¿Os acordáis de los chistes de Jaimito? Hubo un tiempo no tan lejano en que el castigo máximo en el cole era llamar a un alumno a la pizarra y hacerle escribir una misma frase 100 veces. La jugada era doble: amonestar al resto de la clase con el ejemplo, y como beneficio colateral para la víctima, lograr que, a fuerza de repetir, la frase se le quedara tatuada en la memoria.
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