Supongo que Pedro Sánchez, igual que cualquiera y con más motivos por ser el presidente del Gobierno, habrá captado la magnitud del desafío de Marruecos en nuestra frontera sur europea. La estrategia es tan clara que requeriría una respuesta diplomática firme de España, eso sí que no ponga en riesgo sus vacaciones que este verano —puede que por ser presumiblemente el último en La Mareta— se alargarán, ante el pasmo general, más de la cuenta.
Rabat ha descubierto hace tiempo que la inmigración es una magnífica herramienta para presionar. Elige los momentos de debilidad del vecino para hacerlo y no necesita siquiera levantar la voz. Le basta con recordar que controla una de las puertas por las que África llama al continente y que, sin su colaboración, la fortaleza europea se convertirá en un coladero. Pero hay algo más inquietante. Marruecos no ha ocultado nunca sus aspiraciones sobre Ceuta y Melilla. Su ministro de Justicia acaba de volver a plantear la reivindicación territorial, mientras España recuerda que su soberanía no se negocia. No bastará con ello, hace falta, además de las palabras, una respuesta política disuasoria.
La estrategia marroquí puede ser tan paciente como resulta evidente: convertir la frontera en un problema europeo, presentarse ante la UE como el único portero capaz de impedir que la puerta se abra y, mientras tanto, hacer que las ciudades españolas aparezcan como una anomalía cuya seguridad depende de la buena voluntad de Rabat. Lo peor sería que Europa acabara aceptando semejante chantaje y España se limitara a agradecer los servicios prestados. Una frontera que depende de quien aspira a quedarse con el territorio que protege no es exactamente una frontera segura. Sánchez, si es que aún no se ha percatado, debería entenderlo antes de que termine su largo veraneo del 26. Marruecos no tiene prisa. Y precisamente por eso resulta peligroso.
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