de expertos en Derecho Constitucional, periodistas políticos o analistas de tertulia. Ciudadanos corrientes encontrados por el camino.

La pregunta sobre Begoña Gómez: 48 de 48

La primera cuestión era sencilla: “¿Sabe usted quién es Begoña Gómez?”. Resultado: pleno.

Las 48 personas consultadas identificaron a Begoña Gómez como la esposa del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Pero Rellán añade un detalle bastante más revelador. Aproximadamente un tercio de los participantes, asegura, comenzó espontáneamente a dedicarle calificativos muy graves. Entre ellos, el de “delincuente”. Sin embargo, según el relato del actor, ninguno de quienes emplearon ese término fue capaz de explicarle qué delito concreto habría cometido.

El dato tiene una potencia que va más allá de la simpatía o antipatía política de cada cual. Porque una cosa es conocer un nombre. Otra, conocer una historia. Y una tercera, quizá la más frecuente en estos tiempos, es reconocer perfectamente a un personaje sin ser capaz de explicar por qué hemos llegado a formarnos una opinión tan rotunda sobre él.

Ahí empieza a ponerse interesante el pequeño experimento de Rellán.

La segunda pregunta repetía exactamente la estructura: “¿Sabe usted quién es Jorge Fernández Díaz?”

El resultado cambió por completo. De  las 48 personas consultadas, 42, según Rellán, no tenían “ni la menor idea” de quién era. Entre las restantes hubo respuestas aproximativas: algunas creían recordar que podía tratarse de un político, otra persona lo identificó como periodista y una llegó a asegurar que era uno de los propietarios de El Corte Inglés.

Aquí conviene introducir el contexto que convierte la comparación en algo más que un chiste.

Jorge Fernández Díaz fue ministro del Interior durante el Gobierno de Mariano Rajoy y acaba de ser juzgado en la Audiencia Nacional por el denominado caso Kitchen. El juicio quedó visto para sentencia el pasado 28 de julio. La causa trata de esclarecer la presunta operación parapolicial desplegada en 2013 alrededor del extesorero del PP Luis Bárcenas y la supuesta utilización de recursos policiales y fondos reservados. Fernández Díaz ha rechazado las acusaciones y su defensa ha solicitado la absolución.

Es decir: mientras Rellán realizaba su pequeña prueba, uno de los dos nombres pertenecía a una de las personas protagonistas de uno de los procesos judiciales de mayor relevancia política de los últimos meses. Y 42 de 48 entrevistados no sabían quién era.

“¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación?”, se pregunta Rellán.

Vivimos en la época con mayor cantidad de información disponible de la historia y, paradójicamente, eso no significa necesariamente que estemos mejor informados. Significa, entre otras cosas, que competimos contra un volumen gigantesco de estímulos. El conocimiento público ya no depende únicamente de que una noticia exista, depende de cuánto tiempo permanezca delante de nuestros ojos. La repetición tiene memoria.

Un nombre que aparece mañana, tarde y noche acaba entrando en casa sin llamar. Primero sabemos quién es. Después creemos saber qué ha hecho. Finalmente, incluso podemos tener una opinión definitiva antes de recordar exactamente dónde obtuvimos la información que la sustenta.

Y ahora tenemos un ingrediente añadido: las redes sociales.

Rellán no demuestra científicamente que los medios estén ocultando unas noticias y amplificando otras. Lo que consigue es algo quizá más eficaz, provocar la duda. ¿Por qué determinados nombres consiguen instalarse en el imaginario colectivo mientras otros, pese a estar relacionados con acontecimientos de enorme trascendencia pública, apenas dejan huella?

¿Qué cantidad de nuestras opiniones políticas procede de información que conocemos realmente y cuánto hay de familiaridad construida por repetición? ¿Elegimos nosotros los asuntos que nos preocupan o, al menos parcialmente, alguien ha elegido antes los asuntos que veremos suficientes veces como para que terminen preocupándonos?

El actor termina el vídeo con dos frases. Primero, ese castizo “ahí lo dejo” que en España acostumbra a significar exactamente lo contrario. Aquí dejo algo para que ustedes sigan discutiéndolo durante horas.

Después llega la auténtica conclusión. “Qué miedo, ¿no?”, dice. Y se despide deseando suerte porque, asegura, “nos va a hacer falta mucha”.

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