Muere el paisajista Fernando Caruncho, arquitecto de algunos de los jardines más exclusivos del mundo

El paisajista y arquitecto Fernando Caruncho, ampliamente reconocido por sus diseños de jardines minimalistas que jugaban con la geometría y la luz, ha muerto en Madrid a los 68 años, a escasos días de cumplir los 69 (nacido el 6 de septiembre de 1957), sin que por el momento hayan trascendido las causas del deceso.

Desaparece así una de las figuras más singulares del paisajismo contemporáneo, un creador que, por encima de etiquetas, prefirió una definición más humilde de su oficio. Como relata la también paisajista Mónica Luengo, Caruncho era un «paisajista —o, mejor dicho, jardinero, como él prefería llamarse—», un artista que «hizo del jardín una forma de pensamiento, de poesía y de contemplación».

Su trayectoria estuvo guiada por una constante conexión con el humanismo. Su viaje hacia la naturaleza no comenzó en escuelas técnicas, sino en las aulas de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, donde ingresó en 1975. La lectura de los primeros filósofos griegos y el estudio de la naturaleza marcaron decisivamente su sensibilidad.

Esta base académica confirió a su obra un rigor conceptual inédito: el jardín era, más que decoración o artificio botánico, una traducción física de ideas profundas. En palabras de Luengo, el maestro madrileño «no hablaba solamente de jardines: hablaba de una manera de mirar», una mirada atenta capaz de desvelar lo esencial del entorno.

Para canalizar esta inquietud de forma práctica, en 1979 comenzó estudios de paisajismo en la escuela Castillo de Batres de Madrid. En 1980 inició una andadura profesional de más de cuatro décadas, abriendo su propio estudio y asentando las bases de su estilo. Su reconocimiento nacional se consolidó gracias a la publicación de uno de sus jardines residenciales en la revista Vogue en 1987, revelando una visión del paisaje pura, estructurada y de un minimalismo cautivador.

A lo largo de su carrera, diseñó más de 160 proyectos en una impresionante geografía global, desplegándose»desde España y Portugal hasta Japón, Estados Unidos, Francia, Italia, Reino Unido, Suiza, Grecia o Nueva Zelanda», según ha contado Luengo a El Cultural. Como destaca la paisajista, esta diversidad fue reunida por el diseñador «bajo una misma mirada, capaz de reconocer lo esencial de cada lugar y de establecer un diálogo profundo entre naturaleza, memoria y cultura». En su estudio, Caruncho Garden & Architecture, se integraron recientemente sus hijos Fernando y Pedro, arquitectos que garantizan la continuidad de su legado.

Entre sus obras más célebres sobresale el jardín agrícola Mas de les Voltes (1994), en Girona, donde empleó hileras de olivos y cereal como un lienzo geométrico donde dialogan luz y sombra. Destacan también los viñedos de L’Amastuola en Puglia (Italia); los icónicos Jardines de Pereda en Santander, que renovaron el corazón de la ciudad; la Casa del Agua en el Peloponeso (Grecia); o su aclamado proyecto de iluminación temporal La Nuit de Spirite (2013) en los históricos jardines del Palais-Royal de París.

El estilo de Caruncho se distingue por una sobriedad extrema, caracterizada por las monocromías en verde, el uso de especies autóctonas y la ausencia de flores. Sus herramientas eran los elementos puros del paisaje; en su obra, el madrileño «escuchaba a la tierra», entablando un diálogo de profundo respeto. Luengo describe esta economía de recursos señalando que el artista «construía sus jardines con muy pocos elementos: el agua, la piedra, unas pocas variedades de plantas y, sobre todo, la luz. Con ellos conseguía crear una belleza serena, casi intemporal».

Esta sobriedad se nutre de influencias clásicas y de la historia del jardín. Caruncho admiraba la serenidad de los vergeles islámicos de la Alhambra, el misticismo zen y la claridad del clasicismo europeo. Asimismo, la pintura barroca de Zurbarán dejó una huella imborrable en su concepción visual. Según Luengo, en el rigor de sus diseños se percibe «la sobriedad, el silencio, la geometría de la luz, la capacidad de hacer que lo esencial adquiera una presencia casi sagrada», rasgos que emulan la pureza de los lienzos del pintor extremeño.

Su extraordinario talento le granjeó el reconocimiento unánime de los grandes maestros del siglo XX. El célebre estadounidense Dan Kiley lo consideró su sucesor, destacando los principios espirituales que guiaban su trabajo y su manera de vincular lo humano y lo natural. Igualmente, el prestigioso presentador británico Monty Don coincidió en calificarlo como «un genio del jardín, uno de los creadores más singulares del mundo contemporáneo», un artista absolutamente «alejado de modas y tendencias pasajeras, cuya obra se asentaba sobre principios sólidos y sobre una mirada profundamente personal». Caruncho plasmó esta visión en libros como Reflejos del paraíso (Ediciones El Viso, 2020).

El legado de Fernando Caruncho perdurará en la memoria del paisaje universal. Su obra, como señala Luengo, brinda la valiosa lección de «enseñarnos que la verdadera modernidad no consiste en perseguir lo nuevo, sino en mirar de nuevo lo esencial».

Nos quedamos, para despedirnos de él, con las últimas palabras que le dedica Luengo: «La mirada de Fernando permanecerá en sus jardines. Permanecerá en el agua quieta, en la piedra, en la geometría, en los árboles, en el silencio y, sobre todo, en esa luz que fue una de sus grandes obsesiones. Una mirada que seguirá permitiéndonos contemplar la naturaleza a su manera, en esa eterna búsqueda de la belleza, del orden y de la armonía. ‘La luz lo es todo’, decía. ‘Siempre hay que mirar al cielo’. Ahora, desde allí, quizá pueda contemplar satisfecho sus jardines y, tal vez, se permita ordenar un poco el Paraíso«.

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