Las movilizaciones en Mallorca han puesto en el punto de mira, como cada verano, la desmedida masificación del turismo. En determinados lugares de España, la invasión turística hace poco menos que imposible la vida cotidiana de los residentes habituales. La saturación empieza a causar problemas de convivencia que pueden llegar a ser graves si no se atajan.
La semilla del odio al turista ya está sembrada. Es solo cuestión de tiempo que los locales pasen de las pintadas –»tourist go home»– a las agresiones. Expresiones despectivas como guiris, domingueros, cayetanos, ayusos, catalufos, cazurros o la tan asturiana «foriatos» se oyen cada vez con más frecuencia para señalar a los foráneos.
Todos los veranos nos lamentamos de lo mismo. Que no puede ser que el 12 por ciento de la economía española dependa del turismo, que si somos un país de sol y playa, que la calidad de nuestros servicios se deteriora con la masificación, que si ya no hay empleados para atender a tanto turista, que si somos un país de camareros, que sí arruinamos nuestros paisajes naturales, que si hay que desestacionar la afluencia turística, que sí estamos matando a la gallina de los huevos de oro.
Muchas quejas, pero pocas medidas para revertir una situación que ya no es que se haya enquistado es que de año en año va a peor. Es cierto que la tasa turística puede ser un elemento disuasorio, que las severas medidas contra los apartamentos turísticos pueden desanimar a muchos visitantes, o, incluso, que las deficiencias del transporte –como el caso de Asturias– desincentivan al más pintado. Nimiedades sin efecto práctico alguno, más que en perjuicio de quienes viven del turismo.
Es como si quisiéramos hacer gestos de cara a la galería, pero que, en realidad, no estamos dispuestos a prescindir de los euros que nos dejan los visitantes. Hasta los más molestos, como los últimamente tan populares y escandalosos celebrantes de despedidas de solteros/as.
El problema es mucho mayor. El problema, lo decía Ana Iris Simón el otro día, es que hemos asumido que «los turistas son los demás», siguiendo la recurrente sentencia Sartre de que «el infierno son los demás». Es una gran verdad. El que esté libre de pecado, y yo el primero, que tire la primera piedra. ¿Quién puede decir que no ha sido nunca turista? ¿Quién puede asegurar que nunca ha viajado en un vuelo «low cost», que no ha hecho un crucero o que no ha alquilado un apartamento turístico? Por mencionar solo tres de los emblemas del turismo depredador.
Aunque igual ya es demasiado tarde para tomar medidas y debemos confiar en que acabemos dándonos cuenta del problema nosotros mismos. A quien más molestan los turistas es a los propios turistas. Acabaremos cayendo en la cuenta de que los lugares pintorescos atiborrados no tienen la menor gracia, de que viajar con Ryanair aunque sea barato es un suplicio, que contemplar los Lagos o hacer la ruta del Cares en fila india junto a miles de personas carece de encanto. Esperemos que, para entonces, nuestros gobiernos hayan conseguido implementar una economía más equilibrada, en la que el turismo no sea una parte esencial.
En la biografía de Clarín que acaba de publicar Rafael Jiménez Asensio se reproduce un fragmento muy significativo de un relato del autor de «La Regenta». «Muchas veces me han censurado y se han reído de mí, creo, porque no he salido nunca de España –dice el personaje sosias del propio Leopoldo Alas–. ¡No he estado nunca en París! Magnífico si yo pudiera llevar mi casa conmigo, como el caracol… y, por supuesto, ir por el aire. El mundo civilizado, sobre poco más o menos, en lo que merece atención, es lo mismo ya en todas partes (…). Yo me siento hermano del chino, del hotentote; pero ¡cómo pondrán el caldo por ahí fuera!». Amén.
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