Tienen un cierto aire nostálgico. Quizás tiene que ver con el contraste que se produce cuando uno pasa de la luminosidad extrema de la calle a una penumbra que alivia a la vista y refresca la piel pero que dota al ambiente de un aire misterioso y son capaces de trasladar a otro tiempo a quien los transita. Más o menos angostos, los pasajes de València vivieron épocas doradas en las que aglutinaban tiendas de cierto relumbrón importando el concepto de las galerías italianas a una ciudad que buscaba impregnarse de un brillo cosmopolita.
«Los pasajes nacen sobre todo como una forma de permeabilizar las manzanas, creando recorridos peatonales por su interior y generando un espacio intermedio entre la calle y lo privado», explica la la arquitecta valenciana Macarena Gea quien apunta además que «en el siglo XIX, además, esa idea se vincula mucho al comercio: el mejor ejemplo es el Pasaje Ripalda, del año 1889, considerado el primer pasaje comercial cubierto de València, con esa clara influencia de las galerías comerciales europeas».
Este majestuoso pasaje que conecta la calle San Vicente Mártir con la plaza Mariano Benlliure fue un encargo de la marquesa de Campo Salinas y condesa de Ripalda, María Josefa Paulín de la Peña, al arquitecto Joaquín María Arnau Miramón. Tal como señalaron los investigadores Paco Gascó Ferrer y Pilar Martínez Olmos en Levante-EMV, el corredor con nombre de condesa bebe de las tendencias francesas e italianas de la época, y «reproduce de una forma modesta galerías como la de Vittorio Enmanuele en Milán o la de Humberto I en Nápoles y de forma muy similar los pasajes españoles tales como el Pasaje Ciclón en Zaragoza (1883) y al pasaje Gutiérrez de Valladolid (1886)».
Con una ubicación privilegiada, el Pasaje Ripalda se encuentra en plena forma con todos sus locales ocupados entre los que se encuentra el de la prestigiosa tienda de indumentaria valenciana Álvaro Moliner.
Otro de los pasajes más conocidos y que también es un punto de referencia en València es el del Doctor Serra. Situado junto a la plaza de toros este corredor tiene «por su posición central y el flujo peatonal, una clara vocación comercial y urbana». Sometido a una rehabilitación prolongada en el tiempo, este pasaje perdió su cubierta hace más de una década al encontrarse muy degradada debido a la acumulación de suciedad derivada de la colonia de palomas que se había instalado en los huecos de la misma.
Quizás el Pasaje del Doctor Serra sería el epítome de zona de paso porque, al igual que el de Ripalda, conecta dos puntos estratégicos de la ciudad: la calle Xàtiva con General San Martín, lo que, junto al establecimiento de una marca de ropa internacional que hay en la plaza de Aza, lo aboca a que el personal no cese de cruzarlo durante prácticamente todo el día.
Comercios que dieron nombre a Pasajes
La historia de València está íntimamente ligada a estos peculiares. Ocurre también en el caso del Pasaje Giner que une la plaza de la Reina con la del Miracle del Mocadoret. Y es que el apellido de este reducido tramo se debe al Bazar Giner, un histórico establecimiento que fue durante años la delicia de los más pequeños porque en él la magia ocurría: era posible encontrar desde herramientas y menaje del hogar hasta los juguetes más deslumbrantes que los niños de finales del siglo XIX deseaban con todas sus fuerzas.
Lo mismo sucede con el Pasaje Rex, en la céntrica calle de Marqués de Sotelo, que debe su nombre a su cercanía al antiguo y ya extinto Cine Rex que antes fue Gran Teatro. En este caso las puertas del pasaje, de un aluminio blanco, contrastan con el delicioso rótulo que preside la entrada del que fue la localización de la primera tienda Lladró inaugurada en el año 1957.
En la ciudad aún perduran otros pasadizos como el que cuenta con el escueto y directo nombre de Pasaje Comercial, en la Gran Vía Ramón y Cajal, 29; el Pasaje de Russafa que discurre entre Cirilo Amorós y la Gran Vía Marqués del Turia o el de Bartual Moret que conecta la avenida de Blasco Ibáñez con la calle Menéndez Pelayo y que además de albergar algunas tiendas en sus bajos da acceso a numerosas oficinas y escuelas de formación.
«El interior de la ciudad más permeable»
Y aunque los más céntricos cuentan con una salud razonablemente buena, cabe preguntarse si este tipo de pasillos tienen cabida en el modelo de urbanismo actual en el que las calles abiertas y los centros comerciales de extrarradio son la autoridad en las compras presenciales. «Creo que hoy siguen teniendo muchísimo sentido -razona Gea- aunque quizá no como la galería comercial tradicional. En una ciudad que apuesta por caminar y por los recorridos de proximidad, abrir las manzanas y multiplicar las conexiones peatonales sigue siendo una estrategia urbana muy contemporánea. Porque, al final, el pasaje consigue algo muy interesante: convertir el interior de la manzana en ciudad«.
De hecho, para la arquitecta «lo atractivo de recuperar esa idea no sería tanto volver a construir pasajes como tipología histórica, sino recuperar su principio urbano, es decir, abrir las manzanas, multiplicar los recorridos peatonales y hacer que el interior de la ciudad sea más permeable y más rico«.
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